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Photo by AFP/Getty Images

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Al igual que ya ocurriese en Darjeeling, el monasterio de Rumtek se preparaba para una celebración especial denominada Kalachakra (rueda del tiempo), centrada en la correspondencia entre los ciclos cósmicos y los humanos, entre lo externo y lo interno.

Un mandala de finas arenas coloreadas orientado con los cuatro puntos cardinales presidía el templo. Los cánticos de los monjes se alternaban con música “extraterrestre” salida de trompetas, caracolas, tambores, platillos y pequeñas campanas.

De vez en cuando había interludios en los que todos recibíamos una taza de té de leche de yak, dulce por las mañanas y salado por las tardes.

A los niños (vestidos con hábitos monásticos) las horas de ceremonia se les hacían pesadísimas, y no era infrecuente verlos tirándose arroz, jugando con sus hábitos o simplemente muertos de aburrimiento.

Uno de ellos, ya no tan niño, se acercó un día y nos dijo en un inglés rudimentario: “Mañana la ceremonia empieza una hora antes”. Cuando nos plantamos a las puertas del monasterio a las cuatro de la mañana, hasta los guardias estaban dormidos. Más tarde, al recriminarle al niño la broma, éste se moría de la risa. Pronto todo el mundo sabía que los niños nos habían gastado la broma del la “rueda del tiempo” y se partían de risa al vernos.

Aparte de la cuestionable gracia del asunto, los tibetanos son la gente más risueña que he conocido, lo que no debe ser confundido con el sentido del humor, y para muestra un botón.

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rumtek-monastery (photo by Wanphai Nongrum)

rumtek-monastery (photo by Wanphai Nongrum)

Las señas de identidad de Sikkim están asociadas a la figura del místico Padmasambhava, más conocido como Guru Rimpoche (literalmente “Apreciado Maestro”). Este extraordinario personaje propagó por toda la región himalaíca la versión más esotérica del budismo, allá por el siglo VIII, curiosamente coetáneo del gran místico japonés Kobo Daishi.

Al igual que Kobo Daishi en Japón, Guru Rimpoche es reverenciado en Sikkim como un gran santo. La presencia de monasterios budistas en esta región —reforzada recientemente por el trágico éxodo de tibetanos— viene por lo tanto de muy antiguo. Uno de dichos monasterios es Rumtek, a pocos kilómetros de Gangtok (la capital de Sikkim), y residencia oficial del “otro” Karmapa. Lamentablemente, a este Karmapa no lo pudimos conocer por encontrarse de viaje.

Los guardias armados apostados en torretas, y el letrero con la prohibición de acceder al templo portando armas de fuego, nos resultaron sumamente inapropiados para un monasterio. Sin embargo, la confluencia de la tensión entre los gobiernos indio y chino sobre asuntos relativos a asilos políticos, aunada a la del cisma producido por la aparición de dos candidaturas a Karmapa, en cuya controversia subyacen feas implicaciones económicas y políticas, explican las medidas de seguridad.

Una vez superada la primera impresión, Rumtek resulta acogedor, y los numerosos niños monje correteando por sus amplios patios y terrazas consiguen que uno se olvide enseguida de los turbios asuntos de los adultos.

Uno de los niños poseía un rasgo facial considerado muy auspicioso, que hasta entonces yo interpretaba metafóricamente: un largo penacho blanco natural en el entrecejo. Lástima de cámara de fotos, pensé.

sikkim-tourist-places-gangtok-marketTras el multitudinario recibimiento de los niños de Gangtok, mi amigo continuó ascendiendo hacia lo alto de la ciudad. En cambio yo preferí quedarme apostado en un repecho, como un francotirador a la espera de la comitiva presidencial.

Cuando la cruz de la mirilla de mi corazón se centró sobre la limusina, apreté el gatillo. Una bala invisible impactó de lleno en su objetivo, sólo que, en lugar de plomo mortal, el proyectil se componía a partes iguales de compasión y justicia.

Unos días más tade, el presidente de la India se reuniría con el de China para declarar abierta la frontera de Sikkim, ¡cerrada desde hacía más de cuarenta años! Curiosa coincidencia.

Romanticismos aparte, dicho gesto político era la triste rúbrica con la que reconocían un Tíbet chino y un Sikkim indio.

 

Una seria avería en la moto trastocó los planes en lo concerniente al modo de transporte.  La dejamos en un taller de Kalimpong, y abordamos uno de los jeeps que cubren el trayecto a Gangtok, la capital de Sikkim.

La estrechez de la carretera, los precipicios, y la velocidad del jeep son factores cada uno de ellos —cuánto más los tres juntos— lo suficientemente temibles como para causar en el débil de espíritu cierta congoja. Pero lo peor es que pueden impedirle a uno el disfrute de la belleza natural del sureste de Sikkim, una curiosa mezcla entre exótica jungla bengalí y rugosa topografía himalaíca.

Gangtok posee esa indefinible atmósfera de todas las capitales de provincias del mundo, a las que se acude para mercadear y hacer pequeñas gestiones.

