De vuelta en Bodhigaya, paramos a tomar un chai bajo el tendejón de una pareja de ancianos que ya no estaban para muchos “Holis”.

Estábamos empapados y teñidos de arriba abajo de mil colores.

Inesperadamente y proveniente de la nada, apareció caminando una mujer con cuerpo de modelo, melena rubia, vestido verde y, lo más sorprendente: impoluta, algo impensable durante el Holi. Se sentó con nosotros y pidió un chai. Mi amigo el motero y yo nos miramos con incredulidad. Algo en sus gestos resultaba extraño, como cuando al presentarse nos dimos la mano y realizó un gesto robótico.

—Soy de Canadá ¿y vosotros? —dijo.

Yo no tenía posibilidad alguna ante la competencia del azafato y su moto.

—Estoy escribiendo una tesis sobre la menstruación en el contexto religioso —añadió sin preámbulo y con mucha más naturalidad que daba la mano.

La escena surrealista que componíamos no tenía desperdicio: la pareja de viejecitos ajados sirviendo chais, el azafato y un servidor con pinta de mamarrachos, con las caras teñidas de verde y fucsia, y una moza despampanante hablando ex cátedra sobre el derecho de las mujeres con el periodo a participar en ceremonias religiosas… bajo un tejado de zinc en medio de la nada. Desapareció tal como apareció.

La vida tiene más de imaginación que de cartesiana razón, pensé, por mucho que nos hayamos empeñado en los últimos tres siglos en creer lo contrario.

—¿Me puedes enseñar a meditar? —me preguntó el azafato.

Quedé con él al día siguiente sobre el techo del monasterio donde me alojaba. Nos sentamos a meditar al amanecer, durante una media hora. Me agradeció profundamente mis enseñanzas, y yo a él que me hubiese llevado a ver la cueva de Buda.

Nos despedimos. Desde mi ventana le vi partir con su moto. Sentada a su grupa iba la chica del vestido verde.

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