You are currently browsing the tag archive for the ‘zen’ tag.

61cd18c76nl-_sx331_bo1204203200_Acabo de publicar la traducción del libro cuya lectura más me ha influenciado. Como ya hiciese antes con el Sutra Surangama, he comenzado cada día de los últimos tres años traduciendo un par de párrafos de este maravilloso texto.

Conocido también por otros nombres, como Sutra del Sexto Patriarca, Sutra de Hui Neng, Sutra del Estrado, Sutra de la Plataforma o Sutra del Altar, este sutra recoge las enseñanzas de un iletrado llamado Huineng que vivió en China entre los siglos VII y VIII.

Sus palabras nos hablan de nuestra maravillosa naturaleza, la naturaleza esencial e innata que no necesita profundos estudios ni arduas prácticas para manifestarse en todo momento en todo su esplendor. Lo único que se requiere es un cambio de perspectiva, radical pero accesible a cualquiera, sobre la manera de ver el mundo y lo que somos.

Huineng interpela a esa naturaleza en la que no cabe un “ego egoísta”, en la que dejamos de entendernos como entidades recortadas del tejido del universo.

El Camino consiste en un modo de ver, percibir y sentir que es el más natural, el que menos esfuerzo requiere, pues se transita cuando uno no busca nada ni se apega a nada, un Camino carente de forma o definición específica.

Te sorprenderá (también el precio).

Anuncios

Cada pedalada me acercaba un poco más a mi objetivo, un monasterio situado en las montañas que se alzan entre Kioto y Nara al que acudía todos los meses para realizar un retiro de meditación, un sesshin de tres días sobre el que ya escribí un post anterior.

El ofuro (baño tradicional japonés) en la “pota de los caníbales” me supo a gloria bendita. Después de tres semanas de pedalear y dormir a la intemperie, disponer de techo sobre mi cabeza, tatami bajo mis pies, comida caliente en mi bol y, sobre todo, la tranquilidad del monasterio, no solo eliminaron de ese retiro toda sensación ascética, sino que, paradojas de la vida, casi lo convirtieron en unas balsámicas vacaciones. Incluso las muchas horas sentado inmóvil sirvieron para que la incipiente tendinitis de mis rodillas desapareciera casi por completo.

Cuando a su finalización, en lugar de tomar el autobús con mis compañeros, tomé la bici, no pude evitar un respingo. Mi siguiente destino era Antaiji, el monasterio donde los maestros Sawaki Roshi y Uchiyama Roshi revitalizaron el Zen el siglo pasado. Originalmente, Antaiji estaba ubicado en Kioto, pero hacía años que, por razones que desconozco, había sido trasladado a un plató sobre una montaña próxima a la costa del mar del Norte, en la prefectura de Hyogo.

Una de las principales celebraciones budistas tiene lugar el día en que se conmemora la iluminación del príncipe Gotama (cuando se convirtió en un buda, en un ser despierto), concretamente el octavo día del decimosegundo y último mes lunar. Las implicaciones cósmicas de estas fechas son las mismas que dan soporte a que el día de la natividad de Jesús se celebre el veinticinco de diciembre. El solsticio de invierno marca el punto de inflexión del ciclo del sol, cuando detiene su caída y comienza a escalar de nuevo por el horizonte. El solsticio de invierno es motivo de celebración luminosa en la mayoría de las civilizaciones porque, en las entrañas del mortecino invierno, el sol ya anuncia la llegada de otra primavera.

La modernización de Japón durante el periodo Meiji conllevó el abandono del calendario lunar en favor del solar, lo que supuso que la festividad de la iluminación de Buda se fijase en la fecha del ocho de diciembre. En los templos budistas es frecuente que la semana que culmina en tal día tenga lugar un retiro de meditación. Ese año llegaría en bici a Antaiji para participar en el retiro más importante del año.

Una vez presentada mi dimisión, disponía de unas pocas semanas para decidir qué hacer con mi vida, aunque solo necesité el tiempo que me llevó tomarme una taza de sencha (té verde japonés). Sería un peregrino a tiempo completo.

