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En La odisea, Homero nos cuenta las aventuras y desventuras de Ulises (Odiseo en su versión original griega), desde que se va a la guerra de Troya hasta que vuelve al cabo de veinte años a su Ítaca natal.

Que una de las primeras obras de la literatura sea para muchos la mejor no deja de ser paradójico: ¿habremos progresado algo los humanos en los últimos tres mil años?

Como todas las obras maestras, La odisea se ofrece a múltiples interpretaciones. En este artículo, yo voy a profundizar en su significado espiritual: La odisea es el mapa que nos lleva de vuelta a nuestra verdadera naturaleza.

ulysses-penelope1Esto es lo que representan los protagonistas:

Ulises: el anhelo espiritual por reencontrarnos.

Penélope (la fiel esposa): nuestra pureza inherente.

La diosa Atenea: nuestra sabiduría innata.

Los pretendientes de Penélope: el uso ordinario de los sentidos y los malos hábitos, siempre malgastando nuestra riqueza espiritual, constantemente soliviantando y acosando nuestra paz interior para satisfacer los apetitos sensuales.

Las aventuras marítimas de Ulises representan las pruebas que hemos de superar para lograr nuestro objetivo.

Todos debemos abandonar nuestra zona de confort, representada por la isla de la ninfa Calipso, para embarcarnos en el largo viaje de regreso a nuestro verdadero hogar a través de las aguas de la mente.

Debemos cegar el único ojo del gigante Polifemo —hijo del dios Poseidón— para escapar de la cueva en la que quiere devorarnos. ¿Debemos escapar de la visión dogmática de la religión que nos consume en su cueva?

Jean_Veber_-_Ulysses_and_Nausicaa,_1888La imagen de Ulises llegando agotado y desnudo a la isla de los feacios es una de las de mayor carga simbólica del libro. El hombre se echa en la tierra, se cubre de hojas y descansa en un sueño profundo. Nuestro antigua personalidad ha de morir para renacer renovados.

Ulises le narra al rey de los feacios los reveses y desventuras que lo han llevado hasta allí. Le habla de Eolo (control de la respiración); de los gigantes antropófagos Lestrigones (demonios interiores); de la hechicera Circe (la tentación de adquirir poderes sobrenaturales para beneficio propio); del descenso al Hades (descenso a lo más profundo de nuestra psique para hacer las paces con nuestros “muertos”); de las rocas Escila y Caribdis (las vértebras que protegen el canal central por el que asciende nuestra consciencia); de las sirenas (tentaciones que dispersan nuestra atención: por eso Ulises pide que lo aten al mástil, una poderosa imagen de la verticalidad del ascenso); de la isla del dios Helios (la gran luminosidad que se produce en la coronilla); etcétera.

Los feacios reconocen el linaje real de Ulises y le colman de tesoros antes de llevarlo de vuelta a su isla natal. Nuestra transformación interior es el mayor de los tesoros que podemos conseguir.

Ulises regresa a Ítaca disfrazado de vagabundo. No podemos restablecer nuestra autoridad sin estar preparados para ello. Debemos ser humildes y proceder con cautela.

La prueba en la que Ulises es el único capaz de disparar su arco es el punto álgido, simbólicamente hablando, del libro. Sentado, el héroe dispara una flecha que atraviesa doce hachas colocadas en hilera. En meditación, disparamos la energía que atraviesa los centros de consciencia (chakras) que se alinean en la columna vertebral.

080623-science-odysseus-hmed-2p.grid-6x2Con la ayuda de su hijo Telémaco (fruto de la unión entre el anhelo espiritual y la pureza interior) y un leal pastor de cerdos (control de los apetitos), Ulises masacra a los pretendientes y a las sirvientas corruptas de su casa y revela su identidad a Penélope. Con natural autocontrol y sin traza de impurezas, reconectamos con nuestra verdadera naturaleza y recuperamos el dominio de nuestro cuerpo y mente.

Ulises y Penélope se acuestan juntos. La transformación espiritual es irreversible.

