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Photo by AFP/Getty Images

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Al igual que ya ocurriese en Darjeeling, el monasterio de Rumtek se preparaba para una celebración especial denominada Kalachakra (rueda del tiempo), centrada en la correspondencia entre los ciclos cósmicos y los humanos, entre lo externo y lo interno.

Un mandala de finas arenas coloreadas orientado con los cuatro puntos cardinales presidía el templo. Los cánticos de los monjes se alternaban con música “extraterrestre” salida de trompetas, caracolas, tambores, platillos y pequeñas campanas.

De vez en cuando había interludios en los que todos recibíamos una taza de té de leche de yak, dulce por las mañanas y salado por las tardes.

A los niños (vestidos con hábitos monásticos) las horas de ceremonia se les hacían pesadísimas, y no era infrecuente verlos tirándose arroz, jugando con sus hábitos o simplemente muertos de aburrimiento.

Uno de ellos, ya no tan niño, se acercó un día y nos dijo en un inglés rudimentario: “Mañana la ceremonia empieza una hora antes”. Cuando nos plantamos a las puertas del monasterio a las cuatro de la mañana, hasta los guardias estaban dormidos. Más tarde, al recriminarle al niño la broma, éste se moría de la risa. Pronto todo el mundo sabía que los niños nos habían gastado la broma del la “rueda del tiempo” y se partían de risa al vernos.

Aparte de la cuestionable gracia del asunto, los tibetanos son la gente más risueña que he conocido, lo que no debe ser confundido con el sentido del humor, y para muestra un botón.

Dali Gompa es uno de los templos más grandes de Darjeeling, por ser el “cuartel general” de la rama budista del Dragón (Drukpa Kagyu en tibetano). Resultó que el día de nuestra llegada se habían congregado en él numerosos monjes para participar en un gran ceremonial de una semana de duración. Pregunté si podía participar y alojarme en el monasterio, y los monjes accedieron con la típica amabilidad y hospitalidad tibetanas. Cuando se lo comenté a mi amigo el motero, decidió participar también.

Así fue como pasamos toda esa semana alojados en el monasterio, meditando en un rincón del templo mientras los monjes  entonaban sus salmodias, cambiaban los gorros en función del texto que recitaban, y creaban una música extrañísima con sus voces e instrumentos.

Un grato descubrimiento sobre los monasterios tibetanos fue el hecho de que, durante las celebraciones especiales como esa, la comida que sirven es siempre vegetariana: arroz con vegetales, fruta y té.

A la conclusión de la semana de ceremoniales, cientos de personas acudieron desde todos los rincones de aquellas montañas para recibir las bendiciones de tan auspiciosa ocasión. Y nosotros, como ellos, también nos atamos al cuello un cordelito rojo bendecido.

Nos despedimos y regresamos al centro de Darjeeling entre la admiración de los niños-monje, más interesados en ver y tocar la motaza de mi amigo que en recibir otra bendición más.

Nos sentamos en una terraza para sorber una taza del famoso té local, cultivado en las laderas de aquellas montañas, y para planear la siguiente aventura.

—¿Qué sabes de Sikkim? —preguntó mi amigo.

—No mucho —contesté.

Antes de acabar el té ya habíamos decidido que nos internaríamos en el misterioso reino de Sikkim.

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