Con la llegada de noviembre (año 2002) saldría a recorrer Japón en bicicleta. Durante las semanas anteriores a mi partida traté de deshacerme de todas mis pertenencias hasta quedarme con lo imprescindible. Lo más valioso eran los libros, en especial los sutras, como el de la Guirnalda Floral (una docena de tomos), más conocido por su nombre en sánscrito, Avatamsaka, y que doné al templo de Kioto reminiscencia del de Antaiji, frecuentado por extranjeros deseosos de saborear el Zen en Japón.

El capítulo final de este Sutra —un libro en sí mismo llamado Gandavyuha— es una de las lecturas más fantásticas que jamás haya leído, y en él se relatan las aventuras de un joven peregrino llamado Sudhana en su búsqueda de la sabiduría a través de sus encuentros con maestros de lo más variopinto: monjes y monjas, un capitán de barco, una prostituta, unos amantes, ascetas, espíritus, bodisatvas, seres terroríficos, y así hasta cincuenta y tres encuentros. El peregrinaje culmina con el primero de los maestros, el bodisatva Manjushri, el de la sabiduría, quién certifica su despertar y le conmina a visitar todavía un último maestro: el bodisatva Samantabhadra, el de la acción.

El otro gran sutra, el Sutra del Loto, se lo regalé a un buen amigo portugués que conocí en la Universidad de Nagoya (un abrazo Artur), un ingeniero más interesado por lo espiritual que por los chips de silicio. La particularidad del Sutra del Loto es la presencia de numerosas parábolas, algunas idénticas a las relatadas por Jesús, como por ejemplo la del hijo pródigo.

La lectura de esos Sutras fue una de las principales fuentes de inspiración para que decidiese abandonar mi trabajo, y así para poder viajar sin prisa por el mundo.

Observar los mecanismos de una sociedad tan compleja y rebosante de infinitas sutilezas como la japonesa me resultaba fascinante, y fue una de las razones que me incitó a estudiar con diligencia su idioma, difícil donde los haya. Sus construcciones gramaticales con el verbo siempre al final, como guardando el triunfo para la última baza, sus elaboradas variaciones en función del grado de formalidad conveniente a cada situación y una escritura que combina dos alfabetos silábicos con caracteres chinos son algunos de los escollos que aguardan a los incautos que, como yo, se adentran en tales aguas. No obstante, el esfuerzo lo daría por bien empleado cuando constaté la libertad que me proporcionaba a la hora de viajar y, sobre todo, por esas sencillas conversaciones que podía entablar con los lugareños. Especialmente memorables fueron las visitas a la casa familiar de mi amigo Sogo, cuyos padres, al igual que los míos, eran maestros de escuela y tuvieron tres hijos varones de aproximadamente la misma edad. A pesar de los condicionamientos culturales, la atmósfera familiar resultaba sorprendentemente similar.

Las frecuentes cenas y excursiones de todos los componentes del departamento también resultaron ser experiencias enriquecedoras. Sabedores de mi vegetarianismo, dondequiera que íbamos siempre habían encargado con antelación mi propio menú y abundante té en sustitución de su más abundante cerveza y sake. Descubriría también el karaoke, que mucho más que una diversión, en Japón es una válvula de escape a la oprimida libertad de manifestación y creatividad, un momento donde las invisibles barreras sociales se difuminan y hasta el sensei deja de ser poco menos que un dios inaccesible a los estudiantes.

Las cenas familiares en casa de los colegas coreanos me descubrieron el orgullo herido de un pueblo al que le cuesta perdonar los desmanes históricos de su poderoso vecino. Me acordé de mi abuela, quien nunca salió de España y dudo conociese a ningún francés, y sin embargo sentía una indisimulada antipatía hacia ellos, pues en los filandones de frías noches leonesas algunas historias todavía recordaban las tropelías napoleónicas por aquellas regiones durante el asedio de Astorga, ¡nada menos que en el año 1810!

El té de los miércoles con las secretarias del departamento me dio la oportunidad de conocer un mundo sin tanta testosterona como el científico, pues en los departamentos de ingeniería japoneses prácticamente la única presencia femenina son las secretarias. Con una de ellas tuve la fortuna de conocer la famosa Ceremonia del Té, en la cual se combina un asunto tan cotidiano como la preparación de una taza de té con la estética dramática del Noo y la filosofía trascendental del Zen. Todo un prodigio. Gracias a otra de las secretarias, perteneciente a una de las familias más antiguas de Nagoya, pude observar los ceremoniales de la escuela budista denominada Tierra Pura. Su padre era un clérigo perteneciente a una saga que se remontaba ininterrumpidamente cuatrocientos años atrás hasta un ancestro samurái, quien, arrepentido de tantas muertes infligidas en el desempeño de su trabajo, abandonó las armas y construyó un templo en el que viviría el resto de sus días entregado a la meditación.

