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61018000Jesús nació el 25 de julio del año 7 a.C.

Dame cinco minutos y te lo explico.

Ayer me llamó mi madre a voces para que fuese a ver un programa de la tele en el que unos señores muy serios afirmaban haber dado con la verdadera fecha del nacimiento de Jesús. Contemplé aquello estupefacto. ¡No tenían ni idea!

En el desayuno de esta mañana le dije a mi madre que Jesús nació un 25, pero no de diciembre sino de julio, y tampoco del año 0 sino del año 7 antes de Cristo (entiéndase, antes del año cero del actual calendario). Luego le expuse mis razonamientos, muy sencillos cuando conocemos tres claves simbólicas, y hasta creo que la convencí, porque dejó de masticar.

Las tres claves son las siguientes:

1) Los tres reyes magos son tres luminarias, porque las luminarias siempre vienen de Oriente, es decir, se mueven por el cielo de este a oeste.

2) Los regalos que portan (oro, incienso y mirra) nos revelan qué luminarias son (de las siete posibles: el Sol, la Luna y los cinco planetas visibles). La asociación entre el oro y el Sol no necesita mayor explicación. La mirra era una sustancia utilizada para embalsamar a los muertos, por lo que ha de representar a lo complementario de la vida, del día y del Sol; es decir, la mirra simboliza la muerte, la noche y la Luna (el rey negro Baltasar). ¿Y el incienso? Mercurio, además de planeta, es un metal líquido -fluye como el incienso- capaz de amalgamar oro y plata (Sol y Luna). Así que ya hemos identificado a los tres reyes magos de Oriente: el Sol, la Luna y “amalgamando a ambos” Mercurio.

3) El nacimiento de Jesús tiene lugar en un pesebre, entre un buey y una mula. ¿Hay algo parecido en el cielo? ¡Y tanto! Existe un cúmulo estelar visible a simple vista en la constelación de Cáncer llamado el Pesebre, tal cual, situado además entre dos estrellas llamadas Asno del Norte y Asno del Sur. Así que ahora sabemos dónde situar a los tres reyes magos: en las inmediaciones de Cáncer.

Como vas a ver en la siguiente imagen del cielo de Belén, estas tres claves bastan para poder precisar la fecha del nacimiento de Jesús: el 25 de Julio del año 7 a.C.

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La asociación Sol Cultural de Santander me ha concedido el primer premio por el microrrelato ¿Cuánto por una cabeza?

Algunos de los anteriormente premiados los acabo de reunir en la colección Laureles a gogó.

¡Feliz solsticio de invierno!

contraportada-mdpEsta es la contraportada de Marineros de piedra.

La siguiente crítica de mi libro acaba de aparecer en The Megalithic Portal. A continuación incluyo su traducción al español:

Marineros de piedra asocia los principales monumentos megalíticos del Reino Unido, Francia, España y Portugal a la intención cohesionadora de una gran cultura.

Utilizando como modelo el reflejo de la bóveda celeste con sus elementos fijos y móviles, el Dr. Gómez Vega propone  y describe en detalle una tradición monárquica sucesoria regulada por un ciclo lunar que se repite cada diecinueve años.

El autor examina con gran detalle la posición y el significado de varias estrellas, constelaciones y planetas prominentes, así como del Sol y la Luna, y expone cómo estos y otros importantes factores astronómicos acabaron por plasmarse indeleblemente en una celebración sofisticada y civilizada: Rex Nemorensis (regicidio ritual).

Sobre los puntos cardinales de las islas británicas, el norte es asociado al territorio de la clase sacerdotal, el este al renacimiento de la vida, el oeste a la muerte, y el sur a una función funeraria relacionada con el submundo.

Así pues, Skara Brae, en el norte, es donde se establecieron quienes promulgaron las doctrinas religiosas. La dirección del sol naciente hacia el este señalaba consistentemente la venida de la Vida. El oeste, en particular Newgrange en Irlanda, es donde tenían lugar las inhumaciones reales, y Carnac, erigido en el sur de Bretaña e intencionadamente sobre el mismo meridiano que las islas Orcadas, es donde levantaron el gran panteón real en el que consagraron en piedras a sus venerados reyes.

