—¿Qué te parece si vamos a visitar Nalanda por la tarde? —dijo el motero melenudo y meditador.

—¿La universidad? —pregunté extrañado.

Yo no había hecho mis deberes antes de viajar a la India, y además había renunciado a la imprescindible “Biblia del viajero” (el Lonely Planet de turno), por lo que ignoraba que la famosa universidad estuviese tan cerca de Rajgir.

Nalanda está considerada como la primera universidad del mundo (algunos de sus edificios datan del reinado del emperador Ashoka, en el siglo III a. C.) , y en su apogeo llegó a contar con varios miles de estudiantes y profesores. Allí se estudiaban materias no sólo metafísicas, sino también filosofía, matemáticas, astronomía, alquimia y medicina.

—Sus ruinas se pueden visitar —contestó.

Apenas pude comer algo de chapatti (pan indio en forma de torta) y, a pesar de sentirme todavía débil a causa de la diarrea, no dejé pasar la oportunidad.

Los restos arqueológicos son abrumadores, y eso que sólo hay excavado un diez por ciento del recinto original. Ruinas de templos, estupas, aulas, librerías, dormitorios, patios, todo de ladrillo rojizo y dimensiones colosales, dejaban entrever la efervescencia intelectual y espiritual que en su día existió allí… hasta que una horda invasora la arrasó a finales del siglo XII. Cosas de humanos.

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