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En Japón mi vida cotidiana se había simplificado al máximo —o debería decir al mínimo— como también mi vida laboral y social. Durante aquellas gozosas y largas madrugadas, la lectura, la meditación y el yoga absorbían todo mi interés y convertían al resto del día en un mero trámite que cumplir. Paulatinamente y sin darme cuenta me estaba convirtiendo en un monje asceta.

Uno de los visitantes con quien pasaría un fin de semana por Kioto es un renombrado científico gallego que conocí durante su sabático en la Universidad de Nagoya. Además de nacionalidad y profesión, compartíamos algo más: el grado de espiritualidad con el que vivíamos nuestras vidas, él desde una perspectiva católica y yo desde una budista, pero ambos con igual profundidad y receptividad.

A Kioto, además de para visitar sus maravillas arquitectónicas, fuimos a una conferencia en la Universidad de Otanji (por cierto, donde D. T. Suzuki llevaría a cabo gran parte de su trabajo), pero, sobre todo, fuimos a meditar, para lo cual yo había elegido un pequeño monasterio vestigio del gran Antaiji, trasladado hacía un par décadas a una lejana montaña en la costa norte de Japón. Todo el conocimiento práctico que mi amigo tenía sobre la meditación era el que yo le había transmitido la noche anterior en el ryokan (hotel tradicional japonés).

Ya en el monasterio, nos sentamos durante cuatro periodos de cincuenta minutos, intercalando entre cada uno diez minutos de meditación caminando: una auténtica barbaridad para un primerizo como mi amigo. Al terminar, mientras sorbíamos un té verde, su comentario fue un “bien, bien” nada clarificador, y menos viniendo de un gallego. Le pregunté sobre las molestias del dolor de piernas y sobre las causadas por los dichosos insectos (unos bichos verdes con forma de pentágono que vuelan en línea recta hasta chocar escandalosamente contra las paredes de papel o los meditadores, que habían estado incordiando todo el santo día), y su contestación fue: “¿Qué insectos?”. No me lo podía creer. ¡No se había enterado ni de los proyectiles verdosos, ni del dolor de piernas! Cuando, extrañado y lleno de curiosidad, le pregunté por su método de meditación, dijo: “Me limité a recitar todo el tiempo ‘Señor mío, amado mío’”.

De forma intuitiva había conseguido focalizar su atención profundamente mediante la recitación de un “mantra católico”. Toda una lección.

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Al cabo de un año y medio de estar viviendo en Japón, me dirigí a una de las agencias de alquiler de apartamentos y pregunté directamente por el más barato disponible. Mi franqueza desconcertó al dependiente, y aún lo haría más cuando especifiqué que buscaba rentas por debajo de los treinta mil yenes. Con el característico rictus japonés de cabeza ladeada y una aspiración sonora a través de los dientes (lo que viene a significar difícil tirando hacia imposible) dio media vuelta y se encaminó hacia los ficheros colocados a su espalda. Tras hurgar en los cajones un rato, apercibí un gesto de sorpresa, y se volvió hacia mí blandiendo un papel en su mano que efectivamente indicaba que había un apartamento que cumplía mi requisito. Empezó a girar en círculos su dedo y cuando finalmente aterrizó sobre un plano de la ciudad tuve el presentimiento de que ese iba a ser mi nuevo hogar, pues se encontraba en la manzana colindante con el templo por el que pasaba todos los días en bici para ir a la universidad, y ante cuyo Daibutsu (una colosal estatua de Buda sentado en meditación) me paraba frecuentemente para hacer una ligera reverencia.

El apartamento, ubicado en la planta superior de un edificio que sobrevivió a la segunda guerra mundial, era lo que se podía esperar por semejante precio. Consistía en un cubo de dieciséis metros cuadrados con paredes descoyuntadas de barro y bambú, ventanas sin cristales, tatami blandito, un único grifo sobre un único fregadero, y retrete compartido con el vecino de enfrente. Me encantó. Con mucha silicona, algo de pintura y otro tanto de maña conseguí dejarlo, no ya meramente habitable, sino además acogedor. Sobre el fregadero montaría una ducha plegable donde cada mañana me daba una ducha, fría en verano y congelada en invierno. Con eso y un camping gas, tenía las mínimas comodidades cubiertas. En la parte superior de un armario empotrado guardaría la ropa y en la inferior una colchoneta de espuma y el saco de dormir. En el resto del espacio que en esa pared no ocupaba dicho armario, coloqué una estantería baja con los Sutras comentados por el Maestro Hua, y sobre ella un altar. En la pared superior colgué un tríptico del Buda Amitabha flanqueado por los bodisatvas Guan Yin y Gran Fortaleza, que me envió por sorpresa mi hermano desde el monasterio de Berkeley a donde había ido de retiro un par de meses, y que encajaba perfectamente en el espacio disponible. Por cierto, el día anterior a que me llegaran los Sutras que había comprado por correo, encontré la estantería abandonada en la calle, con las dimensiones y capacidad también justas. ¡Qué a gusto me sentía allí!