El centro de este vasto escenario de tierra y agua estaba originariamente en el complejo megalítico de Avebury, con sus múltiples anillos de piedra, túmulos y avenidas. La colina próxima de Silbury Hill se levantó para señalar un elemento clave: el reflejo de Rigel, la estrella alfa de la constelación de Orión, un elemento de suma importancia dentro de la fascinante tesis propuesta.

Con el paso del tiempo detectaron desviaciones en las posiciones de las estrellas debido al avance inexorable de la precesión de los equinoccios, y, como consecuencia, se vieron en la necesidad de erigir un nuevo monumento en el que continuar sus prácticas, diseñado para acomodar el deslizamiento del calendario astronómico durante los siglos venideros. Así fue cómo Stonehenge fue finalmente erigido, incorporando con elegancia los diversos aspectos de una cultura más definida, en el que poder continuar celebrando la renovación de los reyes. En su interior se consolidaba el linaje de sangre azul mediante ritos matrimoniales propiciatorios que aseguraban la gobernación durante los siguientes diecinueve años.

A partir de las pruebas que son proporcionadas a cada paso, el lector es guiado hacia la componente marina de la tesis del libro. Se propone que alrededor de la edad de quince años, el príncipe heredero debía emprender un largo viaje iniciático a tierras lejanas donde tiempo atrás los constructores de megalitos habían establecido lazos comerciales y culturales. Hasta las islas Canarias, a través del estrecho de Gibraltar, hasta Grecia y por el norte de África hasta Egipto, los príncipes viajaban a la búsqueda de conocimientos más allá del mundo conocido.

Estimada su duración en cuatro años, los viajeros regresaban a “Hiperbórea” justo a tiempo para que los jóvenes príncipes, ahora educados y maduros, se presentasen en Stonehenge procedentes del este para emparejarse a las novias designadas, y para proceder al regicidio ritual de sus padres por medio del cual ascendían a los tronos.

Debido a la distancia de los siglos y a la catástrofe cultural que en torno al año 1628 a.C. supuso la devastadora erupción del volcán Thera de la isla Santorini en el Mar Egeo, de dicho viaje pervivirían solo ecos que acabarían por dar forma al mito de Jasón y los argonautas, así como a otros mitos y hasta a la leyenda de la Atlántida.

Uno de los aspectos más seductores del trabajo del Dr. Gómez Vega es que nunca involucra al lector en la tediosa dialéctica del “Yo tengo razón / los demás están equivocados”, tan común en las interpretaciones alternativas. El suyo es un análisis fresco de las pruebas pertinentes, algo que a menudo se echa en falta en otros trabajos. Tampoco intenta derribar el consenso establecido, sino que nos ofrece una interpretación diferente de los hechos, al tiempo que va introduciendo los nuevos datos.

Hay algunas omisiones. Por ejemplo, el henge Thornborough no es mencionado, lo que me pareció extraño ya que seguramente el famoso triple-henge de Yorkshire es un reflejo del cinturón de Orión, una constelación que desempeña un papel clave en la propuesta del Dr. Gómez Vega, así que ¿dónde está?

Hay unos pocos errores. Algunos aspectos de Stonehenge se omiten, algunas de las fases cronológicas no se abordan y se han reposicionado ligeramente uno o dos elementos con respecto a los ejes cardinales. Se ha asignado un significado a los hoyos Y y Z quizá algo forzado con respecto a la datación arqueológica. Se enumeran las piedras estacionadas del 1 al 4 en lugar de utilizar la nomenclatura Flinders Petrie de uso general, del 91 al 94. Pero no son estos errores insalvables para la hipótesis sino más bien lapsos. Ciertamente no es el caso del castillo de naipes que al fallarle una carta se viene abajo.

Aunque escrito en inglés, el idioma nativo del Dr. Gómez Vega es el español. El libro está francamente bien estructurado, si bien el lector encontrará unos pocos trabalenguas y tiempos verbales inusuales, que en ningún caso suponen un impedimento. [Lógicamente, este párrafo está referido a la versión en inglés, titulada Sailors of Stonehenge].

Quienes buscan una explicación cohesiva del mundo megalítico encontrarán en estas páginas un tesoro de información bien razonada, capaz incluso de enlazar sus partes más dispersas. Contiene también elementos poderosos que apoyarían la cada vez más defendida creencia de una realeza megalítica, y descripciones sobre los métodos con los que operaba. Para los inclinados a las asociaciones de corte astronómico, Marineros de piedra es su libro.

3,5 de 5 estrellas.