Una secretaria de la Universidad de Nagoya donde trabajaba, conocedora de mi interés en la meditación, me proporcionó una cita con un monje Zen llamado Sushoku, discípulo de Uchiyama Roshi, que vivía en algún punto de la montañosa región que se extiende entre Kioto y Nara. El monasterio ejemplificaba a la perfección el concepto wabi-sabi, bello en su imperfección y rústica sencillez.

Así fue cómo, durante los tres años que viví en Japón, acudiría todos los meses a un retiro (sesshin) de tres días de duración a meditar cara a la pared, hora tras hora, en compañía de un puñado de gente con inquietudes espirituales similares (yo era el único gaikokujin, extranjero).

Ya desde el primer retiro, Sushoku Roshi me dejó claro que no aceptaba mi dinero, así que siempre subía a la montaña con algo de arroz, fruta y té verde, aunque todo el oro de las Médulas no hubiese sido suficiente para pagar su generosidad y silenciosas enseñanzas.

Las cuatro estaciones estampaban en la naturaleza un carácter que transpiraba a través de cada uno de los retiros. Las brillantes nieves de los meses invernales, las fragantes flores de los árboles frutales en primavera, el estridente canto de las cigarras en verano, o las estrelladas noches de otoño, todas tenían su particular encanto e inducían a particulares estados de meditación.

El retiro transcurría en silencio, sin más sonidos que las pisadas sobre el suelo de viejo tatami y la convivencia en medio de la austera formalidad de una práctica importada del continente, macerada durante siglos con las especias propias de las islas.

La noche anterior y la noche del día de la finalización del retiro, todos pasábamos por el ofuro, un baño caliente en una pota de hierro con capacidad para una persona, calentada en su base con lumbre de leña de pino (a nadie le hubiese extrañado ver a su alrededor un grupo de caníbales de puntiagudos dientes).

Para las comidas disponíamos de tres cuencos en orden decreciente de tamaño para el arroz, las verduras y los rábanos en conserva. Esto último, más delicioso de lo que su fonética española insinúa, se sirve cortado en rodajas y resulta de gran ayuda a la hora de rebañar los cuencos con un poco de agua. Finalmente, los cuencos se secan con un trapo y se apilan, mientras que el trapo y los palillos se colocan encima. En la parte más espectacular de la operación, el set se ata con un pañuelo mediante un movimiento que requiere cierta práctica, y así, sin fregaos de por medio, todo queda listo para el siguiente viático.

A la finalización del retiro, los participantes descendíamos de la montaña en grupo, con el tiempo justo para tomar la furgoneta que salía del pueblo situado en el valle hacia otro pueblo más grande, donde a su vez tomaríamos un autobús hasta la estación de tren de Uji, ciudad conocida en todo Japón por su templo Byodoin, de una belleza y armonía estética insuperables. Uji también es famosa por su té verde (a lo que yo añadiría sus dulces de pasta de haba roja y arroz, comentario muy imparcial habida cuenta de lo bien que sabe todo después de un retiro).

Desde Uji, tomaríamos un tren de cercanías hasta la ultramoderna estación de Kioto (espectacular en cualquier otra ciudad de Japón aparte de Kioto, cuya atmósfera invita a construcciones más tradicionales), desde donde cada uno partía hacia su destino final.

El progresivo descenso desde las prístinas montañas hasta las orbes más populosas del país tenía un sabor agridulce, porque, por un lado, el viaje me daba la oportunidad de charlar con mis silenciosos compañeros: un profesor de alemán retirado, un bailarín profesional, un hombre de negocios, un monje del renombrado templo Antaiji, y una chica cuya voz sonaba a veces dulcísima y a veces rayana con una ñoñería empalagosa. Pero, por otro lado, conforme la naturaleza iba quedando atrás y me sumergía más y más en la civilización, los ruidos, las luces de neón y las caras de las gentes en los transportes colectivos me devolvían a una realidad que se parecía más a un sueño, desgraciadamente malo.

