Aguardaba con ilusión los nuevos lugares, paisajes, encuentros, desencuentros, y esa mezcla de aventura y búsqueda espiritual que hacían especial aquellos peregrinajes de fin de semana por la península de Chita (Japón).

Sin embargo, el hecho de tener que regresar a casa la noche de los sábados y reiniciar la caminata los domingos por la mañana, de alguna manera, desvirtuaba la pureza del peregrinaje. La solución de reposar en algún hotel local tampoco me pareció la más idónea (además de suponer un gasto nada desdeñable). El auténtico peregrino debe de pasar la noche en el camino, pensé.

La idea me convenció, aunque decidí probarla antes cerca de casa, concretamente en el parque con los templos donde “desenterré” a Kobo Daishi. Al anochecer, allá que me fui. Tras merodear tratando de encontrar un lugar lo suficientemente resguardado, acabé acurrucado al lado del templo dedicado al buda Dainichi (en japonés literalmente “Gran Sol”), que corresponde al buda que simboliza a la matriz universal (la foto es la del lugar).

No elegí ese templo por su simbolismo sino por su emplazamiento, aunque ahora, al escribir sobre ello, me doy cuenta del poder simbólico de mi fortuita elección: ese día reconocía al universo como morada última.

Pasé un frío atroz, y cada pequeño ruido me despertaba con la angustia de encontrarme con un monstruo, un fantasma o un asesino. Amaneció, y sin embargo seguía con vida. La experiencia resultó ambivalente, aunque lo suficientemente positiva como para que me decidiera a probarla durante el peregrinaje. Me compré un sencillo saco de dormir y un aislante, y, más enmochilado que de costumbre, continué con mis andanzas.

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