La odisea concluye con el reencuentro entre Ulises y su padre Laertes, quienes, con la ayuda de Atenea, derrotan a los familiares de los pretendientes que vuelven para vengarse. La muerte del padre del cabecilla de los pretendientes representa el fin definitivo de nuestros malos hábitos, cortados de raíz.

Al fin sellan la paz. Ha llegado el momento de servir a la familia y a la sociedad, de poner nuestra sabiduría al servicio de los demás. El objetivo último de la vida no es rehuirla sino integrarnos en ella plenamente, de modo altruista y generoso.

Si esta interpretación te ha parecido interesante, te animo a leer la trilogía (los libros que aparecen en el margen superior izquierdo) que he escrito sobre este modo de entender los mitos y las historias más antiguas de la humanidad.

moanaAcabo de salir de los Estudios Pixar en California, donde he tenido el honor de ser invitado al preestreno de Moana, la última película de Disney.

Siento algo parecido a cuando por primera vez vi El viaje de Chihiro, otra gran película de animación sobre la que en su día escribí el post más visitado con diferencia de este blog.

Chihiro debe romper el maleficio que ha convertido a sus padres en cerdos, y Moana debe romper el maleficio que amenaza la vida en la isla de sus padres.

En la película de Miyazaki, para derrotar a la maquiavélica Yubaba, Chihiro contará con la ayuda de Haku, un joven capaz de transformarse en dragón; en la película de Disney, para derrotar al monstruo de lava, Moana contará con la ayuda de Maui, un semidios capaz de transformarse en todo tipo de animales.

La niña protagonista de ambas películas representa el anhelo inherente a todos nosotros por reconectar con nuestra verdadera naturaleza, para lo cual debemos emprender “el viaje del héroe”, el más importante ahora y siempre: el viaje a nuestro interior.

La abuela de Moana (sabiduría ancestral) es quien la anima a zarpar más allá del arrecife, hacia lo desconocido, en contra de la opinión de su padre (miedo). Para este viaje a través del océano de la mente, contaremos con la ayuda de nuestra propia capacidad de transformación (Maui), nuestra innata “divinidad” o fuerza espiritual.

Dos son los principales obstáculos de este viaje: nuestros pensamientos-emociones y nuestro ego. En Moana los pensamientos-emociones aparecen como una banda de cocos llamados Kakamora que a primera vista parecen inofensivos, incluso monos, pero que en realidad son violentos y peligrosos. Todavía más evidente es la representación del ego como el gigantesco cangrejo Tamatoa que vive en las profundidades del mar, henchido de vanidad (es un coleccionista de objetos brillantes) y arrogancia (la entrada a su mundo es una isla “estirada hacia arriba”).

La hermana gemela de Yubaba, quien representa su opuesto, la sabiduría, aparece cuando Chihiro le devuelve el talismán que le había robado Haku; y el monstruo de lava se transforma en una diosa dadora de vida cuando Moana le devuelve el talismán que le había robado Maui.

No creo arruinarles la película si adelanto que tiene un final feliz. Moana supera los peligros con la ayuda de Maui, supera también en solitario las dudas sobre su capacidad (la noche oscura del alma) y revela la gloriosa diosa dadora de vida que el monstruo de lava lleva dentro. Cuando transcendemos pensamientos y emociones y reducimos el ego a un ente inofensivo, reconectamos con nuestra verdadera  naturaleza. Entonces, de la fuente que todos llevamos dentro vuelve a brotar vida en vez de muerte, amor en vez de odio.

61cd18c76nl-_sx331_bo1204203200_Acabo de publicar la traducción del libro cuya lectura más me ha influenciado. Como ya hiciese antes con el Sutra Surangama, he comenzado cada día de los últimos tres años traduciendo un par de párrafos de este maravilloso texto.

Conocido también por otros nombres, como Sutra del Sexto Patriarca, Sutra de Hui Neng, Sutra del Estrado, Sutra de la Plataforma o Sutra del Altar, este sutra recoge las enseñanzas de un iletrado llamado Huineng que vivió en China entre los siglos VII y VIII.

