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Photo by AFP/Getty Images

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Al igual que ya ocurriese en Darjeeling, el monasterio de Rumtek se preparaba para una celebración especial denominada Kalachakra (rueda del tiempo), centrada en la correspondencia entre los ciclos cósmicos y los humanos, entre lo externo y lo interno.

Un mandala de finas arenas coloreadas orientado con los cuatro puntos cardinales presidía el templo. Los cánticos de los monjes se alternaban con música “extraterrestre” salida de trompetas, caracolas, tambores, platillos y pequeñas campanas.

De vez en cuando había interludios en los que todos recibíamos una taza de té de leche de yak, dulce por las mañanas y salado por las tardes.

A los niños (vestidos con hábitos monásticos) las horas de ceremonia se les hacían pesadísimas, y no era infrecuente verlos tirándose arroz, jugando con sus hábitos o simplemente muertos de aburrimiento.

Uno de ellos, ya no tan niño, se acercó un día y nos dijo en un inglés rudimentario: “Mañana la ceremonia empieza una hora antes”. Cuando nos plantamos a las puertas del monasterio a las cuatro de la mañana, hasta los guardias estaban dormidos. Más tarde, al recriminarle al niño la broma, éste se moría de la risa. Pronto todo el mundo sabía que los niños nos habían gastado la broma del la “rueda del tiempo” y se partían de risa al vernos.

Aparte de la cuestionable gracia del asunto, los tibetanos son la gente más risueña que he conocido, lo que no debe ser confundido con el sentido del humor, y para muestra un botón.

Después de varias horas caminando en paralelo al río Rangit llegué a una población donde mis piernas votaron por unanimidad abordar un jeep, decisión del todo oportuna a la vista del relativamente intenso tráfico de vehículos cargados de turistas que suben y bajan de un conglomerado de hostales conocido como Pelling. En el jeep coincidiría con un curioso personaje, un tipo muy delgado rematado con una cabeza desproporcionadamente grande, a cuya impresión contribuía una melena y rasgos faciales de lo más leoninos, y quien resultó ser un francés hijo de emigrantes españoles que se ganaba la vida tocando el saxofón por locales de la India.

Pemayangtse es un gompa erigido en otro de los lugares consagrados por Guru Rimpoche, y hoy en día es uno de los principales centros de la rama del budismo tibetano Nyngma, la más antigua. Con igual fortuna que durante mis estancias en Darjeeling y en Rumtek, la semana de mi visita en Pemayangtse “coincidió” con una asamblea especial. Decenas de monjes y centenares de laicos provenientes de todo Sikkim se habían congregado allí para recitar el mantra de Guru Rimpoche por un motivo de lo más noble: la paz (Irak acababa de ser invadido, en el 2003). A mí me conmovió que aquellos habitantes del techo del mundo, anónima pero profundamente convencidos del poder de su recitación, se congregaran allí con tal motivo.

No fue posible encontrar alojamiento en el monasterio, así que todos los días salía por la mañana de la pensión de Pelling, caminaba unos veinte minutos hasta llegar al monasterio, y allí me quedaba hasta la conclusión del día. La mecánica del ceremonial no podía ser más sencilla: el monje de mayor rango, un anciano de aspecto venerable, iniciaba y finalizaba las sesiones, consistentes en recitar el mantra: “Om Ah Hung Benza Guru Pema Siddi Hung” en voz alta, cada uno con su propio ritmo y entonación. El resultado era un constante murmullo sobre el que, de vez en cuando, sobresalía alguna voz para volver a diluirse de nuevo entre las demás. Cada uno contabilizábamos el número de veces que recitábamos el mantra mediante un rosario de 108 cuentas, con un par de cordeles extras de diez aritos metálicos cada uno para contabilizar las decenas y las centenas. Al final del día, un monje apuntaba en una libreta el número de recitaciones de los participantes. Yo solía aportar aproximadamente doce mil al día, pero había quienes declaraban el doble.

Durante un intermedio, el monje encargado de contabilizar los mantras se acercó para charlar conmigo (yo era el único extranjero), y aproveché la oportunidad para preguntarle:

–¿Por qué contamos las recitaciones?

Antes de contestar, abrió la libreta, señaló con su dedo índice una entrada de alguien que había declarado treinta mil mantras en un día, y me dijo sonriendo:

–No me lo creo. En realidad, es un método para mantener la atención y el interés durante tantas horas y tantos días en una actividad tan repetitiva. El ligero movimiento de los dedos sobre las cuentas del rosario ayuda a que los sentidos no se desperdiguen.

–¿Tiene cada mantra un efecto específico?

–Cada mantra tiene sus propias resonancias y especificidad de resultados, si bien, recitar mantras en voz alta produce, en general, un patrón de respiración consistente en inspiraciones rápidas y expiraciones lentas. El resultado es que la mente, primero se tranquiliza y luego entra en un estado de profunda concentración, focalizada sobre el mantra.

–¿Qué ocurre a partir de ahí?

–Uno entra en el territorio de lo místico, donde las palabras ya no sirven. ¿Unión?, ¿amor?, ¿desapego?, ¿compasión?, ¿Dios?

–Yo nunca he tenido una experiencia mística, pero mi mente siempre agradece un respiro, ya sea recitando mantras o meditando, del runrún que comienza con la alarma del despertador por las mañanas y finaliza con el primer ronquido de la noche.

–Y se prolonga entre ambos en forma de pesadillas –añadió.

