El viaje de Chihiro (en inglés Spirited Away) es una extraordinaria película de animación del director japonés Miyazaki, rebosante de simbolismo.

La película narra las aventuras de una niña en un pueblo fantasma para rescatar a sus padres, convertidos en cerdos. Como vamos a ver, debajo de esta fábula es posible vislumbrar la mayor de las conquistas del ser humano: la de uno mismo.

El pueblo fantasma representa la vida. La casa de baños es nuestro cuerpo, y Chihiro representa nuestro anhelo espiritual.

La regenta de la casa de baños (cuerpo) es Yubaba, la mente o ego. Yubaba cuida de un enorme y caprichoso bebé al que mantiene encerrado, aislado del exterior en una habitación llena de juguetes. Este bebé representa las emociones.

En los aposentos de Yubaba, en lo alto de la casa de baños (en la cabeza), hay un pájaro malévolo y tres cabezas saltarinas. Miyazaki ilustra así los tres niveles evolutivos: reptiliano (pájaro), mamífero (bebé) y humano (Yubaba). En otras palabras: el instinto de supervivencia (comida y sexo), las emociones y la inteligencia.

Como en un espejo, Miyazaki refleja nuestra existencia sobre un pueblo fantasma: la vida cotidiana durante el día se refleja en la actividad frenética del pueblo fantasma durante la noche. Y viceversa, cuando nos acostamos cada noche es cuando amanece en el pueblo, por eso Yubaba (el ego) abandona volando la casa de baños. Magnífica metáfora de lo que sucede al quedarnos dormidos, la sensación de que nuestro ego nos abandona, que sale volando.

La multitud de empleados que trabajan en la casa de baños representa la multitud de pensamientos y actividades mentales que realizamos durante el día para atraer a los fantasmas (estímulos sensoriales). Miyazaki dibuja a los empleados como ranas, seres anfibios, para simbolizar la transición entre pensamientos (agua) y actos (tierra).

En la casa de baños habitan tres personajes especiales (no son ranas): Haku, Kamaji y Lin. Cada uno de ellos representa un aspecto fundamental de nuestra reconquista. El joven Haku puede transformarse en un dragón y es respetado por todos, pero sufre porque Yubaba le ha robado el nombre. Entre él y Chihiro surge una profunda amistad, un amor puro entre el anhelo espiritual (Chihiro) y la capacidad de transformación (Haku), capaz de derrotar a la tiranía del ego.

Haku aconseja a Chihiro que vaya a ver al viejo Kamaji y le pida un trabajo en las calderas, en la parte baja de los baños, donde prepara aguas aromáticas. Kamaji representa el cuerpo al servicio de la mente, trabajando sin descanso para satisfacer todos sus deseos. Incluso las células aparecen como bolitas negras que arrojan carbón a las calderas.

Kamaji le dice a la niña que suba a hablar con Yubaba, que es quien toma las decisiones. Para llegar hasta la parte alta de la casa de baños donde habita Yubaba (en la cabeza), Chihiro ha de montarse en varios ascensores. Allí conoce a Lin, una joven sirvienta refunfuñona pero siempre dispuesta a echar una mano. Lin representa la capacidad de sacrificio y el esfuerzo.

Yubaba accede a regañadientes a contratar a Chihiro robándole su nombre; supone que la dureza del trabajo hará que lo olvide. Miyazaki le otorga al ego la capacidad de apropiarse de nombres, indicando que su poder es más conceptual que real.

El primer trabajo de Chihiro es bañar a un enorme fantasma pestilente: ha llegado la hora de remangarse y limpiar lo más apestoso de nuestra personalidad. Con el esfuerzo de todos, incluido Yubaba, libran al pesado fantasma de la porquería que arrastraba hasta revelar su auténtica naturaleza: un reluciente espíritu de río. El agradecido espíritu recompensa a Chihiro con una bola mágica, con la que ella piensa liberar a sus padres. Este episodio ilustra el primero y más duro de los trabajos espirituales: limpiar la mente y corregir los malos hábitos.

El segundo de los fantasmas que Chihiro ha de tratar es una sombra negra con careta que no parece tan desagradable, incluso es ella quien lo invita a entrar en la casa de baños. Este fantasma tiene el poder de generar pepitas de oro, a cambio de las cuales los sirvientes se desviven en atenciones. Conforme el fantasma devora los manjares ofrecidos y comienza a aumentar de tamaño, se vuelve descontrolado, engulle varios empleados y amenaza con destruir la casa de baños. Pero Chihiro no se deja tentar por el oro, siente pena por él y acaba dándole la mitad de la bola mágica. El fantasma comienza a vomitar, a purificarse, hasta revertir de nuevo en su aspecto inocuo, una sombra que ahora sigue sumisa a la niña. Este episodio simboliza el autocontrol de impulsos, codicias y apetitos.

En su intento por lograr su libertad y la de Chihiro, Haku roba un talismán a otro de los personajes clave de la película: la hermana gemela de Yubaba. Aunque idénticas físicamente, los principios por los que rigen sus vidas son diametralmente opuestos, como imágenes especulares. La hermana de Yubaba es el reverso del ego, el resultado de transformar la inteligencia en sabiduría. La hermana (sabiduría) entra en los aposentos de Yubaba (ego) guiada por Chihiro (anhelo espiritual) sin ella saberlo. Una vez dentro, convierte al gigantesco bebé en un ratoncito y al pájaro malvado en una mosca. El efecto de la sabiduría cuando accede a la mente es ese: reducir las emociones infantiles y la maldad hasta convertirlas en aspectos inofensivos de nuestra personalidad.

Durante el robo del talismán, Haku es herido gravemente. Chihiro le da la otra mitad de la bola mágica y decide devolver el talismán a la hermana de Yubaba. Para ello ha de emprender un largo viaje en tren sobre las aguas que rodean al pueblo fantasma, en compañía del ratón, la mosca y el fantasma sin cara. Se bajan en una solitaria parada donde son recibidos por un candil. La luz les guía hasta la hermana de Yubaba, quien los recibe con hospitalidad en una casa de campo sencilla y acogedora. Poco después aparece Haku trasformado en un espléndido dragón, a lomos del cual Chihiro regresa al pueblo fantasma. Mientras vuelan, Chihiro recuerda la identidad de Haku como la del espíritu del río en el que ella casi se ahoga de pequeña. Al escuchar su nombre, Haku consigue romper el maleficio de Yubaba. Todo este episodio ejemplifica el momento en el que nosotros, en total dominio de emociones y apetitos y en contacto con la sabiduría, reconocemos nuestra verdadera naturaleza, esencial e innata.

La aventura está a punto de concluir, pero antes nuestra heroína ha de superar una última prueba: para dejarla partir, Yubaba la reta a que identifique a sus padres entre un grupo de cerdos. Chihiro contesta que ninguno es su padre o su madre y, efectivamente, todos los cerdos eran sirvientes (pensamientos) transformados. En ese momento, nuestro anhelo espiritual (Chihiro) logra al fin su objetivo: ya nunca más seremos engañados por el ego y sus pensamientos. Ahora sí, somos libres.

Chihiro regresa a la entrada del pueblo, al punto de partida en el que aguardan sus padres, quienes no se han enterado de nada. En apariencia somos los mismos; sin embargo, en nuestro interior se ha obrado una profunda e irreversible transformación.

Nota: En mi libro Viaje Cero abordo de igual modo la interpretación de los mitos y monumentos más antiguos de la humanidad.

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