Sus palabras nos hablan de nuestra maravillosa naturaleza, la naturaleza esencial e innata que no necesita profundos estudios ni arduas prácticas para manifestarse en todo momento en todo su esplendor. Lo único que se requiere es un cambio de perspectiva, radical pero accesible a cualquiera, sobre la manera de ver el mundo y lo que somos.

Huineng interpela a esa naturaleza en la que no cabe un “ego egoísta”, en la que dejamos de entendernos como entidades recortadas del tejido del universo.

El Camino consiste en un modo de ver, percibir y sentir que es el más natural, el que menos esfuerzo requiere, pues se transita cuando uno no busca nada ni se apega a nada, un Camino carente de forma o definición específica.

Te sorprenderá (también el precio).

bookcoverimage_viaje-ceroHace cinco mil años comprendíamos el propósito de la vida mejor que hoy en día. Entonces estudiamos el cielo y la tierra, cruzamos mares y océanos y, para asimilar tanto conocimiento, desarrollamos unas matemáticas sencillas con las que estimar nuestra localización física sobre un planeta esférico, pero sobre todo nuestra posición espiritual como seres humanos en el ciclo de la vida y la muerte.

Los mitos, tan denostados como fuente de conocimientos objetivos, nos hablan de una época dorada en la que las ciudades se construían en las costas y sin muros. El desarrollo de la metalurgia —particularmente la del hierro—, lejos de traer progreso, trajo guerras, ignorancia y el abandono progresivo de los viajes transoceánicos. Pero esa es otra historia, de hecho esa es la Historia, y Viaje Cero trata de lo que sucedió antes, en la pre-Historia.

Comienzo Viaje Cero con un capítulo introductorio que resume los principales descubrimientos recogidos en Marineros de piedra (mi primer libro). A continuación aporto las pruebas de la presencia de marineros ibéricos por todo el orbe, y cómo fueron ellos quienes dieron origen a las que todavía se consideran como las primeras civilizaciones: en Mesopotamia, Egipto, América, India o las islas del Pacífico.

LG cubierta2012 fue el año en el que quise probarme como cuentista. Hasta entonces había escrito, aparte de una veintena de artículos científicos y hasta religiosos, un libro de historia en el que demostraba la existencia de la Atlántida. Pues bien, si difícil fue descubrir la Atlántida, casi lo fue más escribir cuentos.

Tras Marineros de piedra —así titulé el histórico libro— mis palabras buscaban ir más allá de la mera transmisión de información, buscaban provocar, arrancar una reflexión, una sonrisa, un bufido, lo que fuese… «girar la ruleta de las emociones». Pero en mi esfuerzo centrípeto por aproximarme a la literatura resultó que salí absurdamente centrifugado a pesar de haber recibido laureles a gogó. (Por cierto, una expresión tan fascinante que se ha colado en el título principal, quizá porque me recuerda a las gogós que bailan sensualmente subidas a cualquier cosa, o por su similitud con gagá, o porque parezca exclamar en inglés —aunque venga del francés— aquello que inmortalizó La Faraona en la boda de su hija: «¡Si me queréis, irse!»).

Así es, todos los relatos recogidos en este recopilatorio recibieron algún tipo de distinción: unos recibieron laureles y otros los rozaron con las yemas de sus títulos antes de que fueran a parar a las cabezas de otros.

Los 25 cuentos aquí presentes han sido todos seleccionados por diferentes jurados, lo que significa que personas lo suficientemente interesadas en la literatura como para organizar concursos se han tomado la molestia de leer un montón de cuentos antes de decidir que el tuyo es el mejor o está entre los mejores. ¿Que qué parámetros evalúan? Muy sencillo, sólo uno: me gusta o no. Intentar ir más allá de esta perogrullada es tarea imposible —ni siquiera críticos y entendidos tienen la última palabra al respecto— porque, como ya nos lo advierte el refrán, sobre gustos no hay nada escrito.

