Con la finalización del Holi —iba a decir que la India se recobró del caos, pero lo adecuado sería decir que volvió a recobrar su maravilloso funcionamiento caótico— al fin pude abandonar Bodhigaya.

Mi siguiente destino fue la ciudad de Rajgir, a la que llegué a bordo de un autobús, en un asiento cuyas aristas metálicas me descalabraban las piernas con cada uno de los baches, tantos como granos de arena hay en el río Ganges.

Rajgir es lo que queda de la capital de un reino que por allí existió en los tiempos de Buda, escenario de muchas de las historias y leyendas a él atribuidas. La ciudad está enclavada en un valle rodeado por cinco collados, uno de los cuales, conocido como Pico del Buitre, posee una especial relevancia por ser el lugar en el que, durante los meses del monzón, Buda se retiraba para meditar y donde expuso algunas de sus enseñanzas más importantes, entre las que destaca el Sutra del Loto.

Me alojé en una habitación situada en la azotea de un monasterio birmano, y a la mañana siguiente, de madrugada, salí hacia uno de los cerros colindantes para sentarme a meditar durante el amanecer. Con la luz del día, las rutas se poblaron de peregrinos descalzos, la mayoría jainistas, a cuya procesión me uní contento.

Atardecía y, al intuir que no conseguiría llegar con luz suficiente hasta el Pico del Buitre como era mi intención, di media vuelta en dirección a la ciudad. Sería la primera de las varias veces que fracasé misteriosamente en mis intentos por alcanzar ese lugar sagrado, como veremos en los siguientes posts.

Una de las vistas más extrañas se produjo cuando me asomé a la boca de un pozo que se abría a unas termas naturales, donde una multitud —en realidad yo sólo veía sus cabezas— se apiñaban casi a oscuras en sus aguas sulfurosas. Parecía una viñeta de los infiernos de El Bosco… que los bañistas seguramente sentían como los cielos.

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