A la mañana siguiente abandoné el monasterio de Rajgir en el que me hospedaba resuelto a llegar al Pico del Buitre. Todavía a oscuras, intenté atajar a través de lo que parecía un simple solar cercado, cuya alambrada me produjo un leve arañazo en un tobillo al que no di mayor importancia.

Cuando, tras caminar casi todo el día por aquellos montes, por fin llegué a la base de mi deseado objetivo, un corpulento gendarme me impidió el paso.

—Peligroso, peligroso, demasiado tarde —decía mirándome desde sus casi dos metros de estatura—. Los montes están infectados de naxalitas. Vuelva otro día.

Los naxalitas son un grupo terrorista de inspiración maoísta. A mi me daban tanto miedo o más los bigotudos policías indios como los naxalitas, así que regresé caminando por la carretera de vuelta a Rajgir sin haber logrado mi objetivo por segundo día consecutivo.

Una familia montada en un carromato adornado con guirnaldas florales me ofreció asiento en su curioso medio de transporte. El conductor y guía nos iba explicando la historia de las milenarias ruinas que bordeaban la carretera, como el estanque en el que Buda solía bañarse, o la cárcel en la que un príncipe encerró a su padre para usurparle el trono.

Al alcanzar la ciudad y pasar por delante del solar que había atravesado esa mañana a oscuras no pude evitar un escalofrío al comprobar que se trataba de un cementerio.

Vulture Peak

Me desperté a media noche empapado en sudor y con retortijones. Sería el arañazo del cementerio, o los mosquitos rojo reventón que se habían colado por los bajos de la mosquitera y hacían la digestión posados en su interior, o el dulce mantequilloso que engullí en un puesto callejero la pasada noche, o todo ello junto, el caso es que se me presentó un cuadro diarreico espantoso. Por fin aparecía la famosa diarrea de la India, de la que no se libra casi ningún visitante.

Cada diez minutos y durante toda la noche me veía impelido a salir corriendo hasta el retrete, situado fuera de la habitación. Yacía sin más gasto energético que el de inclinarme para beber agua embotellada, reservando todas mis fuerzas para la carrera que sabía tendría que dar de un momento a otro. Decenas de purgas después, todo lo que salía de mi era agua teñida; estaba limpio como una patena.

¿Lo suficientemente puro como para por fin poder alcanzar el Pico del Buitre?

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