Marineros de piedra: El origen celeste y atlántico de la Civilización ha sido el primer libro que he publicado. En sus ocho meses de existencia, he vendido y distribuido unos 600 ejemplares de la versión en inglés y unos 100 de la española, lo que no está nada mal para ser un libro autopublicado.

Por otra parte, el libro ha recibido hasta la fecha más de 100 comentarios en Goodreads, con una muy buena calificación media, casi cuatro estrellas (exáctamente 3,95 al día de hoy).

Algunos expertos, como Neil Wiseman (prestigioso crítico de The Megalithic Portal), o escritores como Gavin Menzies (autor de 1421 y The Lost Empire of Atlantis), la doctora Anna Ntinti (historiadora especializada en Platón), o el doctor Reinoud de Jonge (experto en el arte megalítico), entre muchos otros, han escrito excelentes críticas sobre mi libro.

Todo esto está muy bien… pero no es suficiente. Durante estos meses, los detalles a ser modificados se fueron acumulado, hasta que finalmente me decidí a producir una nueva edición. La principal razón fue revisar completamente el texto de la versión en inglés, tarea en la que han colaborado numerosas personas, aunque debo señalar a una en especial, a mi amiga galesa Gill… Diolch yn fawr!

Aprovechando esa intervención editorial, decidí introducir varias modificaciones con el fin de facilitar su lectura. Por ejemplo, trasladé las notas al pie al final de cada capítulo, mejoré la calidad del papel y del tipo de letra, y aumenté considerablemente el número de páginas para dar cabida a figuras y fotos de mayor tamaño y calidad. Además, inversamente proporcional al aumento de calidad, ¡le he bajado el precio!

Ahora sólo espero que lo disfrutéis… y que continuéis dándome vuestra opinión. ¡Muchas gracias!

P.D. Al hacer clic en la portada del libro (esquina superior izquierda) podéis ver los detalles en Amazon.es (también disponible en la mayoría de sus filiales internacionales).

—¿Qué te parece si vamos a visitar Nalanda por la tarde? —dijo el motero melenudo y meditador.

—¿La universidad? —pregunté extrañado.

Yo no había hecho mis deberes antes de viajar a la India, y además había renunciado a la imprescindible “Biblia del viajero” (el Lonely Planet de turno), por lo que ignoraba que la famosa universidad estuviese tan cerca de Rajgir.

Nalanda está considerada como la primera universidad del mundo (algunos de sus edificios datan del reinado del emperador Ashoka, en el siglo III a. C.) , y en su apogeo llegó a contar con varios miles de estudiantes y profesores. Allí se estudiaban materias no sólo metafísicas, sino también filosofía, matemáticas, astronomía, alquimia y medicina.

—Sus ruinas se pueden visitar —contestó.

Apenas pude comer algo de chapatti (pan indio en forma de torta) y, a pesar de sentirme todavía débil a causa de la diarrea, no dejé pasar la oportunidad.

Los restos arqueológicos son abrumadores, y eso que sólo hay excavado un diez por ciento del recinto original. Ruinas de templos, estupas, aulas, librerías, dormitorios, patios, todo de ladrillo rojizo y dimensiones colosales, dejaban entrever la efervescencia intelectual y espiritual que en su día existió allí… hasta que una horda invasora la arrasó a finales del siglo XII. Cosas de humanos.

Rajgir Stupa on top of Vulture's Peak (photo by Anuradha Goyal)Aparcamos la moto en la base de la montaña del Pico del Buitre, justo a la entrada del teleférico que los japoneses construyeron para acceder más fácilmente a su cumbre.

Nosotros decidimos caminar. En poco menos de una hora llegamos a la cueva y plataforma donde el Buda expuso el Sutra del Loto. Mi amigo encendió varias velas y quemó algo de incienso, antes de sentamos allí a meditar. Por fin, después de tantos días intentándolo, conseguía subir al Pico del Buitre.

Me preguntaba si mi ayuno involuntario (a causa de la diarrea) no estaría relacionado con la necesidad de acceder a estos lugares tan sagrados con el cuerpo purificado.