Los dos rompimos a reír.

Las vistas nocturnas sobre Gangtok eran espectaculares. Hasta su pobre iluminación pública –con frecuentes apagones de barrios completos– simulaba una red de perlas.

Contemplando uno de esos anocheceres, mientras departíamos en la terraza del hostal con una pareja de holandeses, una enorme nube de evolución nocturna comenzó a cubrir todo el valle de Gangtok hasta transformarse en un dragón al que no le faltaba detalle: cabeza con cuernos, largo cuello y cola curvada. Los cuatro nos quedamos fascinados. Comprobar que yo no era el único “chiflado” que veía dragones me produjo una secreta satisfacción.

La ceremonia Kalachakra realizada en el monasterio de Rumtek duró una semana. Finalmente, el mandala que la presidía debía ser destruido.

El Lama principal, mediante un artefacto litúrgico con forma de ocho tridimensional llamado “vajra” –literalmente relámpago– trazó una raya en la arena por el lado orientado hacia el este del mandala hasta su centro. Inmediatamente después, sus ayudantes desbarataron la efímera obra de arte por completo, amontonando la arena en su centro. Uno a uno los monjes se rociaron un pellizco de arena sobre la coronilla.

Yo observaba la ceremonia desde un rincón. Una vez ungidos los monjes, el Lama me indicó con su mano que me acercase, invitándome al arenoso bautizo. Con el último de los pellizcos de arena todavía sobre mi despejada coronilla, regresé al hostal, feliz y agradecido.

Desde entonces, la equivalencia entre los ciclos del cosmos y los que rigen nuestras vidas (el significado de Kalachakra) ha sido una fuente de inspiración para todo lo que hago. Nuestra mente ordinaria es incapaz de explicar la sabiduría que encierra la ceremonia Kalachakra, como otras muchas considerada una reminiscencia supersticiosa.

Desafortunadamente, estamos perdiendo la verdadera sabiduría heredada de nuestros ancestros, sustituida por embelecos tecnológicos que desconectan la vida del sustrato espiritual que le da propósito.

Las señas de identidad de Sikkim están asociadas a la figura del místico Padmasambhava, más conocido como Gurú Rimpoche (literalmente, “Apreciado Maestro”). Este extraordinario personaje propagó por la región himalaíca la versión más esotérica del budismo, allá por el siglo VIII.

Al igual que su coetáneo Kobo Daishi en Japón, Gurú Rimpoche es reverenciado en Sikkim como un gran santo. La presencia de monasterios budistas en esta región –reforzada por el trágico éxodo de tibetanos– viene por tanto de muy antiguo.

Uno de dichos monasterios es Rumtek, a pocos kilómetros de Gangtok, la capital de Sikkim y residencia oficial del uno de los dos postulantes a Karmapa, a quien lamentablemente no pudimos conocer por encontrarse ausente (yo viajaba en compañía de un amigo motero californiano).

Los guardias apostados en torretas y el letrero con la prohibición de acceder al templo portando armas de fuego nos resultaron llamativas para un monasterio. Sin embargo, la confluencia de tensiones entre los gobiernos indio y chino sobre asilos políticos, aunada a la del cisma producido por la aparición de dos candidaturas a Karmapa —en cuya controversia subyacen feas implicaciones económicas y políticas— explican las “incongruentes” medidas de seguridad.

Una vez superada la primera impresión, Rumtek resulta acogedor, y los numerosos niños-monje correteando por sus amplios patios y terrazas consiguen que uno se olvide en seguida de los turbios asuntos de los adultos. Hablando de vistas extrañas,  uno de los niños poseía un rasgo muy auspicioso que yo interpretaba metafóricamente: un largo penacho blanco natural en el entrecejo. Lástima de cámara de fotos, pensé.

Rumtek se preparaba para una celebración especial de una semana de duración denominada Kalachakra (Rueda del tiempo) centrada en la correspondencia entre los ciclos cósmicos y humanos, entre lo externo y lo interno.

Un tablero orientado perfectamente con los cuatro puntos cardinales presidía el templo, sobre el cual había sido elaborado para la ocasión un gran mandala, utilizando como materias primas finas arenas coloreadas dispuestas en complejas geometrías rebosantes de simbolismo.

Los cánticos de los monjes se alternaban con música supramundana producida con trompetas, caracolas, tambores, platillos y pequeñas campanas. De vez en cuando, había interludios en los que todos recibíamos una taza de té de leche de yak, dulce por las mañanas y salado por las tardes. Yo me sentía en la gloria.

A los niños monje las horas de ceremonia se les hacían pesadísimas, y no era infrecuente verlos tirándose arroz, jugando con sus hábitos o simplemente muertos de aburrimiento. Uno de ellos, ya no tan niño, nos dijo en inglés rudimentario: “Mañana las ceremonias comienzan una hora antes”. Cuando a las cuatro de la mañana nos plantamos a las puertas del monasterio, hasta los guardias estaban dormidos. Más tarde, al recriminarle al niño la broma, este se tronchaba de risa. Pronto todos los monjes –niños y adultos– se reían al vernos. Aparte de la cuestionable gracia de la broma, los tibetanos son la gente más risueña que he conocido, lo que no debe ser confundido con estar dotados del mejor sentido del humor, y para muestra un botón.

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Marineros de piedra


"Un libro extraordinario que revoluciona la historia".
-Gavin Menzies, autor de 1421 y The Lost Empire of Atlantis

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