Una mente bien entrenada desarrolla una actitud ética no por imposición, adoctrinamiento o temor supersticioso, sino como una consecuencia natural de ver las cosas tal y como son, es decir, con profundo conocimiento de los mecanismos causales que operan en la totalidad de las estructuras de la vida. La conducta derivada de tal sabiduría reconduce la vida hacia la eliminación del sufrimiento.

La importancia de cultivar la dimensión ética de nuestra personalidad para avanzar con fundamento en nuestra práctica debe ser enfatizada. Cualquier acción mediante el cuerpo, la palabra o incluso la intención mental que introducimos en el tejido del universo traerá de vuelta una respuesta equivalente cuando las condiciones sean las adecuadas.

Esta simple regla de causa y efecto –popularmente conocida como karma– debe ser tenida muy en cuenta si no queremos ser abrumados por todo tipo de dificultades, tanto externas como internas, que afecten a nuestra salud física y mental. El camino de la practica espiritual ya es bastante difícil en sí mismo como para que además lo carguemos con problemas adicionales causados por lidiar inadecuadamente con el karma.

El despertar o la iluminación no significa la eliminación completa del karma, sino la comprensión profunda de su funcionamiento y la actuación consecuente.

Nuestra historia reciente sobre la enseñanza de la meditación en occidente ya nos ha dejado episodios muy reveladores de cómo esta debería ser, o al menos cómo no debería serlo. En los años 60 y 70, muchos occidentales utilizaron los escritos sobre el Zen de D. T. Suzuki para justificar una forma de vida diametralmente opuesta a la que en realidad proponía este sabio. Al explicar cómo “desinstalar” el ego, Suzuki dio por sentado que el Tao (en chino, Camino; en daoísmo el Tao representa el orden y fluir armónico de todas las cosas y fenómenos) se manifestaría, mientras que lo que se produjo fue la afirmación sin inhibiciones de los instintos más elementales.

La escuela de meditación Zen da por supuesto que uno debe haber adoptado un modelo de vida ético y que ha de estar versado en la sabiduría de los textos sagrados. Este supuesto podría haber estado presente en la élite social de algunas sociedades orientales, pero no necesariamente en las occidentales. Por lo tanto, cualquier enseñanza responsable sobre la meditación debe incluir a la ética como un aspecto integral de la práctica.

La generación de pensamientos positivos es un tema que ha ganado gran popularidad en las últimas décadas, sin embargo, es una antigua técnica espiritual, bien conocida. Una intención de alcance global y holístico es lo que marca la principal diferencia entre un enfoque espiritual genuino y otro más centrado en uno mismo, propio de la mayoría de los métodos modernos de motivación, cuyo objetivo suele ser formulado en términos de refuerzo y crecimiento de la personalidad del individuo.

Esta promoción y fortalecimiento del yo es también uno de los principales objetivos de la psicoterapia moderna. No hay nada malo en este enfoque cuando está dirigido a enfermos mentales o personas que atraviesan por periodos de su vida donde una falta de autoestima o la apatía les puede llevar a la depresión. Sin embargo, conviene señalar que, al margen de esos casos, ese enfoque es limitado para potenciar el crecimiento real del individuo ya que carece de una dimensión espiritual genuina.

Por tanto, una mente auténticamente positiva debe impregnarse con pensamientos sanos que promuevan la felicidad, la alegría, la salud y prevean un resultado positivo a cada situación y acción. Pero, y este es el quid de la cuestión, no solo para ellos mismos sino para todos los seres.

Un día primaveral del año 1998 en Berkeley, recibí una petición de una amiga de España en el desempeño de la cual ocurriría algo muy especial. Viviendo en Asturias, a ella le resultaba difícil satisfacer su afición por la literatura Zen, por lo que me pidió que por favor le enviase algunos libros de un autor llamado D. T. Suzuki.

