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La bandera de Madrid debería ser esta:

bandera madrid

“Quien olvida su historia está condenado a repetirla”

— Marco Tulio Cicerón

Cuando en el otoño de 1998 cruzaba el campus universitario de Berkeley no imaginaba que iba a realizar un descubrimiento trascendental sobre la monarquía de España.

Una beca del Principado de Asturias, ampliada por otra del entonces Ministerio de Educación y Ciencia, me permitieron realizar allí un postdoctorado para investigar el desarrollo y la mejora de implantes de cadera. Pero no fue médica la conexión entre mi paseo por la universidad californiana y la realeza española —no me refiero a la posible relación entre mi trabajo y la maltrecha cadera de don Juan Carlos I— sino, como verás, otra menos evidente pero infinitamente más fundamental.

Durante aquel paseo a orillas del Strawberry Creek, una colega italiana me explicaba que el arroyo que vertebra la Universidad de Berkeley no lleva el nombre de “fresa” sino de “madroño” (además de fresa, strawberry significa madroño). Mis ojos repararon entonces en la ubicua mascota de Berkeley y en la bandera de California —un oso dorado— y repuse que en Madrid también tenemos un oso y un madroño, y hasta un equipo de fútbol que los luce en un escudo con aires de bandera estadounidense, con sus estrellas y franjas rojigualdas.

Diez años más tarde —tras un segundo postdoctorado en Japón y hasta un noviciado budista de por medio— me encontré de nuevo paseando a la orilla del arroyo del Madroño rodeado de los osos dorados de Berkeley, rememorando aquella conversación y reavivando mis ganas por tirar del hilo de la inocente conexión entre Madrid y Berkeley.

Una sencilla búsqueda en internet me condujo al primer escudo de Madrid, del siglo XII. En él ya figuran el oso y las siete estrellas del escudo actual, pero impresas sobre el cuerpo del animal con la inconfundible forma del asterismo de la Osa Mayor.

escudos madrid

“Es osa”, pensé sonriente. Lo que vino a continuación fue una sorpresa todavía más grande que la Osa Mayor, el comienzo de la investigación que iba a cambiar por completo mi vida y, si lo explico acertadamente, también la tuya y la de todos los españoles. En realidad, debería cambiar la historia del mundo tal y como la conocemos. No exagero.

Sucedió mientras sobrevolaba virtualmente Madrid. Coloqué el medidor de distancias de Wikimapia —una línea roja— en el centro del parque de El Retiro (sobre el estanque con el monumento a Alfonso XII), y luego fui pinchando en la Puerta de Alcalá, Cibeles, Puerta del Sol, Plaza Mayor, Palacio Real y Plaza de España.

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¡La osa! La figura resultante de unir los siete lugares que había elegido como los más emblemáticos de Madrid formaba el mismo asterismo que aparecía en su escudo original. Con un detalle de suma importancia: en ambos casos las estrellas aparecen como la imagen especular de lo que vemos en el cielo; es decir, como si estuviesen impresas sobre el suelo. ¿Habría descubierto el verdadero significado del escudo de Madrid, el origen del dicho «de Madrid al cielo»?

El asunto no pasaba de ser un mero entretenimiento, una curiosidad a ser contada entre amigos que no iba más allá de una coincidencia sorprendente. ¿Cómo iba a existir una relación astronómica entre monumentos y plazas que fueron erigidos en fechas y por autores tan dispares? La cuestión tenía mal andamiaje; era una historia bonita y curiosa, pero de difícil justificación.

Me ha llevado varios años desenredar el ovillo de la historia que, hasta ahora, era prehistoria. Si me das la oportunidad, quizá pueda convencerte de que no exageraba cuando decía que esta información iba a cambiarte la vida, y no me refiero solo a la concepción histórica del tus orígenes. Me refiero también al origen milenario de nuestra forma de gobierno: una confederación de reinos cuyos reyes se reunían en la capital situada en el centro geométrico de la península Ibérica, en la matriz o madre de su confederación: en Madrid.

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(Fíjate, solo desde Madrid se puede trazar una circunferencia que pasa exactamente sobre Barcelona, Cádiz, Lisboa y La Coruña, los principales puertos ibéricos).

Durante el Mundial de Fútbol del 2014 puede que reparases en que la bandera de Brasil luce las estrellas de la constelación de Virgo. No es el único caso; por ejemplo, en la bandera de Australia aparece la Cruz del Sur, y en la de Alaska la Osa Mayor y la estrella Polaris. Madrid merece el mismo trato, merece que sus siete estrellas figuren como la imagen especular de la Osa Mayor, pues así es cómo se reflejan en su escudo original y, más importante todavía, cómo se reflejan sobre sus siete principales plazas y monumentos.

Aquella confederación estaba gobernada por un rey central que simbolizaba la reunión de las fuerzas celestes, y todos los reyes se renovaban cada 19 años (en los lunasticios). ¿Aprecias ahora los ecos con la actual situación de España? ¿Sabes qué sucedió entonces?

La respuesta está en los libros que aparecen arriba a la izquierda.

Nuestra historia quiere volver a repetirse; por eso los españoles podríamos aprender muchísimo de nuestros aciertos y errores en el siglo XXI… ¡antes de Cristo!

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¿Sabes por qué hay una osa en el escudo de Madrid?

¿Conoces el remoto origen del nombre de Madrid?

¿Sabes por qué decimos “De Madrid al cielo”?

¿Qué podría relacionar al legendario rey Arturo con Madrid?

¿Qué relación guarda el euskera con el centro de Iberia?

¿Por qué el patrón de España es Santiago Apostol y su patrona la Virgen del Pilar?

¿Por qué Cataluña eligió a San Jordi como su patrón?

¿Por qué hay un león rampante en la bandera de León y en el escudo de Zaragoza?

¿Podría estar relacionada la moderna capital del Reino de España con la mitológica capital de la Atlantida?

La disposición de los siete monumentos más importantes de Madrid contestan a estas y muchas otras preguntas, como puedes ver en Matriz Madrid: Madre de la Civilización.

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Échale un vistazo en Amazon a los comienzos de cada volumen.

(Yo empezaría por Cuentos maduros…)

portada CdZ

Por fin doy a luz a mi primera novela.

Quienes leen mis libros o me escuchan perorar sobre mi investigación, a menudo acaban diciéndome que debería escribir una novela. Pues bien, aquí está.

Espero que os guste.

 

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En La odisea, Homero nos cuenta las aventuras y desventuras de Ulises (Odiseo en su versión original griega), desde que se va a la guerra de Troya hasta que vuelve al cabo de veinte años a su Ítaca natal.

Que una de las primeras obras de la literatura sea para muchos la mejor no deja de ser paradójico: ¿habremos progresado algo los humanos en los últimos tres mil años?

Como todas las obras maestras, La odisea se ofrece a múltiples interpretaciones. En este artículo, yo voy a profundizar en su significado espiritual: La odisea es el mapa que nos lleva de vuelta a nuestra verdadera naturaleza.

ulysses-penelope1Esto es lo que representan los protagonistas:

Ulises: el anhelo espiritual por reencontrarnos.

Penélope (la fiel esposa): nuestra pureza inherente.

La diosa Atenea: nuestra sabiduría innata.

Los pretendientes de Penélope: el uso ordinario de los sentidos y los malos hábitos, siempre malgastando nuestra riqueza espiritual, constantemente soliviantando y acosando nuestra paz interior para satisfacer los apetitos sensuales.

Las aventuras marítimas de Ulises representan las pruebas que hemos de superar para lograr nuestro objetivo.

Todos debemos abandonar nuestra zona de confort, representada por la isla de la ninfa Calipso, para embarcarnos en el largo viaje de regreso a nuestro verdadero hogar a través de las aguas de la mente.

Debemos cegar el único ojo del gigante Polifemo —hijo del dios Poseidón— para escapar de la cueva en la que quiere devorarnos. ¿Debemos escapar de la visión dogmática de la religión que nos consume en su cueva?

Jean_Veber_-_Ulysses_and_Nausicaa,_1888La imagen de Ulises llegando agotado y desnudo a la isla de los feacios es una de las de mayor carga simbólica del libro. El hombre se echa en la tierra, se cubre de hojas y descansa en un sueño profundo. Nuestro antigua personalidad ha de morir para renacer renovados.

Ulises le narra al rey de los feacios los reveses y desventuras que lo han llevado hasta allí. Le habla de Eolo (control de la respiración); de los gigantes antropófagos Lestrigones (demonios interiores); de la hechicera Circe (la tentación de adquirir poderes sobrenaturales para beneficio propio); del descenso al Hades (descenso a lo más profundo de nuestra psique para hacer las paces con nuestros “muertos”); de las rocas Escila y Caribdis (las vértebras que protegen el canal central por el que asciende nuestra consciencia); de las sirenas (tentaciones que dispersan nuestra atención: por eso Ulises pide que lo aten al mástil, una poderosa imagen de la verticalidad del ascenso); de la isla del dios Helios (la gran luminosidad que se produce en la coronilla); etcétera.