 -ND Wiseman, crítico de El Portal Megalítico (megalithic.co.uk)

8 de noviembre de 2012

Abandoné Benarés —física que no anímicamente pues esto último era imposible— en dirección al cercano enclave de Sarnath, el bosque en el que Buda explicó por primera vez su descubrimiento al grupo de cinco ascetas que se convertirían en sus primeros discípulos.

El bosque de hace dos mil quinientos años es hoy en día un parque en el que campan a sus anchas numerosos ciervos. En el lugar exacto del encuentro mencionado hay erigida una enorme estupa cilíndrica, impresionante por su “gravitas”.

El museo local posee dos piezas que en mi opinión lo convierten en uno de los más interesantes de la India, a pesar de ser también uno de los más pequeños. La primera es el capitel que remataba un pilar mandado construir por el emperador Ashoka en el siglo III a. C., con cuatro leones proyectando sus rugidos hacia los cuatro puntos cardinales, y que se convertiría en el emblema nacional de la India, visible en su bandera.

Debido a vicisitudes históricas, el budismo desapareció casi por completo de la tierra que lo vio nacer, y hoy en día la India es un país predominantemente hinduista, por lo que no deja de ser llamativo que su emblema nacional sea una escultura budista de un animal foráneo, ejemplo formidable del poder que los símolos tienen para traspasar religiones y geografías.

La otra pieza es una escultura de Buda sentado en loto completo y con el mudra (gesto de las manos) del comienzo del giro de la rueda de ocho radios del Dharma en este planeta. La destreza del artista y la finura del material empleado convierten a esta escultura en una de las más delicadas que se han tallado de Buda, capaz de traspasar al personaje histórico para capturar al arquetipo de la perfección que todos llevamos dentro.

Como lector, odio que insistan en que compre un libro, que me repitan lo que me pierdo por no hacerlo, y desconfío de los autores que se publicitan en todas partes y tienden al autobombo. Como escritor, ahora me doy cuenta de lo difícil que resulta hablar de mi libro sin caer en las mismas trampas que aborrezco.

Afortunadamente, Marineros de piedra ha recibido una crítica tan maravillosa que quiero compartirla con los lectores de este blog, porque quien la escribió no es mi madre, de hecho no la conozco personalmente, pero es alguien que se atreve a firmarla con sus credenciales (Anna Ntinti): una experta en la mitología griega clásica a punto de doctorarse con una tesis sobre la vida de Platón.

Por si no lo sabéis, Platón fue el filósofo que, en sus diálogos Crítias y Timeo, afirmó y repitió que la Atlántida existió, aunque incluso sus discípulos (Aristóteles incluido) dudaran de ello. Humildemente, creo que en Marineros de piedra demuestro que, efectivamente, Platón no mintió.

Podéis leer la crítica de la que hablo en la página de Amazón.es.

Escribir Marineros de piedra me ha llevado cuatro años, pero valió la pena.

He tenido que estudiar prehistoria, astronomía, arqueología, mitología, navegación… y el mero hecho de haber adquirido conocimientos acerca de todas estas materias ya recompensa con creces el esfuerzo invertido.

Cuando ahora contemplo un cielo estrellado o la línea del horizonte sobre los océanos -visiones idénticas a las de nuestros antepasados prehistóricos- las percibo como paisajes familiares que de alguna manera me conectan con ellos a pesar de los miles de años que nos separan.

Tras la lectura de Marineros de piedra tú también puedes compartir esa misma sensación, porque, independientemente de que estés o no de acuerdo con las teorías que en él propongo, aprenderás sobre todos estos temas sin casi darte cuenta.

Marineros de piedra se puede comprar en Amazon haciendo clic en la imagen de la foto de su portada, situada en la barra lateral de este blog.

Ayer fue un día especial, porque viví en mis carnes esos cinco minutos de fama que a todos nos llegan alguna vez en la vida.

Como ya dije en otro post anterior, a veces envío las cosillas que escribo a concursos. El ayuntamiento de un pueblo del norte de Madrid (Moralzarzal) organizó un concurso literario al que envié uno de mis cuentos. Resulta que me llamaron porque estaba entre los ocho finalistas. Nos subieron a los ocho autores a un estrado dentro de la plaza de toros (!), y con la tensión de los Oscars (salvando las distancias), una señora comenzó a abrir el sobre en el que ¡estaba mi nombre! (lo pronunció mal y por un momento no supe si se refería a mí).