Durante aquellos años me acostaba muy pronto y me levantaba muy temprano para meditar y leer pausadamente. Además, dada la cercanía del apartamento a la universidad, regresaba también a mediodía para comer la que se convirtió en única comida del día, pues hasta en eso había simplificado mi vida. Hervía un pote de agua con un montón de vegetales variados que me sabían a gloria, sin más sabor que el propio de cada uno de ellos. Descubrí los suaves matices de las patatas, las zanahorias, las berzas, las calabazas, o el arroz, hasta entonces siempre recubiertos de refritos salados, ajados o encebollados. Llegó un momento en que ni tan siquiera producía basura porque compraba la fruta y los vegetales en una tienda que vendía productos de huertas locales, evitando así los increíblemente sofisticados, excesivos, innecesarios y derrochadores embalajes con los que todo, hasta la fruta, se envuelve en Japón. Además, con los pocos restos orgánicos sobrantes, preparaba un excelente compost en un caldero situado sobre una plataforma que se extendía bajo una de mis ventanas, y que hacía las veces también de improvisado solárium.

De vacaciones en el Mediterráneo, en Oropesa del Mar, me gusta ir a comprar la fruta y la verdura directamente a los agricultores de la villa de Cabanes, situada al otro lado del Desierto de las Palmas, por ser mucho más fresca, sabrosa y barata que la de los supermercados. Los melocotones son tan dulces y jugosos como grandes, y siempre aparto alguno bien maduro para dar buena cuenta de él in situ. Antes lo lavo en la céntrica fuente de los cuatro caños y me lo como mientras paseo hasta la coqueta plaza del ayuntamiento y de la iglesia de San Juan Bautista. No falta la visita al Arco Romano, donde es posible encontrar restos de cerámica romana sigillata por sus alrededores.

De regreso casi siempre paro en medio del Desierto de las Palmas, el cual de desierto sólo tiene el nombre pues abunda la vegetación propia del monte mediterráneo y el palmito. Me gusta detenerme a la altura de la fuente de Miravet, que toma su nombre de un castillo próximo que perteneció nada menos que al Cid, para llenar una garrafa con sus aguas dulces y frescas. Por cierto, gracias a la existencia de un mosquito endémico de ese paraje natural, los buldóceres no han podido entrar para ensanchar la carretera, y aunque ésta tenga alguna revuelta fastidiadilla, bien vale la pena, incluso y especialmente para los locales, que tienen en esa naturaleza su mayor tesoro, aunque lo ignoren.

Alguna vez me fui de caminata por el así llamado desierto. Recuerdo especialmente el día en que salí caminando desde Oropesa en dirección a la sierra del desierto más cercana, situada justo a sus espaldas, y que lleva por nombre del Señor. Crucé por debajo de la autopista a través de un túnel-desagüe, y durante varias horas ascendí dificultosamente por sus escarpadas laderas. Cuando estaba a punto de coronar, me di de bruces con una jabalina y sus rayones. Al igual que cuando en la base del monte me topé con un perro negro de aspecto inquietante, la recitación del mantra de la compasión consiguió que los encuentros se quedasen en sustos. La magnífica vista desde lo alto de aquellos cuatrocientos metros de altitud, desde donde se divisa toda la Costa del Azahar, bien valió el esfuerzo.

Me senté a meditar durante algunos minutos sobre la roca más elevada, y luego descendí por el mismo camino que había traído. Conforme me acercaba a la autopista, el ruido del tráfico se hacía cada vez más intenso y molesto, pero fue al entrar otra vez en la ciudad y verme rodeado de anuncios, terrazas, gentes en bañador y bikini, cuando me di cuenta de que todo a mi alrededor tenía ahora una cualidad muy distinta a la de hacía tan sólo unas horas. Veía a la gente dentro de un sueño, pero no metafóricamente hablando, sino de un modo absolutamente cierto. La montaña de aquel desierto me había provocado un estado alterado de la consciencia por medio del cual podía ver y sentir la vida como una enorme pantomima.