Los feacios reconocen el linaje real de Ulises y le colman de tesoros antes de llevarlo de vuelta a su isla natal. Nuestra transformación interior es el mayor de los tesoros que podemos conseguir.

Ulises regresa a Ítaca disfrazado de vagabundo. No podemos restablecer nuestra autoridad sin estar preparados para ello. Debemos ser humildes y proceder con cautela.

La prueba en la que Ulises es el único capaz de disparar su arco es el punto álgido, simbólicamente hablando, del libro. Sentado, el héroe dispara una flecha que atraviesa doce hachas colocadas en hilera. En meditación, disparamos la energía que atraviesa los centros de consciencia (chakras) que se alinean en la columna vertebral.

080623-science-odysseus-hmed-2p.grid-6x2Con la ayuda de su hijo Telémaco (fruto de la unión entre el anhelo espiritual y la pureza interior) y un leal pastor de cerdos (control de los apetitos), Ulises masacra a los pretendientes y a las sirvientas corruptas de su casa y revela su identidad a Penélope. Con natural autocontrol y sin traza de impurezas, reconectamos con nuestra verdadera naturaleza y recuperamos el dominio de nuestro cuerpo y mente.

Ulises y Penélope se acuestan juntos. La transformación espiritual es irreversible.

La odisea concluye con el reencuentro entre Ulises y su padre Laertes, quienes, con la ayuda de Atenea, derrotan a los familiares de los pretendientes que vuelven para vengarse. La muerte del padre del cabecilla de los pretendientes representa el fin definitivo de nuestros malos hábitos, cortados de raíz.

Al fin sellan la paz. Ha llegado el momento de servir a la familia y a la sociedad, de poner nuestra sabiduría al servicio de los demás. El objetivo último de la vida no es rehuirla sino integrarnos en ella plenamente, de modo altruista y generoso.

Si esta interpretación te ha parecido interesante, te animo a leer alguno de los libros que aparecen en el margen superior izquierdo, en los que interpreto los mitos más antiguos de la humanidad. Los he escrito, no solo porque me gusta la historia, sino porque en ellos aparecen ya las claves de cómo vivir en el presente: porque la aventura de la vida es atemporal.

moanaAcabo de salir de los Estudios Pixar en California, donde he tenido el honor de ser invitado al preestreno de Moana, la última película de Disney.

Siento algo parecido a cuando por primera vez vi El viaje de Chihiro, otra gran película de animación sobre la que en su día escribí el post más visitado con diferencia de este blog.

Chihiro debe romper el maleficio que ha convertido a sus padres en cerdos, y Moana debe romper el maleficio que amenaza la vida en la isla de sus padres.

En la película de Miyazaki, para derrotar a la maquiavélica Yubaba, Chihiro contará con la ayuda de Haku, un joven capaz de transformarse en dragón; en la película de Disney, para derrotar al monstruo de lava, Moana contará con la ayuda de Maui, un semidios capaz de transformarse en todo tipo de animales.

La niña protagonista de ambas películas representa el anhelo inherente a todos nosotros por reconectar con nuestra verdadera naturaleza, para lo cual debemos emprender “el viaje del héroe”, el más importante ahora y siempre: el viaje a nuestro interior.

La abuela de Moana (sabiduría ancestral) es quien la anima a zarpar más allá del arrecife, hacia lo desconocido, en contra de la opinión de su padre (miedo). Para este viaje a través del océano de la mente, contaremos con la ayuda de nuestra propia capacidad de transformación (Maui), nuestra innata “divinidad” o fuerza espiritual.

Dos son los principales obstáculos de este viaje: nuestros pensamientos-emociones y nuestro ego. En Moana los pensamientos-emociones aparecen como una banda de cocos llamados Kakamora que a primera vista parecen inofensivos, incluso monos, pero que en realidad son violentos y peligrosos. Todavía más evidente es la representación del ego como el gigantesco cangrejo Tamatoa que vive en las profundidades del mar, henchido de vanidad (es un coleccionista de objetos brillantes) y arrogancia (la entrada a su mundo es una isla “estirada hacia arriba”).

La hermana gemela de Yubaba, quien representa su opuesto, la sabiduría, aparece cuando Chihiro le devuelve el talismán que le había robado Haku; y el monstruo de lava se transforma en una diosa dadora de vida cuando Moana le devuelve el talismán que le había robado Maui.

No creo arruinarles la película si adelanto que tiene un final feliz. Moana supera los peligros con la ayuda de Maui, supera también en solitario las dudas sobre su capacidad (la noche oscura del alma) y revela la gloriosa diosa dadora de vida que el monstruo de lava lleva dentro. Cuando transcendemos pensamientos y emociones y reducimos el ego a un ente inofensivo, reconectamos con nuestra verdadera  naturaleza. Entonces, de la fuente que todos llevamos dentro vuelve a brotar vida en vez de muerte, amor en vez de odio.

61cd18c76nl-_sx331_bo1204203200_Acabo de publicar la traducción del libro cuya lectura más me ha influenciado. Como ya hiciese antes con el Sutra Surangama, he comenzado cada día de los últimos tres años traduciendo un par de párrafos de este maravilloso texto.

Conocido también por otros nombres, como Sutra del Sexto Patriarca, Sutra de Hui Neng, Sutra del Estrado, Sutra de la Plataforma o Sutra del Altar, este sutra recoge las enseñanzas de un iletrado llamado Huineng que vivió en China entre los siglos VII y VIII.

Sus palabras nos hablan de nuestra maravillosa naturaleza, la naturaleza esencial e innata que no necesita profundos estudios ni arduas prácticas para manifestarse en todo momento en todo su esplendor. Lo único que se requiere es un cambio de perspectiva, radical pero accesible a cualquiera, sobre la manera de ver el mundo y lo que somos.

Huineng interpela a esa naturaleza en la que no cabe un “ego egoísta”, en la que dejamos de entendernos como entidades recortadas del tejido del universo.

El Camino consiste en un modo de ver, percibir y sentir que es el más natural, el que menos esfuerzo requiere, pues se transita cuando uno no busca nada ni se apega a nada, un Camino carente de forma o definición específica.

Te sorprenderá (también el precio).

bookcoverimage_viaje-ceroHace cinco mil años comprendíamos el propósito de la vida mejor que hoy en día. Entonces estudiamos el cielo y la tierra, cruzamos mares y océanos y, para asimilar tanto conocimiento, desarrollamos unas matemáticas sencillas con las que estimar nuestra localización física sobre un planeta esférico, pero sobre todo nuestra posición espiritual como seres humanos en el ciclo de la vida y la muerte.

Los mitos, tan denostados como fuente de conocimientos objetivos, nos hablan de una época dorada en la que las ciudades se construían en las costas y sin muros. El desarrollo de la metalurgia —particularmente la del hierro—, lejos de traer progreso, trajo guerras, ignorancia y el abandono progresivo de los viajes transoceánicos. Pero esa es otra historia, de hecho esa es la Historia, y Viaje Cero trata de lo que sucedió antes, en la pre-Historia.

Comienzo Viaje Cero con un capítulo introductorio que resume los principales descubrimientos recogidos en Marineros de piedra (mi primer libro). A continuación aporto las pruebas de la presencia de marineros ibéricos por todo el orbe, y cómo fueron ellos quienes dieron origen a las que todavía se consideran como las primeras civilizaciones: en Mesopotamia, Egipto, América, India o las islas del Pacífico.

LG cubierta2012 fue el año en el que quise probarme como cuentista. Hasta entonces había escrito, aparte de una veintena de artículos científicos y hasta religiosos, un libro de historia en el que demostraba la existencia de la Atlántida. Pues bien, si difícil fue descubrir la Atlántida, casi lo fue más escribir cuentos.

Tras Marineros de piedra —así titulé el histórico libro— mis palabras buscaban ir más allá de la mera transmisión de información, buscaban provocar, arrancar una reflexión, una sonrisa, un bufido, lo que fuese… «girar la ruleta de las emociones». Pero en mi esfuerzo centrípeto por aproximarme a la literatura resultó que salí absurdamente centrifugado a pesar de haber recibido laureles a gogó. (Por cierto, una expresión tan fascinante que se ha colado en el título principal, quizá porque me recuerda a las gogós que bailan sensualmente subidas a cualquier cosa, o por su similitud con gagá, o porque parezca exclamar en inglés —aunque venga del francés— aquello que inmortalizó La Faraona en la boda de su hija: «¡Si me queréis, irse!»).

Así es, todos los relatos recogidos en este recopilatorio recibieron algún tipo de distinción: unos recibieron laureles y otros los rozaron con las yemas de sus títulos antes de que fueran a parar a las cabezas de otros.