Me encaminé hacia la calle Telegraph, único vestigio de la cultura hippie que tapizó notoriamente Berkeley a finales de los sesenta, entré en una de las tiendas de libros usados que llevaba por nombre Shambala y me dirigí hacia la sección de libros Zen. Mis incursiones previas en la literatura Zen siempre me habían resultado frustrantes, particularmente los diálogos para besugos entre discípulos y maestros, así que, resuelto a no perder más tiempo del estrictamente necesario, arramblé con todos los libros que había del tal Suzuki, unos ocho o nueve. Cuando llegué a casa y me dispuse a prepararlos para su envío, me llevé la sorpresa, desagradable, de ver un mismo libro dos veces. En mi atolondramiento por acabar con el asunto zen lo antes posible, había comprado dos volúmenes del mismo título: Zen Buddhism, asunto que me incomodó porque no suelo cometer ese tipo de despistes. Obviamente, uno de ellos se quedó descansando sobre mi mesita mientras los demás se abrigaban con papel de estraza, preparándose para su viaje transoceánico.

Nunca invertí mejor tres dólares con cincuenta centavos que en la compra involuntaria de aquel pequeño libro. No lo cerré hasta terminar por completo su lectura, solo perturbada por el “ploc” de lágrimas que, ajenas a mi conocimiento, se desprendían de mis ojos, golpeando sus hojas. A la mañana siguiente, casi sin haber dormido, me planté frente a la misma librería esperando a que abriesen las puertas para comprar otro libro, esta vez The Three Pillars of Zen de un canadiense llamado Philip Kapleau.

El mensaje encerrado en la botella que había arrojado simbólicamente a la bahía hacía unas semanas solicitando ayuda había sido escuchado y ahora recibía cumplida contestación a través de esos libros.

El horizonte de mi vida se extendía de modo ilusionante gracias a una nueva vía que sugería que la respuesta al misterio de la existencia se encontraba no tanto en los objetos a investigar como en el sujeto que investiga. Los libros Zen indicaban que hemos de investigar nuestra herramienta de investigación: la mente.

El funcionamiento del cerebro ha sido objeto de numerosísimos estudios científicos sin que exista un consenso sobre cuál es su grado de involucramiento con la mente o con eso que denominamos ambiguamente consciencia. Intuitivamente, supongo que debido a mi conocimiento del funcionamiento científico, supe que el estudio del cerebro no era la manera de conocer mi mente. El Zen indicaba que hay que investigar la mente con la mente, pero no mediante auto-psicoanálisis sino mediante meditación.

El objetivo del maestro Zen es contestar de modo tal que el discípulo aparque su raciocinio y dé un salto al mundo del “razonamiento no-lógico”, más intuitivo, más allá de las restricciones de la lógica cartesiana. Las respuestas de los maestros Zen han de ser, en consecuencia, ¡inconsecuentes!

Las conversaciones de besugos ya no me lo parecían tanto porque estaba convencido de haber empezando a entender el quid del asunto, convirtiéndome en uno… no en el uno “unidad no dual”, sino en un besugo.

En el mes de junio del año 2003 realicé un peregrinaje en bici alrededor de la isla japonesa de Shikoku, la cuarta en extensión del archipiélago.

En el siglo VIII, el monje Kobo Daishi diseñó un peregrinaje alrededor de sus costas convirtiéndola así en un mandala de enormes dimensiones sobre la cual el peregrino ha de engarzar ochenta y ocho templos con aproximadamente mil doscientos kilómetros de hilo invisible. El nombre asociado a cada una de las cuatro prefecturas de la isla (Shikoku significa “cuatro países”) indica el tipo de transformación espiritual a la que el peregrino va a ser sometido: preparación, adiestramiento, iluminación y nirvana.

Fue, sin duda, una “aventura espiritual” diseñada por alguien capaz de correlacionar la topografía de aquella isla especial con la topografía más sutil de la mente humana, y de hacerlo mediante un proceso catalizador de mecanismos muy profundos de transformación espiritual.

Muchas fueron las anécdotas acontecidas; la siguiente fue una de ellas.

Cierto día lluvioso de una de las etapas más solitarias, se me ocurrió echar los cuernos del manillar de la bici hacia delante para conseguir una posición más aerodinámica. El aumento de la velocidad fue inmediato y considerable. Noté como las pulsaciones se aceleraban progresivamente, la boca se abría para inhalar más aire en perfecta coordinación con el esfuerzo, mi vista se fijó en la carretera desierta y mis pensamientos cesaron. En ese momento, en lugar de sentir cansancio, y a pesar de estar rindiendo a una elevada prestación, mi mente permanecía en absoluta calma.

