Tras visitar las ruinas de Universidad de Nalanda regresamos de noche a Rajgir. El foco iluminaba la carretera, infinidad de insectos y descubría socavones en los que podía caber la moto entera.

Durante la cena, consistente en un par de chapattis y algo de arroz, el motero me dijo:

—Yo estoy de paso hacia las montañas del Himalaya, si quieres te llevo.

La sola imaginación de montañas y aire fresco insufló vida en mis venas. El calor de esos días del mes de mayo empezaba a resultar agobiante. Por otro lado, aunque la diarrea estaba bajo control, la falta de apetito y una persistente debilidad habían mermado mi energía vital por debajo del límite tolerable de peligrosidad. En mi rudimentario plan, la próxima parada era Kusinagara, la ciudad en la que Buda murió. Continuar mi peregrinaje por las abrasadoras planicies de Bihar investía a mi próximo destino de un tono demasiado ominoso.

—De acuerdo —contesté tras esa breve reflexión, y me confié a mi nuevo amigo, que tan providencialmente se había inmiscuido en mi viaje.

A la mañana siguiente partiríamos en moto hacia Patna, la capital de Bihar, desde donde cogeríamos un tren con destino a Siliguri, a las faldas del Himalaya oriental.

En Patna, facturamos con antelación la moto en la estación de tren, y matamos el tiempo que faltaba hasta la hora de la salida caminando por la ciudad. El bucólico paseo incluyó la visión de una persona bocabajo sobre el suelo, que bien podría llevar muerta allí varias horas ante la total indiferencia de los demás, una pelea tumultuosa en un autobús causada por un varón que se acercó demasiado —según otro varón— a su mujer, un perro agonizante al que las moscas estaban comiendo vivo y al que refrescamos con agua, y varios espectáculos igualmente cautivadores.

En la capital del estado más pobre de la India, la vida lo parece menos.

En palabras de Shiva Naipul, un escritor de paso por Patna en 1982:

“Patna es una ciudad sin el menor rastro de encanto, una venta gigantesca al lado de caminos polvorientos o enfangados, un montón de basura descamada de edificios que amenazan con desmoronarse pertenecientes a construcciones caóticas sobre un páramo de barro ceniciento, un enjambre de hombres famélicos y tullidos que bullen mascando opio”.

*El título de este post está tomado de un artículo de Amitava Kumar (en inglés), y del cual tomé también la cita anterior.

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