Los 25 cuentos aquí presentes han sido todos seleccionados por diferentes jurados, lo que significa que personas lo suficientemente interesadas en la literatura como para organizar concursos se han tomado la molestia de leer un montón de cuentos antes de decidir que el tuyo es el mejor o está entre los mejores. ¿Que qué parámetros evalúan? Muy sencillo, sólo uno: me gusta o no. Intentar ir más allá de esta perogrullada es tarea imposible —ni siquiera críticos y entendidos tienen la última palabra al respecto— porque, como ya nos lo advierte el refrán, sobre gustos no hay nada escrito.

Marineros de piedra: El origen celeste y atlántico de la Civilización ha sido el primer libro que he publicado. En sus ocho meses de existencia, he vendido y distribuido unos 600 ejemplares de la versión en inglés y unos 100 de la española, lo que no está nada mal para ser un libro autopublicado.

Por otra parte, el libro ha recibido hasta la fecha más de 100 comentarios en Goodreads, con una muy buena calificación media, casi cuatro estrellas (exáctamente 3,95 al día de hoy).

Algunos expertos, como Neil Wiseman (prestigioso crítico de The Megalithic Portal), o escritores como Gavin Menzies (autor de 1421 y The Lost Empire of Atlantis), la doctora Anna Ntinti (historiadora especializada en Platón), o el doctor Reinoud de Jonge (experto en el arte megalítico), entre muchos otros, han escrito excelentes críticas sobre mi libro.

Todo esto está muy bien… pero no es suficiente. Durante estos meses, los detalles a ser modificados se fueron acumulado, hasta que finalmente me decidí a producir una nueva edición. La principal razón fue revisar completamente el texto de la versión en inglés, tarea en la que han colaborado numerosas personas, aunque debo señalar a una en especial, a mi amiga galesa Gill… Diolch yn fawr!

Aprovechando esa intervención editorial, decidí introducir varias modificaciones con el fin de facilitar su lectura. Por ejemplo, trasladé las notas al pie al final de cada capítulo, mejoré la calidad del papel y del tipo de letra, y aumenté considerablemente el número de páginas para dar cabida a figuras y fotos de mayor tamaño y calidad. Además, inversamente proporcional al aumento de calidad, ¡le he bajado el precio!

Ahora sólo espero que lo disfrutéis… y que continuéis dándome vuestra opinión. ¡Muchas gracias!

P.D. Al hacer clic en la portada del libro (esquina superior izquierda) podéis ver los detalles en Amazon.es (también disponible en la mayoría de sus filiales internacionales).

—¿Qué te parece si vamos a visitar Nalanda por la tarde? —dijo el motero melenudo y meditador.

—¿La universidad? —pregunté extrañado.

Yo no había hecho mis deberes antes de viajar a la India, y además había renunciado a la imprescindible “Biblia del viajero” (el Lonely Planet de turno), por lo que ignoraba que la famosa universidad estuviese tan cerca de Rajgir.

Nalanda está considerada como la primera universidad del mundo (algunos de sus edificios datan del reinado del emperador Ashoka, en el siglo III a. C.) , y en su apogeo llegó a contar con varios miles de estudiantes y profesores. Allí se estudiaban materias no sólo metafísicas, sino también filosofía, matemáticas, astronomía, alquimia y medicina.

—Sus ruinas se pueden visitar —contestó.

Apenas pude comer algo de chapatti (pan indio en forma de torta) y, a pesar de sentirme todavía débil a causa de la diarrea, no dejé pasar la oportunidad.

Los restos arqueológicos son abrumadores, y eso que sólo hay excavado un diez por ciento del recinto original. Ruinas de templos, estupas, aulas, librerías, dormitorios, patios, todo de ladrillo rojizo y dimensiones colosales, dejaban entrever la efervescencia intelectual y espiritual que en su día existió allí… hasta que una horda invasora la arrasó a finales del siglo XII. Cosas de humanos.

Rajgir Stupa on top of Vulture's Peak (photo by Anuradha Goyal)Aparcamos la moto en la base de la montaña del Pico del Buitre, justo a la entrada del teleférico que los japoneses construyeron para acceder más fácilmente a su cumbre.

Nosotros preferimos subir andando. En poco menos de una hora llegamos a la cueva y plataforma donde el Buda expuso el Sutra del Loto. Mi amigo encendió velas y quemó incienso antes de sentamos a meditar. Por fin, después de tantos días intentándolo, conseguía subir al Pico del Buitre.

Me preguntaba si mi ayuno involuntario (a causa de la diarrea) no estaría relacionado con la necesidad de acceder a estos lugares tan sagrados con el cuerpo purificado.

Continuamos ascendiendo hasta la mismísima cumbre donde también los japoneses construyeron una enorme estupa, y desde donde las vistas son magníficas.

“Yo me gano la vida construyendo estupas similares a esta en California”, me dijo el motero mientras la circunvalábamos tres veces hacia la derecha.

Curioso personaje.

Exangüe, caminé hasta uno de los establecimientos del barrio musulmán, siempre de trato exquisito, para ingerir un plato de arroz hervido.

De regreso al monasterio, un tipo grandón y melenudo se me acercó a bordo de una Harley Davidson (más adelante descubriría que en realidad era una Royal Enfield).

—Hola, ¿sabes de algún lugar donde poder pasar la noche por aquí? —me preguntó con tono más educado del que su aspecto sugería.

—Yo estoy alojado en ese monasterio birmano, que no está mal —contesté señalando hacia sus dependencias.

Al amanecer me levanté para meditar en la azotea. Nunca hubiese imaginado que el motero también meditase, pero allí estaba, sentado en medio loto sobre un aislante. Nos levantamos casi a la vez.

—Buenos días —saludé.

—¿Qué te pasa en la frente? —fue toda su respuesta.

Me llevé la mano allí y note una anormal irregularidad en la piel. Salí de inmediato hacia el espejo para descubrir la causa: chupópteros. La noche pasada, en mi agotamiento, me había quedado dormido con media cabeza fuera de la mosquitera, para fiesta y jolgorio de mis alados amigos. Entre “lavativas” y “sangrados” nunca antes en mi vida había estado tan puro como entonces.

—Voy a visitar el Pico del Buitre, ¿quieres venir conmigo? —me preguntó el motero, mientras untábamos unas tostadas en una cafetería.

—Llevo intentándolo varios días —dije sorprendido por la inesperada ayuda—. Nada me apetecería más.

A la tercera iría la vencida, y acabaría subiendo al Pico del Buitre en compañía del motero melenudo meditador, como veremos en el próximo artículo.

A la mañana siguiente salí a la calle con la ilusión de patear la capital de la India, pero lo que no sospechaba es lo pronto que se tornaría en desilusión a causa del intenso acoso que recibiría por parte de niños mendigos, y toda una ralea de timadores. Además, mis zapatillas naranjas ejercían un magnetismo poderosísimo sobre aquellas gentes, en especial sobre los adolescentes, a quienes les resultaba imposible no acercarse para contemplarlas de cerca.

Regresé al hotel (uno para extranjeros, con las comodidades típicas de un hotel convencional) casi corriendo, cambiando aceras para despistar a la turba de mendigos, adolescentes y embaucadores que revoloteaba a mi alrededor. Tampoco resultaría muy diferente al día siguiente, a excepción de que entonces ya sabía lo que me esperaba al pisar la calle, de entre lo cual lo peor era la visión de los niños mendigos, muchos de ellos tullidos.

Pero entonces ocurrió el proverbial encuentro con uno de los conductores de rickshaws (taxis-bicicletas), sobre el que ya escribí un post con anterioridad. Seguí su consejo y me compré el típico atuendo indio, con la camisa larga casi a la altura de las rodillas.

A la mañna siguiente, al salir a la calle disfrazado de indio de la India, con algo de barba y con chanclas en lugar de refulgentes zapatillas, Delhi se transformó en otra ciudad. A partir de entonces podía caminar, tomarme un chai (té con leche hirviendo), abordar un rickshaw, callejear por la Vieja Delhi sorteando los escupitajos rojizos (unos preparados envueltos con hojas de betel con efectos estimulantes), y hasta disfrutar del océano de colores, olores y sabores únicos.

La India es intensa; la India es incomparable. Por fin me sentí con la capacidad de viajar, y no como un turista sino como un indio más, de peregrinar por los lugares donde Buda vivió dos mil quinientos años atrás.

Finalizado el retiro de meditación en la Ciudad de los Diez Mil Budas en California regresé a Japón, como huésped de un buen amigo portugués (un abrazo Artur), con quien disfruté en su apartamento de Nagoya de largas conversaciones en las que pude reactivar mi voz, silenciada durante todo el largo retiro. Fue él quién alimentó mi curiosidad con fantásticas historias sobre la India, pues es un apasionado de aquellas tierras y acababa de regresar de pasar unos días por allá.