Después vinieron los aplausos, la entrega del premio, un discursito, entrevista para la televisión local, ¡hasta firmas del libro! pues ya lo habían publicado.

El cuento lo titulé Un cuento de niños para adultos, y es eso, un cuento en el que hablo metafóricamente de la importancia de controlar los cinco deseos que nunca son suficientes para sentirnos satisfechos (dinero, sexo, fama, comida y dormir). La fama nos parece la más inocua de la lista, pero precisamente por eso  puede resultar la más peligrosa.

La próxima semana voy a recoger otro premio parecido a Valencia, por un cuento que trata sobre la importancia de no apegarnos a las cosas materiales… ¿Un mensaje para el propio autor? Ahí estáis para corregirme.

El tiempo vuela, como se suele decir, y este blog cumple su primer año de vida. Sesenta posts, aproximadamente uno a la semana, en los que al echar la vista atrás me doy cuenta de que, casi sin quererlo, me he dedicado a recordar historias y anécdotas que pudieran guardar, no lo sé, alguna enseñanza. En torno a los 200 lectores semanales (en español e inglés) me parece un volúmen de visitas más que interesante (lo seguiría siendo independientemente del dato).

He recordado el cumpleaños (como recordaré los futuros, si los hay) debido a que el blog lo inicié la semana en que se produjo aquel terrible tsunami de Japón (11 de marzo de 2011).  Entonces escribí un post sobre la tragedia en el que deseaba que el desastre nuclear no acabase fatal, e ignorando el número de víctimas que se produjeron. Un año más tarde sabemos que las víctimas fueron casi 20 000… Namo Amita Butsu (breve plegaria budista en japonés).

En cuanto al debate de la energía nuclear, debemos recordar las manifestaciones en Japón, las zonas de exclusión, los alimentos sospechosos de ser demasiado radioactivos, y sobre todo el miedo a vivir con el cóctel de centrales atómicas, terremotos y tsunamis. Dato: 3 000 personas trabajan al día de hoy en Fukushima para evitar filtraciones… tardarán 25 años en poder retirar el combustible, y otros 15 más en desmantelar los reactores… y “afortunadamente no pasó nada”. ¿Existe realmente el debate?

Suelo escribir un post a la semana, generalmente los sábados. La razón por la que en esta ocasión me he retrasado es porque estuve de viaje por una región de España que desconocía, por Extremadura. Acudí a un pueblo llamado Ibahernando (también a Aldeacentenera), en la provincia de Cáceres, para recibir el primer premio del primer concurso de relatos de Escritores en Extremadura en la categoría nacional. Al parecer, al jurado le gustó mi cuento. Debía centrarse en algún personaje extremeño y yo aproveché algunos de mis conocimientos de ajedrez para urdir una pequeña historia en torno a Ruy López, un clérigo extremeño del siglo XVI que revolucionó el ajedrez con sus tácticas.

A veces envío algunos de mis cuentos a concursos literarios. Este es el primero que gano, lo que siempre viene bien para la autoestima del principiante. En esto creo tener los pies en el suelo, y mi ego no va a engordar peligrosamente. En España hay infinidad de premios, y este es uno de los más humildes.

Lo mejor de la experiencia fue conocer a la gente, a los extremeños y a algunos de los que de fuera se acercaron para participar en las jornadas literarias. Personalmente, aprendí mucho de cada una de las personas con las que tuve la oportunidad de conversar.

Además, me alojaron en un hotel francamente bonito y tranquilo de Trujillo, y no desaproveché la ocasión para hacer algo de turismo por la ciudad orgullosa de ser el lugar de nacimiento de Pizarro (no entro a juzgar la dimensión moral de los conquistadores), así como por Cáceres, una de las ciudades con un casco antiguo medieval mejor conservado.

La nota curiosa fue que el premio consistió en embutidos y quesos de calidad… y ¡yo soy vegano! La vida, a veces, tiene sentido del humor (al menos yo sigo tratando de encontrárselo).

Las vistas nocturnas sobre Gangtok eran espectaculares. Hasta su pobre iluminación pública –con frecuentes apagones de barrios completos– simulaba una red de perlas.

