17th_1Nos adentramos en moto en el misterioso reino de Sikkim, entre nombres de lo más evocador: Tíbet, India, Nepal, Bhután.

Paramos en Kalimpong, una ciudad situada a una cota inferior que Darjeeling, con una de las mejores climatologías de la región.

Allí conocimos a un francés dicharachero y bon vivant, retirado de la “civilización” para vivir como un marqués por el mismo precio que en Francia sobreviviría como un don nadie (dixit).

A través de él conocimos a una señora tibetana que nos invitó a un té en su casa, decorada con el barroquismo de un Gompa. Se consideraba seguidora del Karmapa, el líder de una de las cuatro escuelas principales del budismo tibetano, la Karma Kagyu.

Antes de morir, el Karmapa da pistas para que el niño en el que se va a reencarnar sea encontrado de nuevo. Sucede igual con los Dalais Lamas, si bien el linaje de los Karmapas es incluso más antiguo.

Desgraciadamente, la escuela Karma Kagyu se encuentra sumida en una sórdida controversia, pues hay dos monjes que afirman ser el decimoséptimo Karmapa. Uno de ellos reside en un templo de Kalimpong, y allí nos dirigimos, con la esperanza de conocerlo.

Compramos los imprescindibles katas, unos fulares de raso blanco o marfileño que se suelen ofrecer como muestra de respeto y solicitamos audiencia. Un monje tibetano con modales occidentales nos informó de que el Karmapa nos recibiría enseguida.

Al poco fuimos conducidos hasta una sala donde tuvimos la oportunidad de conocer y charlar cordialmente con Trinley Thaye Dorje, un encantador joven de unos veinte años, con buen dominio del inglés y no falto de carisma. Fuese el verdadero Karmapa o no, durante esos minutos me pareció irrelevante.

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