Salí a la terraza. Era enero y nevaba copiosamente. Respiré profundamente el aire congelado y me introduje de nuevo en el apartamento. La idea de volver a echarme a la calle para peregrinar en aquellas condiciones ya no me parecía tan atractiva. Le pregunté a mi amigo: “¿Qué tal tiempo hace ahora en la India?”. “Estos meses son los mejores, antes de los calores del verano”, me contestó. Volví a mirar al exterior a través del cristal, y sin girarme añadí: “Me voy a la India”.

Le pedí que me explicase los pormenores del viaje. Lo primero era solicitar un visado en la embajada de Tokio. Durante los más de tres años en que había vivido en Japón, y de mis muchos viajes por su geografía, resultaba increíble que todavía no hubiese visitado la gran capital. Ahora tenía la oportunidad.

Retomé los bártulos de vagabundo, y salí en tren con la idea de pasar varios días por Tokio, los requeridos por las formalidades burocráticas (y también, por qué no decirlo, para no abusar de la hospitalidad de mi amigo). Pasé la noche en los jardines de un castillo próximo a la embajada y a la mañana siguiente formalicé el papeleo. En tres días me darían el visado, sellado para poder entrar en la India inmediatamente.

El retiro de meditación de tres días que realizaba todos los meses en un templo de la región montañosa situada entre Kioto y Nara (ver post) no sería el único que atendería durante los tres años que viví en Japón.

Nunca olvidaré un retiro invernal en un templo de la región norteña de Niigata, tanto por los personajes como por las circunstancias. El monje regente parecía un corpulento dragón con la línea del pelo sobre la frente formando un pico agudo en el centro, que me aseguró era capaz de introducirse en un pequeño recipiente. Uno de sus hermanos era un ser regordete sumamente cándido con aspecto de deidad no muy inteligente. La única ocupación de su hijo,[1] de igual aspecto dragoniano, era heredar el templo, e introducir ingentes cantidades de comida en un cuerpo escuchimizado.

Entre los asistentes figuraban un luchador de kárate cuya boca parecía una puñalada sin cicatrizar y que me recordaba a un titán; un general retirado de muy corta estatura que monopolizaba todas las conversaciones con voz autoritaria y aspavientos de unos brazos que carecían de la articulación de los codos; un estudiante de movimientos simiescos; un ser fofo y fantasmagórico que la última noche se emborracharía y no dejaría dormir a nadie con sus ululares; y dos seres oscuros y mal encarados que durante los diez minutos de parada entre cada periodo de meditación se metían corriendo en la habitación de la estufa a fumar, beber sake y reír maliciosamente.

A la conclusión de la semana del retiro tendría lugar una celebración con todo tipo de suculencias, especialmente generosa en sushi y cerveza. En el clímax de lo esperpéntico, se nos uniría una arpía, de entre quince y setenta años de edad, a bailar alrededor de todos, y quien terminaría haciendo arrumacos con el titán.

Ahora sospecho que la verdadera razón por la que yo participé en tan esotérico zoo no iba más allá de la necesidad del cromo del espécimen humano con el que completar el álbum de todas las posibles formas de existencia citadas para tan singular evento (dioses, dragones, titanes, arpías, humanos, animales, fantasmas y seres infernales).

El único “ser normal” era un muchacho esbelto y diligente, encargado de que todo aquel tinglado resultase viable, y cuyas funciones iban desde preparar las comidas y limpiar hasta el apaciguamiento del fantasma. Además, a mí me proporcionaría una habitación separada de los humos y voces del resto, y en todo momento se preocupó de que no me faltase comida vegetariana o una manta extra. ¿Sería el ejemplar del bodisatva?


[1] A finales del siglo XIX, durante el periodo imperial conocido como Meiji, y en aras de la modernización del país, el celibato fue prohibido en Japón por decreto, como consecuencia de lo cual, hoy en día, los denominados monjes japoneses están en su mayoría casados.

Observar los mecanismos de una sociedad tan compleja y rebosante de infinitas sutilezas como la japonesa me resultaba fascinante, y fue una de las razones que me incitó a estudiar con diligencia su idioma, difícil donde los haya. Sus construcciones gramaticales con el verbo siempre al final, como guardando el triunfo para la última baza, sus elaboradas variaciones en función del grado de formalidad conveniente a cada situación y una escritura que combina dos alfabetos silábicos con caracteres chinos son algunos de los escollos que aguardan a los incautos que, como yo, se adentran en tales aguas. No obstante, el esfuerzo lo daría por bien empleado cuando constaté la libertad que me proporcionaba a la hora de viajar y, sobre todo, por esas sencillas conversaciones que podía entablar con los lugareños. Especialmente memorables fueron las visitas a la casa familiar de mi amigo Sogo, cuyos padres, al igual que los míos, eran maestros de escuela y tuvieron tres hijos varones de aproximadamente la misma edad. A pesar de los condicionamientos culturales, la atmósfera familiar resultaba sorprendentemente similar.

Las frecuentes cenas y excursiones de todos los componentes del departamento también resultaron ser experiencias enriquecedoras. Sabedores de mi vegetarianismo, dondequiera que íbamos siempre habían encargado con antelación mi propio menú y abundante té en sustitución de su más abundante cerveza y sake. Descubriría también el karaoke, que mucho más que una diversión, en Japón es una válvula de escape a la oprimida libertad de manifestación y creatividad, un momento donde las invisibles barreras sociales se difuminan y hasta el sensei deja de ser poco menos que un dios inaccesible a los estudiantes.

Las cenas familiares en casa de los colegas coreanos me descubrieron el orgullo herido de un pueblo al que le cuesta perdonar los desmanes históricos de su poderoso vecino. Me acordé de mi abuela, quien nunca salió de España y dudo conociese a ningún francés, y sin embargo sentía una indisimulada antipatía hacia ellos, pues en los filandones de frías noches leonesas algunas historias todavía recordaban las tropelías napoleónicas por aquellas regiones durante el asedio de Astorga, ¡nada menos que en el año 1810!

El té de los miércoles con las secretarias del departamento me dio la oportunidad de conocer un mundo sin tanta testosterona como el científico, pues en los departamentos de ingeniería japoneses prácticamente la única presencia femenina son las secretarias. Con una de ellas tuve la fortuna de conocer la famosa Ceremonia del Té, en la cual se combina un asunto tan cotidiano como la preparación de una taza de té con la estética dramática del Noo y la filosofía trascendental del Zen. Todo un prodigio. Gracias a otra de las secretarias, perteneciente a una de las familias más antiguas de Nagoya, pude observar los ceremoniales de la escuela budista denominada Tierra Pura. Su padre era un clérigo perteneciente a una saga que se remontaba ininterrumpidamente cuatrocientos años atrás hasta un ancestro samurái, quien, arrepentido de tantas muertes infligidas en el desempeño de su trabajo, abandonó las armas y construyó un templo en el que viviría el resto de sus días entregado a la meditación.

Recitando mantras en Pemayangtse me acordé de mi abuela, sentada cada tarde en el mismo sitio, con la pañoleta negra calada al estilo «doña Rogelia», rosario en mano, y murmurando en bajito Ave Marías sin parar. Desgraciadamente, la sabiduría que subyace a esta milenaria tecnología espiritual corre el riesgo de desaparecer. Los rosarios se han ido replegando hasta los extremos del abanico social, y mientras por un lado representan la quintaesencia de la mojigatería, por el otro aparecen como símbolo trasgresor con el que se adornan las cantantes de moda. Curioso efecto ese en el que los símbolos desaparecen por un lado para reaparecer por el contrario.

Cierto día, hacia el final de la sesión de recitación, vi llegar a una pareja –chico occidental y chica japonesa– a quienes estaba seguro de conocer, aunque no acababa de recordar dónde. En el siguiente intermedio, él se acercó y me preguntó: «¿Te acuerdas de mí?». Entonces caí en la cuenta. ¡Nos conocimos en Japón, en casa un amigo común portugués! Era un chico belga, igualmente interesado por el budismo, que hacía poco se había casado con su novia japonesa, y estaban de viaje por el Tíbet y el norte de la India.

«El mundo es un pañuelo», pensé. Pero no iban a parar ahí los encuentros inesperados, pues unos instantes después apareció mi amigo el motero californiano, acompañado a su vez de otra chica japonesa. Más adelante y a solas, me confesaría con timidez impropia para su apariencia que sentía algo muy fuerte por esta chica. «¿Amor?», pregunté yo. En lugar de contestar, rompió a reír como un chiquillo. Aparentemente, la excursión emocional le estaba resultando más interesante que la himalaíca, pues apenas si contó nada sobre la última.

