A la mañana siguiente abandoné el monasterio de Rajgir en el que me hospedaba resuelto a llegar al Pico del Buitre. Todavía a oscuras, intenté atajar a través de lo que parecía un simple solar cercado. La alambrada me arañó el tobillo, pero no le di mayor importancia.

Cuando, tras caminar casi todo el día por aquellos montes, por fin llegué a la base de mi deseado objetivo, un corpulento gendarme me impidió el paso.

—¡Peligroso, peligroso! —exclamaba mirándome desde sus casi dos metros de estatura—. Los montes están infectados de naxalitas.  Demasiado tarde. Vuelva otro día.

Los naxalitas son un grupo terrorista de inspiración maoísta. A mi me daban más miedo los bigotudos policías indios que los naxalitas, así que regresé caminando por la carretera de vuelta a Rajgir sin haber logrado subir al Pico del Buitre por segundo día consecutivo.

Una familia montada en un carromato adornado con guirnaldas florales me ofreció asiento en su curioso medio de transporte. El conductor y guía nos iba explicando la historia de las milenarias ruinas que bordeaban la carretera, como el estanque en el que Buda solía bañarse, o la cárcel en la que un príncipe encerró a su padre para usurparle el trono.

Al alcanzar la ciudad y pasar por delante del solar que había atravesado esa mañana a oscuras comprobé que se trataba de un cementerio. Mala señal. Por cierto, aunque fue un leve rasguño, generó una marca que todavía luce indeleble en mi tobillo.

Vulture Peak

Me desperté a media noche empapado en sudor y con retortijones. Sería el arañazo del cementerio, o los mosquitos rojo reventón que se habían colado por los bajos de la mosquitera y hacían la digestión posados en su interior, o el dulce mantequilloso que engullí en un puesto callejero la pasada noche, o todo ello junto, el caso es que se me presentó un cuadro diarreico espantoso. Por fin aparecía la famosa diarrea de la India, de la que no se libra ningún visitante.

Yacía sin más gasto energético que el de inclinarme para beber agua embotellada, acumulando fuerzas para la carrera que sabía tendría que dar de un momento a otro hasta el retrete, situado fuera de la habitación. Decenas de purgas después, todo lo que salía de mí era agua teñida; quedé limpio como una patena.

¿Lo suficientemente puro como para por fin poder alcanzar el Pico del Buitre?

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