Tras un reparador sueño, a la mañana siguiente salimos para desayunar y comprar algo de ropa con el que combatir la frescura propia de Darjeeling. En cuanto puse el pie en la calle, e inspiré las primeras bocanadas de aire fresco, recuperé toda mi vitalidad. Parecía casi un milagro. Toda la debilidad y ligera fiebre que me habían estado acompañando desde que puse mi zapatilla naranja en Delhi desapareció por completo, y con ello recuperé el apetito, y hasta la alegría.

Darjeeling fue elegido por los colonos ingleses como el lugar donde ponerse a resguardo del rigor de las planicies. Mi milagrosa recuperación daba testigo de lo acertado de su elección. Darjeeling es uno de esos enclaves colgados en una ladera de montaña, como un Cudillero o Lastres asturianos sólo que, en lugar de precipitarse sobre el mar, lo hace sobre el vacío. Las vistas son especialmente bellas, como la que se divisa desde la colina del Tigre. La pared blanca que en la distancia se eleva, o desciende del cielo, es el Kangchenjunga, la tercera montaña más alta del mundo (tras el Everest y el K2).

Sin embargo, por muy tentadora que fuese la opción de salir de excursión por las montañas, no estaba interesado en aventuras turísticas. Tampoco en socializar con los numerosos viajeros occidentales que acuden a Darjeeling atraídos por su belleza natural. En su lugar, me dediqué a visitar los numerosos templos tibetanos —conocidos como Gompas— allí asentados tras el exilio provocado por la invasión china del Tíbet.

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