Se hizo de noche y me adormilé. Pero no todos los viajeros del tren dormían.

Con el ajetreo propio de llegar a una estación me desperté, y antes incluso de llevar mi mano al lugar donde había colocado mi mochila sabía que palparía tan sólo su ausencia. Salí corriendo hasta el andén por si veía a alguien escapar con ella, y hasta me acerqué a un policía para contarle lo sucedido. El gigantesco ser uniformado se limitó a contemplarme con cara de “¿de qué nido te has caído?”.

Regresé a mi asiento calmado, y hasta sonreí al imaginarme la cara del ladronzuelo al abrir la mochila: unos cuantos niquis teñidos del Holi, las dichosas zapatillas naranjas, y una pelliza sintética azul eléctrico.

Aunque inintencionadamente, mi plan original se hacía realidad. Ahora viajaría por la India sólo con una riñonera, las chanclas y lo puesto.

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