El último día de recitación, la cantidad de gente congregada en el monasterio era tal que todos estábamos un poco comprimidos. Un monje se acercó y me dijo: «Sube a la tarima con nosotros». Se refería a la zona reservada para los monjes. No pude evitar ruborizarme, y ayudándome de gestos inequívocos con las manos, respondí: «No, no. Gracias, pero yo no soy un monje». «Todavía», replicó riéndose.

Al finalizar la sesión, el californiano y yo subimos a dicha tarima provistos de katas para ofrecérselas al venerable monje que presidía la asamblea. Yo además me despedí muy agradecido por haber tenido el privilegio de haber compartido los pasados días con la excepcional comunidad de monjes y laicos allí reunida. Mi visado estaba a punto de expirar, y debía regresar a las planicies indias. Por cierto, justo antes de irme, me dirigí al monje con el que había charlado anteriormente para preguntarle cuántas recitaciones del mantra de Gurú Rimpoché realizamos. «Superamos los veinte millones», contestó sonriendo.

Esa noche, todos los foráneos nos reunimos en una terraza de Pelling a modo de despedida: dos japonesas, un estadounidense, un belga, un francés (el saxofonista) y un español (un servidor). Durante las últimas semanas, incluso allí arriba, llegaban las noticias de la guerra de Irak, por lo que fue inevitable que surgiese el tema.

«La guerra es una solución, es verdad, pero también es verdad que es la peor», dijo el belga. El californiano confesó: «Yo me avergüenzo del gobierno de mi país. Los que viajamos sin buscar el “McDonalds” o el “Starbucks” de cada sitio, descubrimos que existen (enfatizó el verbo) otras culturas, y que es más lo que nos une que lo que nos separa». Su amiga japonesa añadió: «El amor de las madres por sus hijos es el mismo en todas las partes del mundo», y la otra japonesa apuntilló: «Y el dolor por su pérdida también».

En el techo del mundo, con una guerra vergonzosa a nuestra izquierda y una epidemia llamada SARS a nuestra derecha, la única manera de mantener la cordura parecía haberla descubierto el francés. Desenfundó el saxofón, y tocó una pieza ¡de jazz! Al finalizar, todos nos despedimos, deseando lo mejor a un mundo, especial y bonito a pesar de la insensatez de unos pocos.

El vegetarianismo fue una bendición incluso más importante y liberadora que el arrojado –simbólico– de la tele por la ventana, o el estiramiento corporal diario.

Siempre me gustó la naturaleza y traté de ser respetuoso con los animales, especialmente después de convivir con personajes tan variopintos y entrañables –por decir algo– como los gatos. Sus alegrías, miedos, neuras, invitaciones a jugar, trastadas, desplantes –mis favoritos–, y la infinidad de muestras de amor –a su manera– convirtieron sus relaciones en amistades tan auténticas o más que las entabladas con bípedos.

Pero desconocía que fuese factible alimentarse sin necesidad de comerlos. El libro “Diet for a New America” de John Robbins fue toda una revelación. Tras su lectura, me convertí en vegetariano y poco después en vegano (tampoco lácteos ni huevos ni producto alguno proveniente de los animales). Lo hice por amor y respeto a los animales, con la agradabilísima sorpresa adicional de que, desde entonces, nunca más volví a sufrir ni uno sólo de los misteriosos cortes de digestión que todos los meses y durante tantos años me habían martirizado. La causa del misterio, señores doctores, era la carne, pero a nadie se nos ocurrió.

No me gusta hacer bandera de mi condición de vegano porque estoy demasiado identificado con mi humanidad como para sentirme superior a nadie en función de lo que entra por mi boca, menos aún por lo que sale. La compasión por los indefensos animales, por el sufrimiento innecesario de los que están a ambos lados del tenedor, y por el impacto de nuestra dieta sobre este delicado planeta, han sido, sin embargo, motivación suficiente como para haber tratado de explicar, cuando así me fue requerido, los beneficios que a todos esos niveles reporta tal modo de alimentación.

Además, aunque no puedo demostrarlo, estoy convencido de que los humanos todavía nos exterminamos en cruentas guerras y actos de terrorismo, no tanto por importantísimos condicionamientos sociopolíticos, sino a causa del silencioso holocausto que estamos infringiendo a nuestros compañeros de viaje en esta cápsula espacial llamada Tierra.

Desafortunadamente, no creo que en esta vida vea amanecer el día en que sean reconocidos los derechos de los sin voz, de mis queridos animales, montañas, ríos, mares, y sobre todo de nuestra madre la Tierra.

Respetar a la Tierra, ¿no será este el más profundo de los comportamientos filiales que predicara el sabio Confucio? ¿Se puede denominar progresista a un modelo económico sostenido por la explotación mercantilista de nuestra propia madre?

Hace unos días fue mi cumpleaños, hoy es el de un hermano, y no hace mucho lo fue el del otro. Mañana nos juntamos para celebrarlo. Me acordé de un pasaje del Sutra Surangama que traduje directamente del chino hace varios años, mientras servía de novicio en un monasterio de California, y que podría titularse: “No todo envejece”. Si nunca has leído un texto de dos mil años de antigüedad escrito en la India (aunque solo ha sobrevivido su traducción al chino), puede que te sorprenda su vigencia. Dice así:

Entonces, el rey Prasenajit se puso en pie y se dirigió respetuosamente al Buda:

–Antes de ser instruido por el Buda, conocí a Katyayana y a Vairatiputra. [1] Ambos me explicaron que cuando este cuerpo muere, nosotros dejamos de existir y nos convertimos en nada. Esa mismísima nada es lo que ellos llamaban nirvana. Ahora, aunque he conocido al Buda, todavía guardo cierta cautela y tengo mis dudas. ¿Cómo puedo llegar a conocer la verdadera mente fundamental, esa que no es fabricada ni perece? A todos los que en esta asamblea tenemos efusiones nos gustaría que nos aclarase este punto.

El Buda dijo al rey:

–Permítame antes que le pregunte, ¿es su cuerpo indestructible como el vajra,[2] o se halla sujeto al decaimiento?

–Venerable, mi cuerpo decae y lo continuará haciendo hasta finalmente morir.

–Su Majestad no ha muerto todavía, ¿cómo sabe que lo hará?

–Venerable, aunque es cierto que todavía no me he muerto, mi cuerpo y mente son impermanentes, puedo ver cómo cada uno de mis pensamientos se desvanece y es seguido por otro nuevo, el cual tampoco permanece. Como fuego que pasa a cenizas, mis pensamientos están en constante extinción, pereciendo siempre, por lo que estoy convencido de que mi cuerpo también ha de perecer.

–Así es, majestad. ¿Cómo compararía su vejez con su juventud?

–Venerable, yo de niño tenía la piel tersa y suave, y en mi lozanía estaba lleno de vitalidad. Pero ahora, en estos últimos años, con los achaques propios de la vejez, mi cuerpo se ha marchitado y debilitado, mis fluidos vitales están exangües, mi pelo encanecido y mi piel arrugada. No me ha de quedar mucho tiempo. ¿Cómo puede mi situación actual ser comparada con la que tenía en la flor de mi vida?

–Majestad, la apariencia de su cuerpo no puede haberse deteriorado repentinamente.

–Venerable, el cambio ha sido tan sutil que apenas lo he notado. He llegado a este punto gradualmente, con el transcurrir de los años. Así, en mis veintes todavía era joven, pero ya parecía mayor que en mi adolescencia. Mis treintas marcaron un declinar adicional al de mis veintes, y ahora, dos años por encima de sesenta, al mirar hacia atrás, mis cincuentas podrían considerarse como años de cierto vigor, saludables incluso. Pero, cuando ahora reparo en estas sutiles transformaciones, Venerable, me doy cuenta de que los cambios acaecidos en este declinar hacia la muerte resultan evidentes no solo de década en década, sino también en incrementos más cortos. En una consideración más detenida, uno puede ver que, al igual que con las décadas, los cambios se suceden año tras año. En realidad, ¿cómo podrían ocurrir solo de año en año? Dichos cambios han de ocurrir cada mes, pero ¿cómo podrían tener lugar solo de mes en mes? Estos cambios han de ocurrir día a día, y, si uno contempla profundamente esto, uno puede ver que el cambio es incesante, momento a momento,[3] con cada sucesivo pensamiento. Es por ello que sé bien que mi cuerpo continuará cambiando hasta perecer.

–Al observar estos cambios e incesantes transformaciones, usted concluye que ha de morir, pero ¿sabe si al hacerlo queda algo suyo que no muere?

–Realmente no lo sé –respondió el rey Prasenajit juntando las palmas.

–Ahora le revelaré qué es eso que ni surge ni perece. Majestad, cuando por primera vez vio el río Ganges, ¿qué edad tenía?

