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Regresamos a la estación de tren con ganas de dejar Patna atrás cuanto antes.

Al rato me di cuenta de que había perdido mi reloj. Sin mucho más que hacer que esperar, me acerqué a preguntar en la ventanilla donde horas antes habíamos comprado los billetes.

—¿Este? —preguntó el funcionario mostrándome mi reloj.

—¡Increíble! —grité lleno de asombro—. Yes, thank you very much!

Si hay un lugar en el mundo en el que uno no espera recuperar su reloj, ese es la estación de tren de Patna.

Volví al lugar donde esperaba mi amigo, pero cuando me disponía a contarle la anécdota me di cuenta de que algo le contrariaba.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—¿Ves a ese viejo ahí sentado? —asentí—. Un tipo acaba de darle una patada en la cabeza.

Reparé en la sangre que caía por su sien.

—¿Por qué?

—Debe ser un paria, un intocable. Aquí su vida no vale nada. Seguramente tuvieron contacto visual.

La pérdida de mi reloj no pudo haber sido más providencial. No soporto la crueldad, en especial cuando las víctimas son los más desprotegidos: naturaleza, animales, mendigos, niños, ancianos, mujeres…

Muy en el fondo siento también pena por los perpetradores. Cuánta frustración e infelicidad debe contener el corazón de alguien capaz de dar una patada en la cabeza a un pobre desvalido. La sangre, aunque invisible, corre también por sus sienes.

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