Contemplando uno de esos anocheceres, mientras departíamos en la terraza del hostal con una pareja de holandeses, una enorme nube de evolución nocturna comenzó a cubrir todo el valle de Gangtok hasta transformarse en un dragón al que no le faltaba detalle: cabeza con cuernos, largo cuello y cola curvada. Los cuatro nos quedamos fascinados. Comprobar que yo no era el único “chiflado” que veía dragones me produjo una secreta satisfacción.

La ceremonia Kalachakra realizada en el monasterio de Rumtek duró una semana. Finalmente, el mandala que la presidía debía ser destruido.

El Lama principal, mediante un artefacto litúrgico con forma de ocho tridimensional llamado “vajra” –literalmente relámpago– trazó una raya en la arena por el lado orientado hacia el este del mandala hasta su centro. Inmediatamente después, sus ayudantes desbarataron la efímera obra de arte por completo, amontonando la arena en su centro. Uno a uno los monjes se rociaron un pellizco de arena sobre la coronilla.

Yo observaba la ceremonia desde un rincón. Una vez ungidos los monjes, el Lama me indicó con su mano que me acercase, invitándome al arenoso bautizo. Con el último de los pellizcos de arena todavía sobre mi despejada coronilla, regresé al hostal, feliz y agradecido.

Desde entonces, la equivalencia entre los ciclos del cosmos y los que rigen nuestras vidas (el significado de Kalachakra) ha sido una fuente de inspiración para todo lo que hago. Nuestra mente ordinaria es incapaz de explicar la sabiduría que encierra la ceremonia Kalachakra, como otras muchas considerada una reminiscencia supersticiosa.

Desafortunadamente, estamos perdiendo la verdadera sabiduría heredada de nuestros ancestros, sustituida por embelecos tecnológicos que desconectan la vida del sustrato espiritual que le da propósito.

Durante los tres años que viví en Japón, mi principal actividad de fin de semana satisfacía dos aficiones: viajar y el arte sacro. Nada complicado de combinar gracias al número de monasterios budistas y santuarios sintoístas que hay en las islas. Además, el shinkansen (tren bala) y la ubicación central de Nagoya me permitían plantarme en pocas horas en casi cualquier punto de la geografía nipona.

Como consecuencia de la fértil polinización cruzada entre el Dharma -proveniente de la India vía China y Corea en el siglo VI- y el animismo autóctono, distinguir los templos budistas de los sintoístas no es fácil; de hecho, la mayoría de los japoneses se sienten cómodos identificándose a la vez con ambas tradiciones.

La capacidad de asimilación de este pueblo queda reflejada, por ejemplo, en la nada rara ocurrencia de que las tres efemérides principales de toda la vida: nacimiento, boda y muerte, sean celebradas mediante los ritos sintoísta, cristiano y budista respectivamente. La asociación entre nacimiento y diosas de la fertilidad justifica la elección de rituales sintoístas para celebrar el nacimiento; la asociación entre muerte y renacimiento justifica los rituales budistas; ¿pero qué justificación habría para la elección de bodas cristianas? La respuesta es descorazonadora: ¡el glamur de los vestidos blancos de la novia!

Desde el punto de vista arquitectónico, las antiguas capitales, Kioto y Nara, poseen los templos, jardines y pagodas más monumentales y vistosos, diseminados como piedras preciosas incrustadas en un medallón en la primera, y concentrados como un gran brillante en la segunda.

Las veces que ejercí de Cicerone ante visitantes extranjeros solía elegir Kioto como destino obligado, y a su templo Sanjusangendo como atracción principal. Si treinta y dos latas de sopa Campbell causan gran impacto estético, ¿qué no conseguirán mil estatuas casi idénticas y de tamaño real de un bodisatva? Me divertía observar de refilón a mis acompañantes accediendo al templo, pues a todos –como a mí la primera vez– las mandíbulas se les aflojaban y las cejas se les arqueaban. La viva imagen del asombro.

Afortunadamente, Kioto fue respetada por las bombas americanas y hoy la humanidad todavía puede contar con tan irrepetibles joyas entre los haberes de su patrimonio.

Semana Santa en Astorga, 2011He pasado la Semana Santa en mi pueblo, y por primera vez me acerqué a ver las procesiones de las que Astorga presume. Me sorprendió comprobar la existencia de tantas cofradías tan nutridas en una ciudad relativamente pequeña (12 000 habitantes), muestra inequívoca de la vitalidad y fortaleza que esta tradición posee en este rincón de España. Cada cofradía sale de las diferentes iglesias de la ciudad en dirección a la Plaza Mayor, donde confluyen antes de desembocar en la catedral. Las coloridas túnicas y capirotes, los tambores, los botafumeiros esparciendo la fragancia del incienso y la solemne multitud congregada, con presencia de numerosos peregrinos del Camino de Santiago, son algunos de los estímulos presentes en Astorga durante estas celebraciones.