Después de aquella experiencia, comprendí que los Carmelitas Descalzos establecieran allí uno de sus monasterios, y que toda la topografía de aquel paraje esté salpicada de ermitas, barrancas y covachas donde, durante siglos, los inclinados a la introspección han ido buscando refugio… del sueño. Hoy en día ya no queda nadie allí (quizá por eso se llama desierto); hemos elegido la blanda arena de las playas dentro del sueño al pedregoso camino que nos lleva fuera de él. Es comprensible, y triste.

Mis padres tienen un apartamento en la costa del Mediterráneo donde todos los veranos la familia vamos a pasar unos días. Además del bañito en la playa y de las partidas de petanca, no faltan los paseos hasta el casco antiguo del pueblo, arrebujado alrededor de un cerro coronado por un castillo de origen árabe. También solemos ir de visita a un cercano torreón construido en el siglo XV para proteger la costa de incursiones berberiscas.

Otra visita obligada es a la cercana Marina Dor. Lo más terrorífico de este paseo es la constatación del excesivo grado de urbanización del lugar y los faraónicos planes de futuro. Bajo una enorme carpa se muestran los planos para la construcción de una ciudad estilo Las Vegas, bajo la falacia de que construir por construir es siempre un signo de progreso. El proyecto estrella es un parque temático llamado Mundo Ilusión, dejando claro sus intenciones porque conviene recordar que el término ilusión se refiere a cualquier distorsión de una percepción sensorial. Su objetivo es engañar, confundir, vender progreso y puestos de trabajo cuando la realidad es que se trata de una trama especulativa de proporciones mundiales que va a machacar todavía más una costa sobreurbanizada para el enriquecimiento de unos pocos promotores. Ya no hay incursiones berberiscas pero los ladrones siguen azotando la región, vestidos con chaqueta y finos bigotes en lugar de turbantes.

Quizá este puede ser un buen momento para recordar mi única visita a Las Vegas, a la norteamericana, a donde acudí de paso hacia el Valle de la Muerte. Aunque, ahora que lo pienso, tal diese la impresión de que sus nombres hayan sido permutados por alguno de esos encantadores que menciona Don Quijote, porque el valle es una vega y la ciudad está muerta. A pesar de su nombre, el Valle de la Muerte rebosa vida vegetal y animal humilde pero bien adaptada, y en sus rocas, gargantas y dunas se siente el poder telúrico de tan singular lugar.

La ciudad de Las Vegas, por el contrario, es un espejismo del desierto, un truco de ilusionista cuyo artificio sólo resulta creíble de noche, bajo las luces de neón. Y ni eso, porque si uno es capaz de mirar a otro lugar que no sean los infinitos estímulos artificiales, y observa a las personas que deambulan por allí, verá los rostros apagados de camareras y croupieres, y sobre todo de los clientes, en su mayoría jubilados a quienes les vendieron Las Vegas como el merecido descanso tras su retiro, y todo lo que encuentran allí es una engañifa de proporciones colosales dispuesta a retirar con mimo hasta el último dólar de sus carteras. Durante el día, cuando el embeleco eléctrico no puede competir con la iluminación cenital del sol, el cartón-piedra se revela en toda su magnitud, pero a esas horas los despojados duermen en sus habitaciones, esforzándose en soñar que son felices.

Otro de los proyectos de Las Vegas española (aparte del Mundo Ilusión) lleva por nombre Discoteca Buda, y consiste en una colosal estatua de un buda rodeada de barras, terrazas y pistas de baile. Buda, nirvana, karma y algún que otro vocablo budista suenan exóticos. Imaginad que de viaje por algún lugar de Asia os encontráis con la Discoteca Jesucristo, con una gran estatua de Cristo rodeada de gente bailando y bebiendo cubatas. ¿No os resultaría irrespetuoso? Curiosamente, en budismo la figura del demonio se asocia a la personificación de la ilusión en la que vivimos, tomando por cierto algo que es solo eso, una ilusión, una distorsión.

Esta foto la tomé hace un par de días en las calles de León. Buda y Elvis Presley poseen el mismo poder iconográfico de lo lejano y exótico. No es maldad sino ignorancia.

Durante los tres años que viví en Japón, la principal actividad de los fines de semana satisfacía dos de mis grandes aficiones: viajar y el arte sacro. Nada complicado de combinar debido al elevado número de monasterios budistas y santuarios sintoístas que hay en las islas. Además, el shinkansen (tren bala) y la ubicación central de Nagoya me permitían plantarme en pocas horas en casi cualquier punto de la geografía nipona.