Tal era mi concentración que, cuando levanté la vista, ya era de noche y no tenía ni idea de dónde me hallaba. Paré para preguntar en la casa de un pueblo costero cuánto faltaba para el templo al que me dirigía. El señor que me abrió la puerta me indicó entre risas: “¡Te lo has pasado!” Entonces, el cansancio me sobrevino de repente. La combinación de haber dejado de pedalear y la mojadura que llevaba encima me provocaron una gran tiritona. Mientras me alejaba, el señor dijo: “¡Espera! Mi hermana tiene un ryokan (hostal tradicional de estilo japonés) justo en la base de la carretera que conduce a la montaña donde está el templo. Si quieres, te puedo llevar en coche”. No podía creer mi suerte. Dejamos la bici en su jardín y salimos hacia el ryokan, el cual resultó especialmente agradable y barato. Después de muchos kilómetros bajo la lluvia, agradecí el imprevisto ofuro (baño comunal en agua muy caliente) y el tatami de la habitación. Tras el reparador sueño y la meditación de cada mañana, salí para visitar el templo; luego regresé caminando hasta la casa donde había dejado la bici la noche anterior. En la cesta de mi bici había un taper lleno de arroz y una nota que decía: “Arroz vegetariano. Ánimo peregrino”.

Seguro que todos hemos experimentado situaciones en las que estamos tan absortos en lo que hacemos que nos olvidamos de todo lo demás. En aquellos de naturaleza más intelectual, esta experiencia puede ocurrir mientras estudiamos o tratamos de resolver un problema de cálculo; en las personas más inclinadas al ejercicio físico, estos “estados pico” de elevada concentración pueden surgir -como en el caso que he mencionado- durante un esfuerzo físico prolongado. También pueden darse cocinando, reparando un trasto, pintando, tocando un instrumento, rezando, etc.

¿Podemos definir a ese estado elevado de concentración mental como meditación? No. La mente concentrada durante una actividad no equivale a la mente concentrada durante una “inactividad”. Es cierto que las técnicas de meditación basadas en la concentración utilizan un elemento, como la respiración o una imagen mental o un mantra, para lograr aquietarse, lo que sería similar al caso de una mente aquietada por estar focalizada en una actividad. Sin embargo, ese logro es sólo preliminar; es a partir de esa mente aquietada cuando podemos empezar a hablar de meditación. En ese estado preliminar, la mente necesita algo a lo que agarrarse y por lo tanto es un estado que depende de un “elemento externo”. No obstante, esas experiencias nos resultan siempre especialmente agradables porque nos permiten vislumbrar la existencia de un estado mucho más centrado, eficiente y libre de preocupaciones del que usualmente experimentamos.

Cuando aprendemos a mantener esa misma mente, sin necesidad de un elemento externo, y en todo tipo de situaciones, incluso charlando, entonces podemos hablar de verdadero samadhi o poder mental.

La meditación practicada en inmovilidad sirve para entrenar esta capacidad porque lo único que sucede, y no es poco, es nuestra actividad mental. El objetivo es aprender a concentrarse trascendiendo toda actividad, incluso la mental en reposo. ¿Imposible? Eso parece al principio; pero, poco a poco, nos vamos dando cuenta de que ese es el único camino de vuelta hacia nuestra propia naturaleza, que es pura, tranquila, luminosa e imperturbable ante el incesante ruido de nuestras mentes y los estímulos que nos rodean, todo lo cual queda reducido a un rumor, como electricidad estática… como un sueño.

Lejos de convertirnos en bloques de hielo, entonces, nos convertimos en seres realmente efectivos, funcionando con sabiduría en lugar de inteligencia; llenos de empatía por todo lo que nos rodea, porque ahora somos más conscientes de nuestro sufrimiento y del de los demás, que no es en nada diferente al de uno mismo.

La palabra meditación se utiliza para describir aquellas prácticas que conllevan la autorregulación del cuerpo y la mente mediante la manipulación intencionada de mecanismos específicos que potencian la atención.

Teniendo en cuenta que la regulación de la atención es el denominador común de los diferentes métodos de meditación, podemos clasificarlos en dos grandes grupos: “desapego” y “concentración”. La mayoría de las técnicas de meditación se ubican entre los polos de estos dos métodos generales.