Continuamos ascendiendo hasta la mismísima cumbre donde también los japoneses construyeron una enorme estupa, y desde donde las vistas son magníficas.

“Yo me gano la vida construyendo estupas similares a ésta en California”, me dijo el motero mientras la circunvalábamos tres veces hacia la derecha.

Curioso personaje.

Exangüe, caminé hasta uno de los establecimientos del barrio musulmán, siempre de trato exquisito, para ingerir un plato de arroz hervido.

De regreso al monasterio, un tipo grandón y melenudo se me acercó a bordo de una Harley Davidson (más adelante descubriría que en realidad era una Royal Enfield).

—Hola, ¿sabes de algún lugar donde poder pasar la noche por aquí? —me preguntó con tono más educado del que su aspecto sugería.

—Yo estoy alojado en ese monasterio birmano, que no está mal —contesté señalando hacia sus dependencias.

Al amanecer me levanté para meditar en la azotea. Nunca hubiese imaginado que el motero también meditase, pero allí estaba, sentado en medio loto sobre un aislante. Nos levantamos casi a la vez.

—Buenos días —saludé.

—¿Qué te pasa en la frente? —fue toda su respuesta.

Me llevé la mano allí y note una anormal irregularidad en la piel. Salí de inmediato hacia el espejo para descubrir la causa: chupópteros. La noche pasada, en mi agotamiento, me había quedado dormido con media cabeza fuera de la mosquitera, para fiesta y jolgorio de mis alados amigos. Entre “lavativas” y “sangrados” nunca antes en mi vida había estado tan puro como entonces.

—Voy a visitar el Pico del Buitre, ¿quieres venir conmigo? —me preguntó el motero, mientras untábamos unas tostadas en una cafetería.

—Llevo intentándolo varios días —dije sorprendido por la inesperada ayuda—. Nada me apetecería más.

A la tercera iría la vencida, y acabaría subiendo al Pico del Buitre en compañía del motero melenudo meditador, como veremos en el próximo artículo.

A la mañana siguiente salí a la calle con la ilusión de patear la capital de la India, pero lo que no sospechaba es lo pronto que se tornaría en desilusión a causa del intenso acoso que recibiría por parte de niños mendigos, y toda una ralea de timadores. Además, mis zapatillas naranjas ejercían un magnetismo poderosísimo sobre aquellas gentes, en especial sobre los adolescentes, a quienes les resultaba imposible no acercarse para contemplarlas de cerca.

Regresé al hotel (uno para extranjeros, con las comodidades típicas de un hotel convencional) casi corriendo, cambiando aceras para despistar a la turba de mendigos, adolescentes y embaucadores que revoloteaba a mi alrededor. Tampoco resultaría muy diferente al día siguiente, a excepción de que entonces ya sabía lo que me esperaba al pisar la calle, de entre lo cual lo peor era la visión de los niños mendigos, muchos de ellos tullidos.

Pero entonces ocurrió el proverbial encuentro con uno de los conductores de rickshaws (taxis-bicicletas), sobre el que ya escribí un post con anterioridad. Seguí su consejo y me compré el típico atuendo indio, con la camisa larga casi a la altura de las rodillas.

A la mañna siguiente, al salir a la calle disfrazado de indio de la India, con algo de barba y con chanclas en lugar de refulgentes zapatillas, Delhi se transformó en otra ciudad. A partir de entonces podía caminar, tomarme un chai (té con leche hirviendo), abordar un rickshaw, callejear por la Vieja Delhi sorteando los escupitajos rojizos (unos preparados envueltos con hojas de betel con efectos estimulantes), y hasta disfrutar del océano de colores, olores y sabores únicos.

La India es intensa; la India es incomparable. Por fin me sentí con la capacidad de viajar, y no como un turista sino como un indio más, de peregrinar por los lugares donde Buda vivió dos mil quinientos años atrás.

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Marineros de piedra


"Un libro extraordinario que revoluciona la historia".
-Gavin Menzies, autor de 1421 y The Lost Empire of Atlantis

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