Como consecuencia de la fértil polinización cruzada acaecida entre el Dharma -proveniente de la India vía China y Corea en el siglo VI- y el animismo autóctono, la distinción entre templos budistas y sintoístas no resulta nada clara; de hecho, la mayoría de los japoneses se sienten cómodos identificándose a la vez con ambas tradiciones.

La capacidad de asimilación de este pueblo queda reflejada, por ejemplo, en la nada rara ocurrencia de que las tres efemérides principales de toda la vida: nacimiento, boda y muerte, sean celebradas mediante ritos sintoísta, cristiano y budista, respectivamente. La asociación entre nacimiento y diosas de la fertilidad justificaría la elección de rituales sintoístas para celebrar el nacimiento, y la asociación entre la muerte y el renacimiento para rituales budistas, pero ¿qué justificación habría para la elección de bodas cristianas? La respuesta es descorazonadora: el glamur de los vestidos blancos de la novia.

Desde el punto de vista arquitectónico, las antiguas sedes capitalinas de Kioto y Nara son las ciudades con los templos, jardines y pagodas más monumentales y vistosos de todo el país, diseminados como piedras preciosas incrustadas en un medallón en la primera, y concentrados como un gran brillante en la segunda.

Las veces que ejercí de Cicerone con visitantes extranjeros solía elegir Kioto como destino obligado, y a su templo Sanjusangendo como atracción principal. Si treinta y dos latas de sopa Campbell pueden causar gran impacto estético, ¿qué no conseguirán mil estatuas casi idénticas y de tamaño real de un bodisatva? Me divertía observar de refilón a mis acompañantes accediendo al templo, pues a todos –como a mí la primera vez– las mandíbulas se les aflojaban y las cejas se les arqueaban. La viva imagen del asombro.

Afortunadamente, Kioto fue respetada por las bombas americanas y hoy la humanidad todavía puede contar con tan irrepetibles joyas entre los haberes de su patrimonio.

Una mente bien entrenada desarrolla una actitud ética no por imposición, adoctrinamiento o temor supersticioso, sino como una consecuencia natural de ver las cosas tal y como son, es decir, con profundo conocimiento de los mecanismos causales que operan en la totalidad de las estructuras de la vida. La conducta derivada de tal sabiduría reconduce la vida hacia la eliminación del sufrimiento.

La importancia de cultivar la dimensión ética de nuestra personalidad para avanzar con fundamento en nuestra práctica debe ser enfatizada. Cualquier acción mediante el cuerpo, la palabra o incluso la intención mental que introducimos en el tejido del universo traerá de vuelta una respuesta equivalente cuando las condiciones sean las adecuadas.

Esta simple regla de causa y efecto –popularmente conocida como karma– debe ser tenida muy en cuenta si no queremos ser abrumados por todo tipo de dificultades, tanto externas como internas, que afecten a nuestra salud física y mental. El camino de la practica espiritual ya es bastante difícil en sí mismo como para que además lo carguemos con problemas adicionales causados por lidiar inadecuadamente con el karma.

El despertar o la iluminación no significa la eliminación completa del karma, sino la comprensión profunda de su funcionamiento y la actuación consecuente.

Nuestra historia reciente sobre la enseñanza de la meditación en occidente ya nos ha dejado episodios muy reveladores de cómo esta debería ser, o al menos cómo no debería serlo. En los años 60 y 70, muchos occidentales utilizaron los escritos sobre el Zen de D. T. Suzuki para justificar una forma de vida diametralmente opuesta a la que en realidad proponía este sabio. Al explicar cómo “desinstalar” el ego, Suzuki dio por sentado que el Tao (en chino, Camino; en daoísmo el Tao representa el orden y fluir armónico de todas las cosas y fenómenos) se manifestaría, mientras que lo que se produjo fue la afirmación sin inhibiciones de los instintos más elementales.

La escuela de meditación Zen da por supuesto que uno debe haber adoptado un modelo de vida ético y que ha de estar versado en la sabiduría de los textos sagrados. Este supuesto podría haber estado presente en la élite social de algunas sociedades orientales, pero no necesariamente en las occidentales. Por lo tanto, cualquier enseñanza responsable sobre la meditación debe incluir a la ética como un aspecto integral de la práctica.

La generación de pensamientos positivos es un tema que ha ganado gran popularidad en las últimas décadas, sin embargo, es una antigua técnica espiritual, bien conocida. Una intención de alcance global y holístico es lo que marca la principal diferencia entre un enfoque espiritual genuino y otro más centrado en uno mismo, propio de la mayoría de los métodos modernos de motivación, cuyo objetivo suele ser formulado en términos de refuerzo y crecimiento de la personalidad del individuo.