En estas fechas se rememora la muerte y resurrección de Jesús. Cuando pensamos en esos acontecimientos históricos, en tiempos de los romanos, tenemos la sensación de que sucedieron en una época remota de la antigüedad. Sin embargo, los habitantes de la península Ibérica ya habían pintado las magníficas cuevas de Altamira unos doce mil años antes, y aún podríamos retroceder varias decenas de miles de años a pinturas similares encontradas en las proximidades de los Pirineos. Es decir, hasta la llegada de los romanos y el cristianismo, los íberos habían desarrollado a lo largo de milenios su propia cosmología y religión, con incorporaciones celtas, fenicias, cartaginesas y griegas durante el último milenio antes de Cristo. Visto así, en perspectiva, nos damos cuenta de que el cristianismo no es una religión tan antigua como pensábamos.

Durante los primeros siglos después de Cristo, en su proceso de introducción en el occidente europeo, el cristianismo incorporó las milenarias tradiciones locales como propias para convertir más fácilmente a las gentes, adaptadas a una nueva iconografía pero respetando y manteniendo un significado simbólico muy similar.

Los dos principales eventos anuales del cristianismo son la Navidad y la Semana Santa, la primera se celebra el 25 de diciembre y la segunda en una fecha basada en un calendario solar y lunar que coincide con la primavera. Este detalle por sí solo nos proporciona una pista muy poderosa sobre la cosmología que precedió al cristianismo. El solsticio de invierno es cuando tiene lugar el día más corto del año, a partir del cual los días comienzan a crecer de nuevo. Conforme avanza el invierno, el sol amanece cada mañana un poquito más hacia el norte sobre el horizonte, y así continúa hasta alcanzar el equinoccio de primavera, a partir del cual la duración del día es mayor que la de la noche.

Los padres del cristianismo fijarían la fecha de la Natividad, el nacimiento de Jesús, en torno al solsticio de invierno para canalizar una tradición ancestral que celebraba el nacimiento simbólico del sol durante el solsticio de invierno. De igual modo, fijarían la muerte y resurrección de Jesús con la llegada de la primavera, íntimamente asociada a la resurrección de la vida, tras la finalización del invierno. Concretamente, la Semana Santa se fija a partir de la primera luna llena después del equinoccio de primavera. Existe una razón cósmica para ello, y es que en esa fecha es cuando el sol por primera vez en el año consigue salir sobre el horizonte más hacia el norte que la luna llena.

Cromlech de Los Almendres, Alentejo, Portugal

Precisamente, en esa fecha es cuando en Iberia se conmemoraba el triunfo del sol sobre la luna hace al menos siete mil años, en monumentos como el crómlech de Almendres, en el Alentejo (Portugal), uno de los monumentos más antiguos del mundo. Este monumento fue obra de los llamados constructores de megalitos. Esta cultura existió durante unos tres milenios (entre el 4600 y el 1600 a.C.). En aquella época, el sol transitaba entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera sobre las constelaciones zodiacales de Acuario, Aries y Piscis. Si ahora prestamos atención a las representaciones de estos signos invernales descubriremos algo sorprendente.

La representación de Acuario, como un joven vertiendo agua desde un cántaro apoyado sobre su cintura, “recuerda” muchísimo a la sangre que derrama Jesús desde la herida de su costado mientras es crucificado. “Uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado y al instante salió sangre y agua”, dicen los evangelios (Juan 19: 33-34). Así pues, la sangre derramada desde el constado de Jesús podría ser una referencia a la constelación de Acuario. El icono fundamental del cristianismo, sobre todo en el catolicismo, es Jesús crucificado, derramando sangre. ¿Supervivencia simbólica de sacrificios humanos llevados a cabo durante los solsticios de invierno en la época megalítica? Muy posiblemente. La intención sería la de transferirle vida al sol para salvar a la humanidad de morir en la oscuridad.

