En cuanto llegamos a Siliguri, descargamos la moto del tren y salimos raudos hacia Darjeeling.

Darjeeling es el lugar que eligieron los colonizadores británicos para escapar del sofocante bochorno de las planicies. Se encuentra a más de dos mil metros de altitud, y a unos ochenta km de Siliguri. La sinuosa carretera se disputa las laderas de las faldas del Himalaya con la vía del conocido como “tren de juguete”, apelativo bien merecido dadas sus dimensiones.

El progresivo descenso de la temperatura conforme ascendíamos trajo consigo un problema imprevisto: yo no tenía ropa suficiente (me la habían robado en el tren, como cuento en el post anterior) y mi amigo tampoco disponía de mucha más. Paramos para abrigarnos, y mi lote consistió en un par de calcetines y un jersey. Cuando además se ocultó el sol, el frío resultaba casi insoportable.

Cerré los ojos, me relajé y entré en un estado en el que mi cuerpo se inclinaba sin esfuerzo con cada curva. La sensación de frío, aunque intensa, ya no me producía sufrimiento. Tras incontables virajes alcanzamos Darjeeling.

Desmontamos en la primera pensión que vimos, y pedimos con urgencia una habitación con ducha caliente, que resultaron ser dos cubos de agua humeante, suficientes para recobrar los signos vitales.

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