Esta promoción y fortalecimiento del yo es también uno de los principales objetivos de la psicoterapia moderna. No hay nada malo en este enfoque cuando está dirigido a enfermos mentales o personas que atraviesan por periodos de su vida donde una falta de autoestima o la apatía les puede llevar a la depresión. Sin embargo, conviene señalar que, al margen de esos casos, ese enfoque es limitado para potenciar el crecimiento real del individuo ya que carece de una dimensión espiritual genuina.

Por tanto, una mente auténticamente positiva debe impregnarse con pensamientos sanos que promuevan la felicidad, la alegría, la salud y prevean un resultado positivo a cada situación y acción. Pero, y este es el quid de la cuestión, no solo para ellos mismos sino para todos los seres.

Inmediatamente después de leer un par de libros sobre el Zen, me senté sobre la moqueta de mi apartamento con las piernas cruzadas tratando de imitar la postura de una de las ilustraciones del libro.

“¡Imposible!”, pensé al contemplarme achaparrado y con una rodilla casi a la altura de mi oreja. El asunto adquirió una mejor apariencia tras colocar bajo mis posaderas un generoso cojín, pero lo de poner ambos pies encima de los muslos, es decir, en la postura del loto, me parecía una contorsión más propia de circo que de monasterio. “Voy a necesitar un maestro”, pensé, y, sin otra idea mejor, abrí las páginas amarillas y busqué en la letra eme (de monasterio, porque no me pareció lugar apropiado donde buscar un maestro).

¡Eureka! Había un monasterio budista a tan solo un par de manzanas de donde vivía, así que allá que me fui. En realidad, el zendo consistía en  un coquetón cobertizo instalado en el patio de una casa. Pagué cien dólares por un mes de poder acudir todas las mañanas de seis a ocho a sentarme cuarenta minutos, des–sentarme durante veinte, y practicar una gimnasia coreana acompañada de música de tambor y voces roncas durante casi una hora.

Mi bautismo de fuego meditativo fue simplemente horroroso, en especial por el intensísimo dolor de piernas que me causaba el sentarme inmóvil en el suelo, en silencio y a oscuras, durante cuarenta minutos que se me hacían cuatrocientos. Mientras los demás tomaban un té e iban al servicio, yo seguía descruzando mis piernas a cámara lenta con embarazosas gesticulaciones, sin que a nadie pareciese importarle mi padecimiento. Acabado el periodo de “descanso”, empezaba un bailoteo sin más enseñanzas que un “haz lo que hacen los demás”.

Finalizado el mes, abandoné descoyuntado, si bien ahora podía sentarme mi buena media horita con las piernas cruzadas en medio loto, y además había descubierto la tranquilidad de los amaneceres.

Hasta entonces, el pistoletazo del despertador me lanzaba a una carrera de obstáculos en la que debía sortear afeitados, cafés, buscar parejas (de calcetines), sacudir migas de documentos, y conseguir llegar hasta la bici haciendo malabares con donuts acartonados. Podía hacerlo todo en apenas quince minutos, ducha incluida. Ahora me levantaba tranquilamente, me ejercitaba con una versión abreviada de la gimnasia coreana, y luego me sentaba a meditar media hora mientras la intensidad de la luz del amanecer aumentaba lentamente en el cuarto, que no en mi mente, la cual seguía atrapada en alguno de los acertijos Zen, llamados koans…

Un monje preguntó a Joshu: “¿Tiene un perro la naturaleza de buda, o no?”, a lo que Joshu respondió: “Mu”.

Yo no sabía ni lo que significaba “Mu”; todo lo que se me ocurría sobre el dichoso koan era cuestionarme por qué el monje le preguntaría sobre un perro y no sobre una vaca. Quizá esa fuese ya una temprana realización de que sin humor no hay camino espiritual.

Hace unos días fue mi cumpleaños, hoy es el de un hermano, y no hace mucho lo fue el del otro. Mañana nos juntamos para celebrarlo. Me acordé de un pasaje del Sutra Surangama que traduje directamente del chino hace varios años, mientras servía de novicio en un monasterio de California, y que podría titularse: “No todo envejece”. Si nunca has leído un texto de dos mil años de antigüedad escrito en la India (aunque solo ha sobrevivido su traducción al chino), puede que te sorprenda su vigencia. Dice así:

Entonces, el rey Prasenajit se puso en pie y se dirigió respetuosamente al Buda:

–Antes de ser instruido por el Buda, conocí a Katyayana y a Vairatiputra. [1] Ambos me explicaron que cuando este cuerpo muere, nosotros dejamos de existir y nos convertimos en nada. Esa mismísima nada es lo que ellos llamaban nirvana. Ahora, aunque he conocido al Buda, todavía guardo cierta cautela y tengo mis dudas. ¿Cómo puedo llegar a conocer la verdadera mente fundamental, esa que no es fabricada ni perece? A todos los que en esta asamblea tenemos efusiones nos gustaría que nos aclarase este punto.