  

La asociación de Jesús con los símbolos del pez y del cordero también se puede explicar en clave cósmica, porque las otras dos constelaciones invernales durante el megalitismo, Piscis y Aries, son representadas precisamente mediante los peces y el cordero.

En definitiva, en la iconografía cristiana se perciben los ecos de un sustrato muy anterior de cariz cósmico. La Semana Santa en concreto deriva de los sacrificios humanos acaecidos durante el invierno, propios de una cultura solar, durante la época del megalitismo.

La pasión con la que se vive la Semana Santa en España podría ser el legado transmitido a través de nuestra consciencia colectiva de aquellos primeros sacrificios humanos al sol, transmutados en iconografía cristiana a Jesús dando su vida para salvar a la humanidad.

Si este artículo te pareció interesante, échale un vistazo a este otro: Cristo nació antes de Cristo.

Este blog lo inauguré el 11 de marzo de 2011, pero durante varios días apenas si pude escribir nada, conmocionado como quedé al leer las noticias del devastador terremoto y tsunami que ese día golpeó Japón. Yo además tengo el agravante de haber vivido en aquellas islas varios años (tres), de cuyas gentes guardo muchos gratos recuerdos y unos pocos amigos.

Leo en las noticias que los japoneses no lloran, pero los periodistas no matizan del todo que no lo hacen en público –ni llorar ni cualquier otra muestra de afecto– como es costumbre en occidente, lo que no significa en absoluto que no sientan exactamente lo mismo.

Las cifras de muertos ya nadie las mira, y que sean 10.000 o 20.000 no causa mayor sensación. Al horror de las pérdidas humanas se le añade el desastre nuclear.

Acabo de leer que en Europa pretenden cerrar las centrales nucleares que no superen cierto examen de resistencia. La prepotencia del ser humano es tal que todavía no entiende que no existe nada que no sea infalible, ni en la vida, ni en la naturaleza y mucho menos en las obras del ser humano. Solo cuando entendamos profundamente este principio podremos darnos cuenta del descomunal riesgo que entraña una concentración tan elevada de peligro. ¿Puede alguien realmente evitar que un avión se estrelle contra una central nuclear en lugar de contra un rascacielos? ¿O que otro terremoto o calamidad natural no afecte de igual o peor modo a cualquiera de las centrales nucleares diseminadas por el mundo?

No deberían existir lugares donde la concentración de un poder de destrucción sea tan elevado, porque solo hace falta un único accidente para que el daño a la vida en este planeta sea irreparable.

Por otro lado, ¿cómo nos sentiríamos nosotros si las antiguas civilizaciones -los romanos, o los aztecas o los constructores de megalitos- hubiesen dejado cientos de piscinas llenas de materiales radioactivos? Esa será la herencia que dejaremos a los habitantes del futuro, si es que los hay.

Las centrales nucleares pertenecen a la era de la prepotencia industrial del siglo pasado, como el petróleo y el carbón. Solo sirven para generar una energía que enriquece a los pocos que la controlan. ¿Por qué han de ser siempre las compañías energéticas las que más dinero ganan? Debemos dar un paso adelante como sociedad hacia formas de producción de energía más democráticas, menos agresivas, más deslocalizadas, más limpias, y más generadoras de riqueza repartida entre muchos en lugar de acumulada en unos pocos.

No debemos dejarnos engañar por los que defienden el actual monstruo energético a costa de agitar el espantajo de la recesión económica, la subida de precios o el desempleo. Su verdadero miedo es perder su privilegiado estatus.

Si cada una de nuestras casas, coches y empresas fuese responsable de la energía que consume, lo que veríamos sería un florecimiento económico, muchos nuevos y diferentes puestos de trabajo relacionados, y sobre todo una sana competencia creativa por lograr fuentes de energía más limpias, locales y respetuosas con la vida.

Deseo con todo mi ser que la tragedia de Japón se resuelva sin mayores consecuencias y que el desastre nuclear sea controlado, pero al mismo tiempo deseo que sirva para hacernos reflexionar sobre nuestro futuro, sobre el modo en el que queremos vivir. Los ciudadanos del mundo debemos levantar nuestras voces contra la miopía de los gobiernos y la avaricia de los de siempre.

carátula CdZ
Arriba: Novela.
Abajo: Trilogía.

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Marineros de piedra
"Un libro extraordinario que revoluciona la historia".
-Gavin Menzies, autor de 1421 y The Lost Empire of Atlantis

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