Las prácticas de desapego, también conocidas como “contemplación profunda” (sct., vipasyana; pali, vipassana), permiten que los pensamientos, sentimientos y sensaciones surjan mientras la mente que procesa estos fenómenos adopta una función pasiva de mera observadora, atenta pero desapegada, sin proceder a juicios o análisis de ningún tipo. Los dos ejemplos tradicionales de este tipo de meditación son el Zen (en chino, Chan) y Vipassana.

Las prácticas de concentración, también conocidas como “quedarse en calma” (sct., samatha), tratan de que la mente se centre o focalice sobre un objeto o actividad específica, como puede ser la repetición de un sonido (por ejemplo, un mantra), la visualización de una imagen o contar respiraciones.

Las prácticas de desapego requieren el mantenimiento de la atención en un estado receptivo, mientras que las de concentración requieren la focalización de la atención. Sin embargo, en muchos casos, resulta difícil clasificar una determinada práctica como puramente de desapego o de concentración, puesto que las dos se superponen en su enfoque hacia la misma meta: el desarrollo de una nueva perspectiva, la de un observador que trasciende su contenido mental.

Así, en las de desapego es necesario también concentrarse para logar un estado mental que no entre a juzgar ni la información sensorial ni sus consecuencias mentales, de modo que pueda aparecer un meta-cognición que simplemente se limita a ser testigo de los contenidos de la mente. Y en las prácticas de concentración es necesario desapegarse de los pensamientos y sensaciones que surgen mediante una constante redirección de la atención hacia el objeto o tópico específico elegido. Por lo tanto, aunque los métodos utilizados para regular la atención difieren en sus prácticas, los resultados son similares, pues ambos suscitan una experiencia equivalente: la expansión de la idea de uno mismo, que pasa a no estar limitada al cuerpo y sus contenidos mentales.

CM (Círculo de Meditación) se puede definir como una nueva metodología de meditación que integra en una sola práctica diferentes disciplinas tradicionales procedentes en su mayoría del budismo. CM está diseñada para poner la meditación al alcance de todos, siendo su adaptabilidad y su postura no sectaria sus características más distintivas.

Todos aquellos, independientemente de que posean o no experiencia previa de meditación, a quienes les gustaría reforzar la dimensión espiritual de sus vidas y entrar en contacto con su sabiduría y compasión innatas, encontrarán en CM una herramienta extraordinaria.

CM entiende la meditación no solo como algo relativo a la mente, por ello adopta un enfoque holístico que involucra a  la mente y al cuerpo en quietud y en movimiento. Además, las dos principales técnicas de meditación, concentración y desapego, se ensamblan en un equilibrio que progresa de forma dinámica a lo largo del período de práctica formal.

CM hace frente a los principales problemas encontrados en todas las técnicas contemplativas: distracción, una abrumadora presencia de pensamientos y somnolencia. A través de un diseño que llama la atención del meditador a intervalos regulares de tiempo (cada cinco minutos), la capacidad de focalización mental se ve reforzada.

Además, su diseño pretende borrar la distinción entre una meditación formal durante la práctica en sí y el resto de las actividades diarias. Para ello, CM trata de inculcar una mayor capacidad de atención a lo particular dentro de un marco global de respeto a la vida en todas sus manifestaciones.

CM ha sido empíricamente probada y ajustada en función de los resultados. Las respuestas iniciales de los participantes han sido muy positivas, sin embargo, todavía está por ver si esta novedosa semilla conseguirá florecer.

La meditación CM de media hora está especialmente diseñada para los principiantes, y la ofrezco en la página meditación CM. A quienes les gustaría saber algo más sobre el fundamento teórico que sustenta su diseño, o practicar la versión avanzada de una hora de duración, podéis hacerlo comprando el libro Círculo de Meditación.

Sinceramente creo que se necesita introducir la meditación tradicional en la sociedad si de verdad queremos corregir su curso hacia auténticas formas de sabiduría y felicidad. Después de mucho “meditar”, creo que esta es la mejor manera, si no la única,  de sobrevivir espiritualmente en medio del torbellino consumista, egoísta y miope en el que estamos inmersos.

mela_cover

bookcoverimage_viaje-cero

Marineros de piedra


"Un libro extraordinario que revoluciona la historia".
-Gavin Menzies, autor de 1421 y The Lost Empire of Atlantis

Entradas recientes