El Buda dijo al rey:

–Permítame antes que le pregunte, ¿es su cuerpo indestructible como el vajra,[2] o se halla sujeto al decaimiento?

–Venerable, mi cuerpo decae y lo continuará haciendo hasta finalmente morir.

–Su Majestad no ha muerto todavía, ¿cómo sabe que lo hará?

–Venerable, aunque es cierto que todavía no me he muerto, mi cuerpo y mente son impermanentes, puedo ver cómo cada uno de mis pensamientos se desvanece y es seguido por otro nuevo, el cual tampoco permanece. Como fuego que pasa a cenizas, mis pensamientos están en constante extinción, pereciendo siempre, por lo que estoy convencido de que mi cuerpo también ha de perecer.

–Así es, majestad. ¿Cómo compararía su vejez con su juventud?

–Venerable, yo de niño tenía la piel tersa y suave, y en mi lozanía estaba lleno de vitalidad. Pero ahora, en estos últimos años, con los achaques propios de la vejez, mi cuerpo se ha marchitado y debilitado, mis fluidos vitales están exangües, mi pelo encanecido y mi piel arrugada. No me ha de quedar mucho tiempo. ¿Cómo puede mi situación actual ser comparada con la que tenía en la flor de mi vida?

–Majestad, la apariencia de su cuerpo no puede haberse deteriorado repentinamente.

–Venerable, el cambio ha sido tan sutil que apenas lo he notado. He llegado a este punto gradualmente, con el transcurrir de los años. Así, en mis veintes todavía era joven, pero ya parecía mayor que en mi adolescencia. Mis treintas marcaron un declinar adicional al de mis veintes, y ahora, dos años por encima de sesenta, al mirar hacia atrás, mis cincuentas podrían considerarse como años de cierto vigor, saludables incluso. Pero, cuando ahora reparo en estas sutiles transformaciones, Venerable, me doy cuenta de que los cambios acaecidos en este declinar hacia la muerte resultan evidentes no solo de década en década, sino también en incrementos más cortos. En una consideración más detenida, uno puede ver que, al igual que con las décadas, los cambios se suceden año tras año. En realidad, ¿cómo podrían ocurrir solo de año en año? Dichos cambios han de ocurrir cada mes, pero ¿cómo podrían tener lugar solo de mes en mes? Estos cambios han de ocurrir día a día, y, si uno contempla profundamente esto, uno puede ver que el cambio es incesante, momento a momento,[3] con cada sucesivo pensamiento. Es por ello que sé bien que mi cuerpo continuará cambiando hasta perecer.

–Al observar estos cambios e incesantes transformaciones, usted concluye que ha de morir, pero ¿sabe si al hacerlo queda algo suyo que no muere?

–Realmente no lo sé –respondió el rey Prasenajit juntando las palmas.

–Ahora le revelaré qué es eso que ni surge ni perece. Majestad, cuando por primera vez vio el río Ganges, ¿qué edad tenía?

–Tenía tres años. Mi querida madre me llevó a presentar respetos a la diosa Jiva[4] y, cuando pasamos cerca del río, me dijeron que se trataba del Ganges.

–Su Majestad dijo que comparativamente había envejecido década tras década, año tras año, mes tras mes y día tras día. Dijo que, de hecho, en cada sucesivo pensamiento han ido teniendo lugar cambios hasta llegar ahora a la década de los sesentas. Reflexione sobre el río que vio a los tres años respecto al visto diez años después, cuando tenía trece, ¿en qué se diferenciaban esos ríos?

–El río parecía el mismo cuando lo vi con trece años que cuando lo vi con tres, e incluso ahora, cuando tengo sesenta y dos, parece todavía el mismo.

–Ahora lamenta sus canas y arrugas y es cierto que su rostro está ahora más estriado que en su juventud, pero, cuando ahora mira al Ganges, su consciencia visual, ¿es en algo diferente a la de entonces, cuando era un niño?

–No es diferente, Venerable.