Coincidiendo con nuestra llegada se produjo también la del primer ministro de la India (A.B. Vajpayee, el 13 de abril del 2003), quien visitaba oficialmente Sikkim por primera vez, todo un acontecimiento para el cual las calles estaban engalanadas con flores y banderas. A la mañana siguiente, al salir del hostal para visitar la ciudad, nos encontramos con todos los niños de las escuelas, banderitas en mano, flanqueando la única calle principal que ascendía hacia la zona alta de la ciudad.

Al ver a los dos “grandullones” occidentales, unos pocos niños —los más sandungueros— comenzaron a saludarnos gritando: “¡Namaste, namaste!”. Lo que comenzó siendo una gracia de unos pocos niños aburridos por la espera, acabó transformado en el ensayo general del que sería el recibimiento del primer ministro, con el griterío propio de miles de niños deseosos de estrecharnos la mano. Cuando nos desviamos de la ruta que conducía al palacio presidencial, los dos estábamos conmovidos.

La decisión de sacar a los niños de las escuelas para dar un caluroso recibimiento al mandatario de una nación era una evidente maniobra política. Los sikkineses fueron los últimos en unirse a la India, incapaces de continuar manteniendo su neutralidad entre los dos abusones del “barrio”: India y China, echándose un pulso con sus codos sobre Sikkim.

17th_1Nos adentramos en moto en el misterioso reino de Sikkim, entre nombres de lo más evocador: Tíbet, India, Nepal, Bhután.

Paramos en Kalimpong, una ciudad situada a una cota inferior que Darjeeling, con una de las mejores climatologías de la región.

Allí conocimos a un francés dicharachero y bon vivant, retirado de la “civilización” para vivir como un marqués por el mismo precio que en Francia sobreviviría como un don nadie (dixit).

A través de él conocimos a una señora tibetana que nos invitó a un té en su casa, decorada con el barroquismo de un Gompa. Se consideraba seguidora del Karmapa, el líder de una de las cuatro escuelas principales del budismo tibetano, la Karma Kagyu.

Antes de morir, el Karmapa da pistas para que el niño en el que se va a reencarnar sea encontrado de nuevo. Sucede igual con los Dalais Lamas, si bien el linaje de los Karmapas es incluso más antiguo.

Desgraciadamente, la escuela Karma Kagyu se encuentra sumida en una sórdida controversia, pues hay dos monjes que afirman ser el decimoséptimo Karmapa. Uno de ellos reside en un templo de Kalimpong, y allí nos dirigimos, con la esperanza de conocerlo.

Compramos los imprescindibles katas, unos fulares de raso blanco o marfileño que se suelen ofrecer como muestra de respeto y solicitamos audiencia. Un monje tibetano con modales occidentales nos informó de que el Karmapa nos recibiría enseguida.

Al poco fuimos conducidos hasta una sala donde tuvimos la oportunidad de conocer y charlar cordialmente con Trinley Thaye Dorje, un encantador joven de unos veinte años, con buen dominio del inglés y no falto de carisma. Fuese el verdadero Karmapa o no, durante esos minutos me pareció irrelevante.

Dali Gompa es uno de los templos más grandes de Darjeeling, por ser el “cuartel general” de la rama budista del Dragón (Drukpa Kagyu en tibetano). Resultó que el día de nuestra llegada se habían congregado en él numerosos monjes para participar en un gran ceremonial de una semana de duración. Pregunté si podía participar y alojarme en el monasterio, y los monjes accedieron con la típica amabilidad y hospitalidad tibetanas. Cuando se lo comenté a mi amigo el motero, decidió participar también.

Así fue como pasamos toda esa semana alojados en el monasterio, meditando en un rincón del templo mientras los monjes  entonaban sus salmodias, cambiaban los gorros en función del texto que recitaban, y creaban una música extrañísima con sus voces e instrumentos.

Un grato descubrimiento sobre los monasterios tibetanos fue el hecho de que, durante las celebraciones especiales como esa, la comida que sirven es siempre vegetariana: arroz con vegetales, fruta y té.

A la conclusión de la semana de ceremoniales, cientos de personas acudieron desde todos los rincones de aquellas montañas para recibir las bendiciones de tan auspiciosa ocasión. Y nosotros, como ellos, también nos atamos al cuello un cordelito rojo bendecido.

Nos despedimos y regresamos al centro de Darjeeling entre la admiración de los niños-monje, más interesados en ver y tocar la motaza de mi amigo que en recibir otra bendición más.

Nos sentamos en una terraza para sorber una taza del famoso té local, cultivado en las laderas de aquellas montañas, y para planear la siguiente aventura.

—¿Qué sabes de Sikkim? —preguntó mi amigo.

—No mucho —contesté.

Antes de acabar el té ya habíamos decidido que nos internaríamos en el misterioso reino de Sikkim.