–Tenía tres años. Mi querida madre me llevó a presentar respetos a la diosa Jiva[4] y, cuando pasamos cerca del río, me dijeron que se trataba del Ganges.

–Su Majestad dijo que comparativamente había envejecido década tras década, año tras año, mes tras mes y día tras día. Dijo que, de hecho, en cada sucesivo pensamiento han ido teniendo lugar cambios hasta llegar ahora a la década de los sesentas. Reflexione sobre el río que vio a los tres años respecto al visto diez años después, cuando tenía trece, ¿en qué se diferenciaban esos ríos?

–El río parecía el mismo cuando lo vi con trece años que cuando lo vi con tres, e incluso ahora, cuando tengo sesenta y dos, parece todavía el mismo.

–Ahora lamenta sus canas y arrugas y es cierto que su rostro está ahora más estriado que en su juventud, pero, cuando ahora mira al Ganges, su consciencia visual, ¿es en algo diferente a la de entonces, cuando era un niño?

–No es diferente, Venerable.

–Majestad, su cara está arrugada, pero no así la naturaleza esencial de su consciencia visual. Lo que se arruga está sujeto al cambio; lo que no se arruga es lo que no cambia. Lo que cambia perecerá. Lo que no cambia, y por ende ni surge ni desaparece, ¿cómo podría verse afectado por los nacimientos y muertes? Por lo tanto, no se preocupe de lo que otros como Maskari Gosaliputra[5] dicen: que cuando este cuerpo muere uno deja de existir.

El rey asintió y supo que cuando dejamos este cuerpo continuamos en otro. Tanto él como el resto de los participantes en la gran asamblea se regocijaron por haber clarificado este punto.


[1] Kātyāyana y Vairāṭiputra fueron coetáneos del Buda que explicaban formas de escepticismo. Del primero en concreto se dice que fue un fiero oponente del Buda.

[2] Vajra, un material de extrema dureza y durabilidad, a veces traducido como diamante.

[3] Momento (sct. kṣaṇa). El más fugaz de los pensamientos dura noventa ksanas, y en cada ksana intervienen novecientas operaciones mentales.

[4] Jīva en sánscirto significa “principio vital”.

[5] En la época en la que vivió el Buda, en la India existían varias escuelas filosóficas lideradas por sus proponentes, como los mencionados por el rey Prasenajit, o como Maskari Gośālīputra, quienes proponían el fatalismo.

Yuksom fue la primera capital de Sikkim–un antiguo reino absorbido por la India en 1975–pero hoy en día es un pueblo que sobrevive como campamento del que salen frecuentes expediciones hacia el Himalaya.

Mi único plan era caminar por aquellos parajes visitando templos budistas tibetanos (gompas). A poco menos de una hora de caminata desde Yuksom, alcancé el que está considerado como el primer gompa de Sikkim, y hasta tuve “la fortuna” de que su celador me permitiese acceder a un santuario adyacente. En cuanto me asomé, entendí por qué estaba cerrado al público: aquello era una casa de los horrores. Meditar entre aquellos monstruos y escenas espeluznante sería toda una prueba de fuego.

Me alejé a paso ligero hasta la orilla de una tranquila laguna adornada con los típicos pendones y ristras de banderitas tibetanas ondeando al viento, esparciendo los mantras caligrafiados en sus telas. Pasé el resto de la tarde en sus alrededores, meditando sobre una gran roca, contemplando la belleza del lugar.

A la caída del Sol, me acerqué hasta la terraza de un pequeño local de Yuksom para cenar. Un plato de arroz y varios cuencos con diferentes verduras llegaron con la noche ya cerrada. Bajo la luz de una bombilla mortecina y dominado por un hambre canina, vertí con apresuramiento todos los cuencos sobre el plato de arroz y procedí a mezclarlo todo. Con la primera cucharada descubrí que uno de los cuencos vertidos no era un guiso, sino el recipiente del picante (un mejunje a base de guindillas molidas). Mi principio de no desperdiciar comida desoyó las súplicas de la lengua y de los poros del cuero cabelludo, sobresaltados con punzadas que parecían de alfileres. Sin encomendarme a ningún dios, procedí a engullirlo todo.

Cuando el camarero vio el recipiente del picante vacío, me miró como si estuviese ante el mismísimo yeti. Se metió dentro del local para salir poco después con otro recipiente a rebosar de lo mismo, que depositó con suma lentitud en el borde de la mesa opuesto al que yo me sentaba, sin quitarme ojo, listo para salir por piernas a la más mínima indicación de que pudiese abalanzarme sobre él.

–Are you OK? –me preguntó con voz temblorosa y ojos desorbitados, mientras los míos, inyectados con sangre, competían con la nariz por ver quién liberaba más mucosidad.

–OK –contesté casi sin voz–. Me gusta la comida alegre. Una botella de agua, por favor.

Cuando por fin había vuelto en mí, una pareja de occidentales me pidió permiso para sentarse a compartir la única mesa de la terraza.

–Yo ya me iba –dije con ademanes de levantarme.

–¿Español? –preguntó la chica.

–Se nota, ¿verdad?

Ese fue el comienzo de una larga velada en la que disfruté de una conversación interesante como no recuerdo otra igual. Ella era portuguesa y él estadounidense, y ambos eran de los pocos occidentales autorizados a acceder en la zona norte de Sikkim, de acceso restringido. Ella era una médico que había renunciado a su cómoda vida lisboeta para trabajar en aquellas remotas aldeas.

–El gobierno indio muestra más interés por líneas fronterizas imaginarias que por estas gentes –dijo amargamente.

–Quizás ese abandono pueda ser una suerte de bendición para mantener las costumbres locales –comenté.

–Ya no quedan culturas vírgenes. ¿Qué pueblo, por remoto que sea su hábitat, permanece hoy en día ajeno al efecto del turismo o de la televisión? La sabiduría que permite vivir en equilibrio armónico con el medio natural está desapareciendo; dentro de poco todo lo que quedará será un puñado de supersticiones. Ojalá hubiese más apoyo gubernamental para crear escuelas y hospitales. Aunque mi trabajo se centra en combatir la enfermedad, mi gran batalla es contra el sufrimiento en general. Yo enseño a las madres tanto a evitar infecciones durante los partos como a leer.

Escuchando a esa médico portuguesa sentí hallarme ante un bodisatva.

Nota: Un bodisatva (sct. bodhisattva) es alguien que renuncia al nirvana para poder seguir ayudando anónima y desinteresadamente a los demás.

Un día primaveral del año 1998 en Berkeley, recibí una petición de una amiga de España en el desempeño de la cual ocurriría algo muy especial. Viviendo en Asturias, a ella le resultaba difícil satisfacer su afición por la literatura Zen, por lo que me pidió que por favor le enviase algunos libros de un autor llamado D. T. Suzuki.

Me encaminé hacia la calle Telegraph, único vestigio de la cultura hippie que tapizó notoriamente Berkeley a finales de los sesenta, entré en una de las tiendas de libros usados que llevaba por nombre Shambala y me dirigí hacia la sección de libros Zen. Mis incursiones previas en la literatura Zen siempre me habían resultado frustrantes, particularmente los diálogos para besugos entre discípulos y maestros, así que, resuelto a no perder más tiempo del estrictamente necesario, arramblé con todos los libros que había del tal Suzuki, unos ocho o nueve. Cuando llegué a casa y me dispuse a prepararlos para su envío, me llevé la sorpresa, desagradable, de ver un mismo libro dos veces. En mi atolondramiento por acabar con el asunto zen lo antes posible, había comprado dos volúmenes del mismo título: Zen Buddhism, asunto que me incomodó porque no suelo cometer ese tipo de despistes. Obviamente, uno de ellos se quedó descansando sobre mi mesita mientras los demás se abrigaban con papel de estraza, preparándose para su viaje transoceánico.

Nunca invertí mejor tres dólares con cincuenta centavos que en la compra involuntaria de aquel pequeño libro. No lo cerré hasta terminar por completo su lectura, solo perturbada por el “ploc” de lágrimas que, ajenas a mi conocimiento, se desprendían de mis ojos, golpeando sus hojas. A la mañana siguiente, casi sin haber dormido, me planté frente a la misma librería esperando a que abriesen las puertas para comprar otro libro, esta vez The Three Pillars of Zen de un canadiense llamado Philip Kapleau.

El mensaje encerrado en la botella que había arrojado simbólicamente a la bahía hacía unas semanas solicitando ayuda había sido escuchado y ahora recibía cumplida contestación a través de esos libros.

El horizonte de mi vida se extendía de modo ilusionante gracias a una nueva vía que sugería que la respuesta al misterio de la existencia se encontraba no tanto en los objetos a investigar como en el sujeto que investiga. Los libros Zen indicaban que hemos de investigar nuestra herramienta de investigación: la mente.