–Majestad, su cara está arrugada, pero no así la naturaleza esencial de su consciencia visual. Lo que se arruga está sujeto al cambio; lo que no se arruga es lo que no cambia. Lo que cambia perecerá. Lo que no cambia, y por ende ni surge ni desaparece, ¿cómo podría verse afectado por los nacimientos y muertes? Por lo tanto, no se preocupe de lo que otros como Maskari Gosaliputra[5] dicen: que cuando este cuerpo muere uno deja de existir.

El rey asintió y supo que cuando dejamos este cuerpo continuamos en otro. Tanto él como el resto de los participantes en la gran asamblea se regocijaron por haber clarificado este punto.


[1] Kātyāyana y Vairāṭiputra fueron coetáneos del Buda que explicaban formas de escepticismo. Del primero en concreto se dice que fue un fiero oponente del Buda.

[2] Vajra, un material de extrema dureza y durabilidad, a veces traducido como diamante.

[3] Momento (sct. kṣaṇa). El más fugaz de los pensamientos dura noventa ksanas, y en cada ksana intervienen novecientas operaciones mentales.

[4] Jīva en sánscirto significa “principio vital”.

[5] En la época en la que vivió el Buda, en la India existían varias escuelas filosóficas lideradas por sus proponentes, como los mencionados por el rey Prasenajit, o como Maskari Gośālīputra, quienes proponían el fatalismo.

Caminaba deprisa, evitando mendigos y “rickshaws”, esos carritos tirados por bicicletas, el medio de transporte público más económico de la India, pues me parecía éticamente inaceptable que otro ser humano se partiese el alma para llevarme a ver alguna atracción local. Intentando llegar al parque memorial de Gandhi en Nueva Delhi, uno de los rickshaws se me acercó con la particularidad de que el conductor hablaba en perfecto inglés y parecía estar convencido de que acabaría por doblegar mi voluntad. Lo cierto es que, cuando se acercó a mí, estaba perdido. Negociamos un precio y, no sin cierto remilgo, abordé el carruaje.

Alabé su destreza con el inglés, y me comentó que tuvo la oportunidad de practicarlo cuando trabajó en Calcuta ayudando a la Madre Teresa. La mera idea de que alguien tan humilde como mi chófer tuviese inclinaciones en ayudar a otros todavía más pobres lo convertía en un santo, o en el mayor de los pícaros.

En su relato, se consideraba muy afortunado por haber encontrado esposa, y porque ahora podía trabajar en Delhi conduciendo un rickshaw con tracción a pedales. Antes había trabajado en Calcuta, pero allí la única tracción era la de los pies directamente sobre la mugre. Él creía que el buen karma de haber ayudado a los demás era lo que le había permitido disfrutar ahora de una buena familia y un buen trabajo en la capital. Su sueño era ahorrar cien dólares con los que poder comprarse su propio rickshaw, pues todavía tenía que alquilarlo.

Le pregunté sobre su idea del karma, a lo que me contestó que, a diferencia de la mayoría de sus conciudadanos hindús, él se consideraba buda. En ese instante lo interrumpí para matizar:

-Querrás decir budista…

–Eso, eso, buda… soy buda –repitió mientras se ponía en pie para aplicar sobre los pedales todo el poco peso de su enjuto cuerpo. Parecía no entender la diferencia… ¿o era yo quién no la entendía?

Llegamos al parque de Gandhi y, en lugar de alejarse, mi original chófer aparcó el rickshaw y se ofreció como guía. Obviamente, no era la primera vez que ejercía como tal, pues su explicación estaba bien documentada y resultó interesante. Además, sabía que le daría otra buena propina.

A la finalización de la visita le pedí un favor, que ahora me permitiese a mí dar pedales. Sonreímos y me dio unas cuantas explicaciones sobre el manejo del vehículo. Bromeando, le pregunté adónde quería ir y, continuando la broma, contestó:

-¡A mi casa! ¿Te gustaría conocer a mi familia?

Sin nada mejor que hacer, respondí afirmativamente. El vehículo era difícil de manejar y mucho más pesado de lo que intuí antes de montarme en él, pero estaba disfrutando de la situación.

Los edificios y el asfalto empezaron a ser sustituidos por chabolas y por caminos de tierra surcados por aguas fecales. Me sorprendió la infinidad de niños desnudos jugando por doquier, siempre sonrientes, y las bromas en hindi del vecindario ante lo extraño de la visión que les proporcionábamos. Finalmente llegamos hasta su chabola, donde sus hijos, unos cuatro rapacines con aspecto de pequeños budas con las cabezas al cero, supongo que para evitar piojos, nos rodearon, abrazando al padre y guardando cierta distancia ante mí, quien debía de parecerles rarísimo, ya que dudo que en su corta vida conociesen otra cosa que aquel universo de chabolas. Rechacé una taza de “chai”, un té con leche hirviendo que es la bebida preferida de los indios, y pedí regresar antes de que se hiciese demasiado tarde. Intercambiamos de nuevo las posiciones y mientras regresábamos a la “civilización”, mi chófer me dio un consejo:

-Cambia las ropas. Llamas demasiado la atención.