Tras un reparador sueño, a la mañana siguiente salimos para desayunar y comprar algo de ropa con el que combatir la frescura propia de Darjeeling. En cuanto puse el pie en la calle, e inspiré las primeras bocanadas de aire fresco, recuperé toda mi vitalidad. Parecía casi un milagro. Toda la debilidad y ligera fiebre que me habían estado acompañando desde que puse mi zapatilla naranja en Delhi desapareció por completo, y con ello recuperé el apetito, y hasta la alegría.

Darjeeling fue elegido por los colonos ingleses como el lugar donde ponerse a resguardo del rigor de las planicies. Mi milagrosa recuperación daba testigo de lo acertado de su elección. Darjeeling es uno de esos enclaves colgados en una ladera de montaña, como un Cudillero o Lastres asturianos sólo que, en lugar de precipitarse sobre el mar, lo hace sobre el vacío. Las vistas son especialmente bellas, como la que se divisa desde la colina del Tigre. La pared blanca que en la distancia se eleva, o desciende del cielo, es el Kangchenjunga, la tercera montaña más alta del mundo (tras el Everest y el K2).

Sin embargo, por muy tentadora que fuese la opción de salir de excursión por las montañas, no estaba interesado en aventuras turísticas. Tampoco en socializar con los numerosos viajeros occidentales que acuden a Darjeeling atraídos por su belleza natural. En su lugar, me dediqué a visitar los numerosos templos tibetanos —conocidos como Gompas— allí asentados tras el exilio provocado por la invasión china del Tíbet.

En cuanto llegamos a Siliguri, descargamos la moto del tren y salimos raudos hacia Darjeeling.

Darjeeling es el lugar que eligieron los colonizadores británicos para escapar del sofocante bochorno de las planicies. Se encuentra a más de dos mil metros de altitud, y a unos ochenta km de Siliguri. La sinuosa carretera se disputa las laderas de las faldas del Himalaya con la vía del conocido como “tren de juguete”, apelativo bien merecido dadas sus dimensiones.

El progresivo descenso de la temperatura conforme ascendíamos trajo consigo un problema imprevisto: yo no tenía ropa suficiente (me la habían robado en el tren, como cuento en el post anterior) y mi amigo tampoco disponía de mucha más. Paramos para abrigarnos, y mi lote consistió en un par de calcetines y un jersey. Cuando además se ocultó el sol, el frío resultaba casi insoportable.

Cerré los ojos, me relajé y entré en un estado en el que mi cuerpo se inclinaba sin esfuerzo con cada curva. La sensación de frío, aunque intensa, ya no me producía sufrimiento. Tras incontables virajes alcanzamos Darjeeling.

Desmontamos en la primera pensión que vimos, y pedimos con urgencia una habitación con ducha caliente, que resultaron ser dos cubos de agua humeante, suficientes para recobrar los signos vitales.

Se hizo de noche y me adormilé. Pero no todos los viajeros del tren dormían.

Con el ajetreo propio de llegar a una estación me desperté, y antes incluso de llevar mi mano al lugar donde había colocado mi mochila sabía que palparía tan sólo su ausencia. Salí corriendo hasta el andén por si veía a alguien escapar con ella, y hasta me acerqué a un policía para contarle lo sucedido. El gigantesco ser uniformado se limitó a contemplarme con cara de “¿de qué nido te has caído?”.

Regresé a mi asiento calmado, y hasta sonreí al imaginarme la cara del ladronzuelo al abrir la mochila: unos cuantos niquis teñidos del Holi, las dichosas zapatillas naranjas, y una pelliza sintética azul eléctrico.

Aunque inintencionadamente, mi plan original se hacía realidad. Ahora viajaría por la India sólo con una riñonera, las chanclas y lo puesto.

A woman pastes cow dung cakes on a wall as her grandson Sanju peeps from a hole in Molaya villageEl viaje en tren hacia el norte, de Patna hacia Siliguri, a través de las planicies gangéticas, no ofrecía gran variedad de paisajes. Poblados paupérrimos con las típicas construcciones de ladrillo o adobe, y fachadas con cierto parecido a la de la Casa de las Conchas de Salamanca… solamente que por allí, en lugar de conchas, utilizan tortas de boñiga de vaca, así dispuestas para su secado y posterior uso como leña.

Las vacas producen leche, combustible, fuerza motriz, calor en invierno, y más vacas. Esa puede ser la razón por la que se consideran sagradas.

Desgraciadamente, como consecuencia del extraño mecanismo por el que la inteligencia humana se bloquea ante todo aquello que toca la religión —la que sea— los entornos urbanos de la India se ven llenos de estos pobres animales “sagrados”, famélicos y presentando un riesgo evidente para la salud pública.

Miré por la ventanilla y vi a unos mozalbetes metidos en una laguna hasta la cintura, fregando con mimo a una oronda vaca. La imagen rezumaba vida. La vaca sagrada, pensé.

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Marineros de piedra


"Un libro extraordinario que revoluciona la historia".
-Gavin Menzies, autor de 1421 y The Lost Empire of Atlantis

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