El funcionamiento del cerebro ha sido objeto de numerosísimos estudios científicos sin que exista un consenso sobre cuál es su grado de involucramiento con la mente o con eso que denominamos ambiguamente consciencia. Intuitivamente, supongo que debido a mi conocimiento del funcionamiento científico, supe que el estudio del cerebro no era la manera de conocer mi mente. El Zen indicaba que hay que investigar la mente con la mente, pero no mediante auto-psicoanálisis sino mediante meditación.

El objetivo del maestro Zen es contestar de modo tal que el discípulo aparque su raciocinio y dé un salto al mundo del “razonamiento no-lógico”, más intuitivo, más allá de las restricciones de la lógica cartesiana. Las respuestas de los maestros Zen han de ser, en consecuencia, ¡inconsecuentes!

Las conversaciones de besugos ya no me lo parecían tanto porque estaba convencido de haber empezando a entender el quid del asunto, convirtiéndome en uno… no en el uno “unidad no dual”, sino en un besugo.

Cuando se cumplían casi cuatro años desde el comienzo de mi andadura monástica (cinco si contamos el año de postulante), empecé a notar, preocupado, una inusual incapacidad para descansar por las noches, así como una frecuencia inusitada del tipo de pesadillas en las que me caía por precipicios, me perseguían asesinos o aparecía desnudo en lugares públicos. Además, parecía haberme olvidado de meditar, y observaba con creciente frustración mi impericia para serenarme.

Cierta noche me levanté desvelado con la sospecha de que me estaba volviendo loco. Allí, de pie y asustado, por fin descubrí la causa de todo mi desasosiego. Como cuando se abre la válvula de una olla exprés, un único pensamiento conseguiría liberar de inmediato toda la presión: “Quizás no sirvo para la vida de monje”.

Aunque se debía de haber estado cociendo a fuego lento desde mucho antes, y a niveles más profundos, esa fue la primera vez que, desde mi decisión de hacerme monje, dicho pensamiento afloró en mi mente. Esa noche descansé como hacía tiempo que no lo hacía. Durante la meditación de la mañana siguiente pude serenarme como solía hacerlo. Esa frase liberaba el estado de ansiedad al que había desembocado conforme la ceremonia de mi ordenación se iba aproximando y yo, en lugar de feliz expectación, sólo sentía ansiedad.

Afortunadamente, el retiro invernal, con su semana de recitación del nombre del Buda Amitabha, seguida de otras tres semanas de meditación intensiva, se acercaba y, al igual que hacía cuatro años había decidido hacerme monje después de dicho retiro, ahora tendría la oportunidad de ratificar mi decisión o de plantearme otras vías.

La semana de recitación terminó con una puesta de sol especialmente bella sobre una chopera deshojada. Bajo una ligera llovizna, un grupo de ciervos permanecía inmóvil a escasa distancia del monasterio. Me acerqué hasta muy pocos metros de ellos y durante algunos minutos recité el nombre del Buda Amitabha. La recitación del nombre de ese buda es la práctica más devocional del Budismo Mahayana. Los devotos piden renacer en la Tierra Pura de Amitabha porque allí el logro de la iluminación es mucho más sencillo que en esta Tierra. Al día siguiente observé que dos monjes charlaban frente al monasterio, y luego uno de ellos se dirigía hacia mí para pedirme ayuda: “Por favor, trae una pala del monasterio para cavar una fosa”. Un ciervo había amanecido muerto, ¡justo sobre el lugar en que yo había estado recitando la noche anterior! -¿Habría ido a renacer a la tierra pura? –cavilaba para mis adentros mientras lo levantábamos por las patas y lo enterrábamos, mirando hacia el oeste. Volvimos a recitar el nombre del Buda Amitabha durante algunos minutos al pie de su tumba y luego regresamos al monasterio caminando en silencio bajo la fría llovizna.

En la sala de meditación, y en los participantes, nada parecía haber cambiado respecto a retiros invernales anteriores. Sin embargo, yo sí había cambiado. Durante ese retiro, los intentos vanos de todo el mundo por mantenerse despiertos y todo aquel esfuerzo físico y mental, en lugar de parecerme encomiable, incluso divertido, me pareció trágicamente baldío. Descubrí lleno de tristeza que aquellas gentes consideraban que la meditación, y en general toda práctica espiritual, consistía en machadas ascéticas. Yo no me sentía mejor que ninguno de ellos, ni tampoco capaz de hacerlo mejor en el futuro. Fue durante ese retiro cuando, sin necesidad de decidir nada, la vida elegía otro camino para mí. No me ordenaría. Volvía a la vida de laico.

PD: Gracias Tito por enviarme el enlace del video.

Semana Santa en Astorga, 2011He pasado la Semana Santa en mi pueblo, y por primera vez me acerqué a ver las procesiones de las que Astorga presume. Me sorprendió comprobar la existencia de tantas cofradías tan nutridas en una ciudad relativamente pequeña (12 000 habitantes), muestra inequívoca de la vitalidad y fortaleza que esta tradición posee en este rincón de España. Cada cofradía sale de las diferentes iglesias de la ciudad en dirección a la Plaza Mayor, donde confluyen antes de desembocar en la catedral. Las coloridas túnicas y capirotes, los tambores, los botafumeiros esparciendo la fragancia del incienso y la solemne multitud congregada, con presencia de numerosos peregrinos del Camino de Santiago, son algunos de los estímulos presentes en Astorga durante estas celebraciones.

En estas fechas se rememora la muerte y resurrección de Jesús. Cuando pensamos en esos acontecimientos históricos, en tiempos de los romanos, tenemos la sensación de que sucedieron en una época remota de la antigüedad. Sin embargo, los habitantes de la península Ibérica ya habían pintado las magníficas cuevas de Altamira unos doce mil años antes, y aún podríamos retroceder varias decenas de miles de años a pinturas similares encontradas en las proximidades de los Pirineos. Es decir, hasta la llegada de los romanos y el cristianismo, los íberos habían desarrollado a lo largo de milenios su propia cosmología y religión, con incorporaciones celtas, fenicias, cartaginesas y griegas durante el último milenio antes de Cristo. Visto así, en perspectiva, nos damos cuenta de que el cristianismo no es una religión tan antigua como pensábamos.

Durante los primeros siglos después de Cristo, en su proceso de introducción en el occidente europeo, el cristianismo incorporó las milenarias tradiciones locales como propias para convertir más fácilmente a las gentes, adaptadas a una nueva iconografía pero respetando y manteniendo un significado simbólico muy similar.

Los dos principales eventos anuales del cristianismo son la Navidad y la Semana Santa, la primera se celebra el 25 de diciembre y la segunda en una fecha basada en un calendario solar y lunar que coincide con la primavera. Este detalle por sí solo nos proporciona una pista muy poderosa sobre la cosmología que precedió al cristianismo. El solsticio de invierno es cuando tiene lugar el día más corto del año, a partir del cual los días comienzan a crecer de nuevo. Conforme avanza el invierno, el sol amanece cada mañana un poquito más hacia el norte sobre el horizonte, y así continúa hasta alcanzar el equinoccio de primavera, a partir del cual la duración del día es mayor que la de la noche.

Los padres del cristianismo fijarían la fecha de la Natividad, el nacimiento de Jesús, en torno al solsticio de invierno para canalizar una tradición ancestral que celebraba el nacimiento simbólico del sol durante el solsticio de invierno. De igual modo, fijarían la muerte y resurrección de Jesús con la llegada de la primavera, íntimamente asociada a la resurrección de la vida, tras la finalización del invierno. Concretamente, la Semana Santa se fija a partir de la primera luna llena después del equinoccio de primavera. Existe una razón cósmica para ello, y es que en esa fecha es cuando el sol por primera vez en el año consigue salir sobre el horizonte más hacia el norte que la luna llena.

Cromlech de Los Almendres, Alentejo, Portugal

Precisamente, en esa fecha es cuando en Iberia se conmemoraba el triunfo del sol sobre la luna hace al menos siete mil años, en monumentos como el crómlech de Almendres, en el Alentejo (Portugal), uno de los monumentos más antiguos del mundo. Este monumento fue obra de los llamados constructores de megalitos. Esta cultura existió durante unos tres milenios (entre el 4600 y el 1600 a.C.). En aquella época, el sol transitaba entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera sobre las constelaciones zodiacales de Acuario, Aries y Piscis. Si ahora prestamos atención a las representaciones de estos signos invernales descubriremos algo sorprendente.

La representación de Acuario, como un joven vertiendo agua desde un cántaro apoyado sobre su cintura, “recuerda” muchísimo a la sangre que derrama Jesús desde la herida de su costado mientras es crucificado. “Uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado y al instante salió sangre y agua”, dicen los evangelios (Juan 19: 33-34). Así pues, la sangre derramada desde el constado de Jesús podría ser una referencia a la constelación de Acuario. El icono fundamental del cristianismo, sobre todo en el catolicismo, es Jesús crucificado, derramando sangre. ¿Supervivencia simbólica de sacrificios humanos llevados a cabo durante los solsticios de invierno en la época megalítica? Muy posiblemente. La intención sería la de transferirle vida al sol para salvar a la humanidad de morir en la oscuridad.