Me llevó hasta una tienda donde evidentemente llevaba comisión, y me compré uno de esos atuendos indios de camisa larga llegando hasta casi las rodillas y pantalón a juego, de color negro, y el más sencillo del muestrario, para frustración del vendedor que cuando me vio caer en su tela de araña pensó que le proporcionaría un mayor bocado.

De regreso al hotel, le daría una buena propina a mi guía y consejero, y ya en mi habitación sonreí al acordarme de mi lectura del Bhagavad Gita hacía años, cuando Krishna, a las riendas de una cuadriga, guía a Arjuna hacia la victoria en el campo de batalla. Lo vivido ese día bien podía ser una parodia de tan célebre historia sagrada.

Fuese un buda como él reconoció, o el octavo avatar del dios Vishnu, o, mucho más probablemente, un pícaro que se aprovechó de mi ingenuidad para sacarme unas cuantas rupias, el caso es que a partir de ese encuentro mi percepción de la India, y de lo que creemos necesario para ser felices, cambió por completo.

PD: No te pierdas el video sugerido en el comentario dejado por Alice.

Cuando en el año 1997 salí de España para hacer un posdoc en EE. UU., pensaba que este país sería como el de sus películas. Creía además que no habría ningún lugar en el mundo en el que fuese posible vivir más a gusto que en España. Tres años después todavía albergaba ciertas dudas; doce años después ya no me quedaba duda alguna de lo contrario.

Desde el primer momento, la calidad humana y de vida en Berkeley resultaron mucho mejor de lo que me imaginaba debido en gran parte a su famoso “melting pot”, el gran crisol de razas y culturas. Cualquiera que se haya dado un paseo por el campus universitario o por las calles próximas, o visitado San Francisco al otro lado de la bahía, se habrá dado cuenta de que allí están representadas todas las razas, templos, restaurantes, caligrafías y vestimentas que uno se puede encontrar en el mundo.

Mis primeros amigos fueron italianos y españoles, pero el círculo no tardó en expandirse para incluir también a alemanes, indios, chinos, y, cuando el idioma dejó de ser un obstáculo, hasta algún norteamericano.

En tales circunstancias, resulta imposible no darse cuenta de que todas las personas compartimos las mismas inquietudes vitales, independientemente de nuestro lugar de procedencia y experiencias. Poco a poco, mi idea sobre España se fue modificando para convertirse en mi país de origen, del que me sentía orgulloso, pero sin fanatismo alguno.

Lo mismo me ocurrió con mis preferencias sobre las comidas, o con mis prejuicios sobre preferencias políticas, religiosas o sexuales. Probé comidas japonesas, etíopes, indias, chinas, mexicanas… charlé con musulmanes, ateos, budistas, mormones, católicos, protestantes, wicca, agnósticos, ateos… conocí gays, lesbianas, bisexuales y hasta heteros… y en todo y todos había de todo: bueno, malo y regular.

Esa experiencia multicultural permitió que me abriese a otras ideas diferentes a las que traía preconcebidas de España, de un modo en el que, lejos de renunciar a mis convicciones más asentadas, estas se enriquecieron con nuevos puntos de vista. Ahora soy incapaz de discriminar a nadie en función de sus preferencias (siempre y cuando no haya daño de por medio) porque todos tenemos algo importante que decir y compartir, como personas y como representantes de nuestro modo de entender la vida.

Cuando abrimos nuestra mente a otras opiniones y creencias sin miedo a ser contaminados, nuestros convencimientos, si son verdaderos y genuinos, siempre salen revitalizados, pero no por oposición sino por identificación.

Ideas que antes nos parecían irrespetuosas -incluso peligrosas- en el peor de los casos se convierten en algo inocuo, y en el mejor pueden convertirse en el catalizador que oxigene nuestra vida interior. Gracias a ello, podemos llegar a reconocer al mismo principio verdadero operando bajo apariencias muy distintas y en un ámbito mucho mayor del que imaginábamos, tanto que no hay límite físico ni cultural ni religioso ni de índole alguna en el que no se manifieste con toda su intensidad.

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Marineros de piedra


"Un libro extraordinario que revoluciona la historia".
-Gavin Menzies, autor de 1421 y The Lost Empire of Atlantis

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