De vacaciones en el Mediterráneo, en Oropesa del Mar, me gusta ir a comprar la fruta y la verdura directamente a los agricultores de la villa de Cabanes, situada al otro lado del Desierto de las Palmas, por ser mucho más fresca, sabrosa y barata que la de los supermercados. Los melocotones son tan dulces y jugosos como grandes, y siempre aparto alguno bien maduro para dar buena cuenta de él in situ. Antes lo lavo en la céntrica fuente de los cuatro caños y me lo como mientras paseo hasta la coqueta plaza del ayuntamiento y de la iglesia de San Juan Bautista. No falta la visita al Arco Romano, donde es posible encontrar restos de cerámica romana sigillata por sus alrededores.

De regreso casi siempre paro en medio del Desierto de las Palmas, el cual de desierto sólo tiene el nombre pues abunda la vegetación propia del monte mediterráneo y el palmito. Me gusta detenerme a la altura de la fuente de Miravet, que toma su nombre de un castillo próximo que perteneció nada menos que al Cid, para llenar una garrafa con sus aguas dulces y frescas. Por cierto, gracias a la existencia de un mosquito endémico de ese paraje natural, los buldóceres no han podido entrar para ensanchar la carretera, y aunque ésta tenga alguna revuelta fastidiadilla, bien vale la pena, incluso y especialmente para los locales, que tienen en esa naturaleza su mayor tesoro, aunque lo ignoren.

Alguna vez me fui de caminata por el así llamado desierto. Recuerdo especialmente el día en que salí caminando desde Oropesa en dirección a la sierra del desierto más cercana, situada justo a sus espaldas, y que lleva por nombre del Señor. Crucé por debajo de la autopista a través de un túnel-desagüe, y durante varias horas ascendí dificultosamente por sus escarpadas laderas. Cuando estaba a punto de coronar, me di de bruces con una jabalina y sus rayones. Al igual que cuando en la base del monte me topé con un perro negro de aspecto inquietante, la recitación del mantra de la compasión consiguió que los encuentros se quedasen en sustos. La magnífica vista desde lo alto de aquellos cuatrocientos metros de altitud, desde donde se divisa toda la Costa del Azahar, bien valió el esfuerzo.

Me senté a meditar durante algunos minutos sobre la roca más elevada, y luego descendí por el mismo camino que había traído. Conforme me acercaba a la autopista, el ruido del tráfico se hacía cada vez más intenso y molesto, pero fue al entrar otra vez en la ciudad y verme rodeado de anuncios, terrazas, gentes en bañador y bikini, cuando me di cuenta de que todo a mi alrededor tenía ahora una cualidad muy distinta a la de hacía tan sólo unas horas. Veía a la gente dentro de un sueño, pero no metafóricamente hablando, sino de un modo absolutamente cierto. La montaña de aquel desierto me había provocado un estado alterado de la consciencia por medio del cual podía ver y sentir la vida como una enorme pantomima.

Después de aquella experiencia, comprendí que los Carmelitas Descalzos establecieran allí uno de sus monasterios, y que toda la topografía de aquel paraje esté salpicada de ermitas, barrancas y covachas donde, durante siglos, los inclinados a la introspección han ido buscando refugio… del sueño. Hoy en día ya no queda nadie allí (quizá por eso se llama desierto); hemos elegido la blanda arena de las playas dentro del sueño al pedregoso camino que nos lleva fuera de él. Es comprensible, y triste.

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