  

La asociación de Jesús con los símbolos del pez y del cordero también se puede explicar en clave cósmica, porque las otras dos constelaciones invernales durante el megalitismo, Piscis y Aries, son representadas precisamente mediante los peces y el cordero.

En definitiva, en la iconografía cristiana se perciben los ecos de un sustrato muy anterior de cariz cósmico. La Semana Santa en concreto deriva de los sacrificios humanos acaecidos durante el invierno, propios de una cultura solar, durante la época del megalitismo.

La pasión con la que se vive la Semana Santa en España podría ser el legado transmitido a través de nuestra consciencia colectiva de aquellos primeros sacrificios humanos al sol, transmutados en iconografía cristiana a Jesús dando su vida para salvar a la humanidad.

Si este artículo te pareció interesante, échale un vistazo a este otro: Cristo nació antes de Cristo.

El viaje de Chihiro (en inglés Spirited Away) es una extraordinaria película de animación del director japonés Miyazaki, rebosante de simbolismo.

La película narra las aventuras de una niña en un pueblo fantasma para rescatar a sus padres, convertidos en cerdos. Como vamos a ver, debajo de esta fábula es posible vislumbrar la mayor de las conquistas del ser humano: la de uno mismo.

El pueblo fantasma representa la vida. La casa de baños es nuestro cuerpo, y Chihiro representa nuestro anhelo espiritual.

La regenta de la casa de baños (cuerpo) es Yubaba, la mente o ego. Yubaba cuida de un enorme y caprichoso bebé al que mantiene encerrado, aislado del exterior en una habitación llena de juguetes. Este bebé representa las emociones.

En los aposentos de Yubaba, en lo alto de la casa de baños (en la cabeza), hay un pájaro malévolo y tres cabezas saltarinas. Miyazaki ilustra así los tres niveles evolutivos: reptiliano (pájaro), mamífero (bebé) y humano (Yubaba). En otras palabras: el instinto de supervivencia (comida y sexo), las emociones y la inteligencia.

Como en un espejo, Miyazaki refleja nuestra existencia sobre un pueblo fantasma: la vida cotidiana durante el día se refleja en la actividad frenética del pueblo fantasma durante la noche. Y viceversa, cuando nos acostamos cada noche es cuando amanece en el pueblo, por eso Yubaba (el ego) abandona volando la casa de baños. Magnífica metáfora de lo que sucede al quedarnos dormidos, la sensación de que nuestro ego nos abandona, que sale volando.

La multitud de empleados que trabajan en la casa de baños representa la multitud de pensamientos y actividades mentales que realizamos durante el día para atraer a los fantasmas (estímulos sensoriales). Miyazaki dibuja a los empleados como ranas, seres anfibios, para simbolizar la transición entre pensamientos (agua) y actos (tierra).

En la casa de baños habitan tres personajes especiales (no son ranas): Haku, Kamaji y Lin. Cada uno de ellos representa un aspecto fundamental de nuestra reconquista. El joven Haku puede transformarse en un dragón y es respetado por todos, pero sufre porque Yubaba le ha robado el nombre. Entre él y Chihiro surge una profunda amistad, un amor puro entre el anhelo espiritual (Chihiro) y la capacidad de transformación (Haku), capaz de derrotar a la tiranía del ego.

Haku aconseja a Chihiro que vaya a ver al viejo Kamaji y le pida un trabajo en las calderas, en la parte baja de los baños, donde prepara aguas aromáticas. Kamaji representa el cuerpo al servicio de la mente, trabajando sin descanso para satisfacer todos sus deseos. Incluso las células aparecen como bolitas negras que arrojan carbón a las calderas.

Kamaji le dice a la niña que suba a hablar con Yubaba, que es quien toma las decisiones. Para llegar hasta la parte alta de la casa de baños donde habita Yubaba (en la cabeza), Chihiro ha de montarse en varios ascensores. Allí conoce a Lin, una joven sirvienta refunfuñona pero siempre dispuesta a echar una mano. Lin representa la capacidad de sacrificio y el esfuerzo.

Yubaba accede a regañadientes a contratar a Chihiro robándole su nombre; supone que la dureza del trabajo hará que lo olvide. Miyazaki le otorga al ego la capacidad de apropiarse de nombres, indicando que su poder es más conceptual que real.

El primer trabajo de Chihiro es bañar a un enorme fantasma pestilente: ha llegado la hora de remangarse y limpiar lo más apestoso de nuestra personalidad. Con el esfuerzo de todos, incluido Yubaba, libran al pesado fantasma de la porquería que arrastraba hasta revelar su auténtica naturaleza: un reluciente espíritu de río. El agradecido espíritu recompensa a Chihiro con una bola mágica, con la que ella piensa liberar a sus padres. Este episodio ilustra el primero y más duro de los trabajos espirituales: limpiar la mente y corregir los malos hábitos.

El segundo de los fantasmas que Chihiro ha de tratar es una sombra negra con careta que no parece tan desagradable, incluso es ella quien lo invita a entrar en la casa de baños. Este fantasma tiene el poder de generar pepitas de oro, a cambio de las cuales los sirvientes se desviven en atenciones. Conforme el fantasma devora los manjares ofrecidos y comienza a aumentar de tamaño, se vuelve descontrolado, engulle varios empleados y amenaza con destruir la casa de baños. Pero Chihiro no se deja tentar por el oro, siente pena por él y acaba dándole la mitad de la bola mágica. El fantasma comienza a vomitar, a purificarse, hasta revertir de nuevo en su aspecto inocuo, una sombra que ahora sigue sumisa a la niña. Este episodio simboliza el autocontrol de impulsos, codicias y apetitos.

En su intento por lograr su libertad y la de Chihiro, Haku roba un talismán a otro de los personajes clave de la película: la hermana gemela de Yubaba. Aunque idénticas físicamente, los principios por los que rigen sus vidas son diametralmente opuestos, como imágenes especulares. La hermana de Yubaba es el reverso del ego, el resultado de transformar la inteligencia en sabiduría. La hermana (sabiduría) entra en los aposentos de Yubaba (ego) guiada por Chihiro (anhelo espiritual) sin ella saberlo. Una vez dentro, convierte al gigantesco bebé en un ratoncito y al pájaro malvado en una mosca. El efecto de la sabiduría cuando accede a la mente es ese: reducir las emociones infantiles y la maldad hasta convertirlas en aspectos inofensivos de nuestra personalidad.

Durante el robo del talismán, Haku es herido gravemente. Chihiro le da la otra mitad de la bola mágica y decide devolver el talismán a la hermana de Yubaba. Para ello ha de emprender un largo viaje en tren sobre las aguas que rodean al pueblo fantasma, en compañía del ratón, la mosca y el fantasma sin cara. Se bajan en una solitaria parada donde son recibidos por un candil. La luz les guía hasta la hermana de Yubaba, quien los recibe con hospitalidad en una casa de campo sencilla y acogedora. Poco después aparece Haku trasformado en un espléndido dragón, a lomos del cual Chihiro regresa al pueblo fantasma. Mientras vuelan, Chihiro recuerda la identidad de Haku como la del espíritu del río en el que ella casi se ahoga de pequeña. Al escuchar su nombre, Haku consigue romper el maleficio de Yubaba. Todo este episodio ejemplifica el momento en el que nosotros, en total dominio de emociones y apetitos y en contacto con la sabiduría, reconocemos nuestra verdadera naturaleza, esencial e innata.

La aventura está a punto de concluir, pero antes nuestra heroína ha de superar una última prueba: para dejarla partir, Yubaba la reta a que identifique a sus padres entre un grupo de cerdos. Chihiro contesta que ninguno es su padre o su madre y, efectivamente, todos los cerdos eran sirvientes (pensamientos) transformados. En ese momento, nuestro anhelo espiritual (Chihiro) logra al fin su objetivo: ya nunca más seremos engañados por el ego y sus pensamientos. Ahora sí, somos libres.

Chihiro regresa a la entrada del pueblo, al punto de partida en el que aguardan sus padres, quienes no se han enterado de nada. En apariencia somos los mismos; sin embargo, en nuestro interior se ha obrado una profunda e irreversible transformación.

Si este artículo te pareció interesante, prueba a leer los primeros capítulos de mi novela La Corona del Zodiaco.

carátula CdZ
Arriba: Novela.
Abajo: Trilogía.

mme

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Marineros de piedra
"Un libro extraordinario que revoluciona la historia".
-Gavin Menzies, autor de 1421 y The Lost Empire of Atlantis

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