Mis padres tienen un apartamento en la costa del Mediterráneo donde todos los veranos la familia vamos a pasar unos días. Además del bañito en la playa y de las partidas de petanca, no faltan los paseos hasta el casco antiguo del pueblo, arrebujado alrededor de un cerro coronado por un castillo de origen árabe. También solemos ir de visita a un cercano torreón construido en el siglo XV para proteger la costa de incursiones berberiscas.

Otra visita obligada es a la cercana Marina Dor. Lo más terrorífico de este paseo es la constatación del excesivo grado de urbanización del lugar y los faraónicos planes de futuro. Bajo una enorme carpa se muestran los planos para la construcción de una ciudad estilo Las Vegas, bajo la falacia de que construir por construir es siempre un signo de progreso. El proyecto estrella es un parque temático llamado Mundo Ilusión, dejando claro sus intenciones porque conviene recordar que el término ilusión se refiere a cualquier distorsión de una percepción sensorial. Su objetivo es engañar, confundir, vender progreso y puestos de trabajo cuando la realidad es que se trata de una trama especulativa de proporciones mundiales que va a machacar todavía más una costa sobreurbanizada para el enriquecimiento de unos pocos promotores. Ya no hay incursiones berberiscas pero los ladrones siguen azotando la región, vestidos con chaqueta y finos bigotes en lugar de turbantes.

Quizá este puede ser un buen momento para recordar mi única visita a Las Vegas, a la norteamericana, a donde acudí de paso hacia el Valle de la Muerte. Aunque, ahora que lo pienso, tal diese la impresión de que sus nombres hayan sido permutados por alguno de esos encantadores que menciona Don Quijote, porque el valle es una vega y la ciudad está muerta. A pesar de su nombre, el Valle de la Muerte rebosa vida vegetal y animal humilde pero bien adaptada, y en sus rocas, gargantas y dunas se siente el poder telúrico de tan singular lugar.

La ciudad de Las Vegas, por el contrario, es un espejismo del desierto, un truco de ilusionista cuyo artificio sólo resulta creíble de noche, bajo las luces de neón. Y ni eso, porque si uno es capaz de mirar a otro lugar que no sean los infinitos estímulos artificiales, y observa a las personas que deambulan por allí, verá los rostros apagados de camareras y croupieres, y sobre todo de los clientes, en su mayoría jubilados a quienes les vendieron Las Vegas como el merecido descanso tras su retiro, y todo lo que encuentran allí es una engañifa de proporciones colosales dispuesta a retirar con mimo hasta el último dólar de sus carteras. Durante el día, cuando el embeleco eléctrico no puede competir con la iluminación cenital del sol, el cartón-piedra se revela en toda su magnitud, pero a esas horas los despojados duermen en sus habitaciones, esforzándose en soñar que son felices.

Otro de los proyectos de Las Vegas española (aparte del Mundo Ilusión) lleva por nombre Discoteca Buda, y consiste en una colosal estatua de un buda rodeada de barras, terrazas y pistas de baile. Buda, nirvana, karma y algún que otro vocablo budista suenan exóticos. Imaginad que de viaje por algún lugar de Asia os encontráis con la Discoteca Jesucristo, con una gran estatua de Cristo rodeada de gente bailando y bebiendo cubatas. ¿No os resultaría irrespetuoso? Curiosamente, en budismo la figura del demonio se asocia a la personificación de la ilusión en la que vivimos, tomando por cierto algo que es solo eso, una ilusión, una distorsión.

Esta foto la tomé hace un par de días en las calles de León. Buda y Elvis Presley poseen el mismo poder iconográfico de lo lejano y exótico. No es maldad sino ignorancia.

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